Pero a ella, pero a ella, no la dejes sufrir

El moral es un árbol que da moras; y si no da, se lo lleva la chingada. Gonzalo N. Santos, El señor del Gargaleote La loable ocurrencia del presidente López de distribuir una nueva edición de la ...

El moral es un árbol que da moras;

                y si no da, se lo lleva la chingada.

                Gonzalo N. Santos, El señor del Gargaleote

La loable ocurrencia del presidente López de distribuir una nueva edición de la Cartilla Moral de Alfonso Reyes, en la versión que se atribuye a José Luis Martínez, me obligó a regresar al texto original. El regiomontano, efectivamente, tiene un texto bajo ese título, pero se suele agrupar otros conceptos que están en los trabajos que se llaman Entorno de América y Visión del Anáhuac, textos en los que el sabio abunda sesudamente sobre nuestra singularidad de americanos.

La intención de los textos de Reyes y de la versión de Martínez coinciden: fueron escritos por encargo, para orientar en su conducta a los apenas iniciados en la alfabetización. Su intención, indiscutible e irrefutable, es que “el hombre debe educarse para el bien”.

El dodecálogo de Reyes —no me voy a referir al refrito de Martínez— surge de ese principio. Todos debemos, esencialmente, ser buenos, y eso se contiene en el primer precepto. En el segundo se habla de la limpieza de cuerpo y alma, y en el tercero, del equilibrio de la voluntad moral y la cultura; aquí se asoma la cola de la religión que se transmita al cuarto principio que establece que las normas aquí establecidas son para todos, con una mención al carácter educativo de la religión.

Del quinto mandamiento al undécimo, son meros ordenamientos al estilo de la tradición judeocristiana que formó al hijo del general Bernardo Reyes, quien, por cierto, participó en la muerte de Madero. Respeto a sí mismo, a la familia, a la sociedad con urbanidad y cortesía, a las leyes, a la patria, a toda la especie humana y a la naturaleza culminan estas nuevas tablas mosaicas. La final es como un transitorio de las leyes mexicanas: los límites de la voluntad moral, donde se hace referencias nuevamente a la religión.

Yo no creo que la cartilla de López Obrador difiera mucho del original regiomontano. Lo cierto es que si la moral va a depender de cada uno de nosotros, hay que hacer una introspección personal para entender el futuro de este proyecto.

PILÓN.- Cerca de mi casa en San Jerónimo, en la Ciudad de México, corre la calle de Porfirio Díaz. En esa calle, y sobre lo que hace mucho fue cauce de uno de los muchos ríos que bajaban de lo que hoy es la Magdalena Mixhuaca a llenar lo que antaño fue el valle del Anáhuac, está la casa de Luis Echeverría Álvarez. Esta parte del pueblo de San Jerónimo debe su apellido Lidice a Echeverría, que honraba así a las olvidadas víctimas de un poblado cercano a Praga arrasado por los nazis en junio del año de mi nacimiento, 1942 .

Tal vez sin recordar aquella masacre, Luis Echeverría cumplió su aniversario número 97 ayer. Dícese que celebró en familia, con salud, y la lucidez, de la que yo carezco, necesaria para leer todos los diarios de la capital. Es el expresidente más longevo que tiene este país. Tal vez el recordado con más rencor colectivo porque carga con la culpa histórica de Tlatelolco, asunto histórico que desaparecerá en la nebulosa de la historia como el asesinato de Luis Donaldo o de Ruiz Massieu, la muerte de John F. Kennedy o el desplome del helicóptero con la gobernadora de Puebla y su marido a bordo.

La historia me absolverá, tituló Fidel Castro la versión impresa de su discurso de defensa ante una corte de La Habana. La historia es, finalmente, mujer. Lo sabe todo, aunque no lo diga.

Temas: