Monocromía política

La ausencia de alcaldes de la UNA CDMX fue clara expresión de rechazo al sectarismo.

Así es la administración de Claudia Sheinbaum al frente de la Ciudad de México. Ausente de toda responsabilidad, pero presente para los eventos públicos.

Durante su cuarto informe de Gobierno, la jefa de Gobierno en campaña presume que cambiaron “la forma de gobernar”, y de cierta forma no puedo más que darle toda la razón. Se cambió la forma en la que se gobierna, se transitó de la democracia al autoritarismo y se retrocedieron años de progreso en la CDMX.

Lo único relevante de su informe fue la ausencia de los alcaldes de la UNA CDMX. Fue la más clara expresión de rechazo a la violencia política y al sectarismo del que han sido objeto por parte de Sheinbaum. Fue la forma de hacerle llegar el mensaje de lo alejada que se encuentra de la oposición.

En todo gobierno hay oposición, es el balance natural de una democracia y es el fiel de la balanza que impide los abusos y excesos del poder. En una república, es el factor que limita al gobierno en turno y la alternativa a un cambio en la administración. De esta forma se ha transitado de partido en partido en el gobierno.

La presencia –y hasta acompañamiento—de la oposición en un gobierno es un acto natural, es parte del equilibrio y, por lo general, es también muestra del respeto mutuo que debe existir en ambos lados. Claudia Sheinbaum echó por la borda todo lo anterior.

Su gobierno ha generado tensión en las relaciones institucionales, al extremo de quebrarlas, y hoy a los alcaldes les es imposible convalidar cualquier evento en el que se legitiman las instituciones que se usan para golpearlos y para acosarlos con fines electores. Puedo decir con toda certeza y franqueza, que este tipo de acoso y exclusión sólo se vio en los años más oscuros del priismo en la Ciudad de México.

Quien se quejaba de la falta de piso parejo y de neutralidad del gobierno de Miguel Ángel Mancera, resultó ser mucho más sectaria y antidemocrática que cualquier gobierno priista antes de 1997.

Cualquiera de los regentes que, a regañadientes, dieron paso a la democracia de la ciudad, se quedan cortos en la ambición y totalitarismo que hoy vemos en una gobernante que se presume a sí misma como de izquierda y socialista, pero que en lo corto es dictadora y autoritaria, acosa a quien le lleva la contra.

Era el fin de la década de los años 90 cuando la ciudad se democratizó con aval de Óscar Espinosa, que entendía que había que ser plural y que sólo con el voto se podría tener gobernabilidad del entonces Distrito Federal, y pese a la resistencia, se cambió el modelo de gobierno y se cambió de partido en el poder. Eso sí fue un proceso democrático, no el que Sheinbaum presume en cada evento de campaña.

Ella, por el contrario, actúa como gobernadores de hierro priistas de antaño que no estaban a la altura de la democracia. Ella revive esa vieja usanza de la política dictatorial. Cambia los contrastes para regresar al blanco y negro. Estás con ella o en su contra y no hay tonos medios. Gobierna desde su monocromía política.

Temas: