El patriarca intocable, el hijo rechazado y la mujer que quieren destrozar
Alejandra acudió como hija, no como artista. Pero Enrique Guzmán salió como siempre: como personaje.

Gustavo A Infante
Última palabra
Hay personajes que envejecen con dignidad y otros que simplemente envejecen. Enrique Guzmán pertenece, tristemente, al segundo grupo. Esta semana volvió a quedar claro. Con motivo de su cumpleaños, Alejandra Guzmán reapareció públicamente luego de haberse retirado del medio artístico. Lo hizo por una razón profundamente humana: estar cerca de su padre. Un gesto de afecto, de reconciliación silenciosa, quizás, incluso, de esperanza. Pero una vez más, el rocanrolero decidió dinamitar cualquier atisbo de empatía.
Fiel a su costumbre, Enrique Guzmán salió de su casa no para agradecer, no para guardar silencio, no para conducirse con respeto, sino para agredir verbalmente a los medios de comunicación. Insultos, majaderías, palabras altisonantes y ese humor rancio que él sigue creyendo “simpático”, cuando en realidad es profundamente ofensivo. Mandó a reporteros y camarógrafos a la fregada, se burló, se escudó en su edad y en su fama como si ambas fueran patente de corso para faltar al respeto.
No es rebeldía. No es irreverencia. Es simple y llana grosería. Y lo peor es que ya no sorprende. Enrique Guzmán ha normalizado el maltrato, la soberbia y el desprecio como si fueran rasgos de carácter admirables. No lo son. Son el reflejo de alguien que jamás entendió que el respeto no se exige: se ejerce.
ALEJANDRA, OTRA VEZ A LA SOMBRA DEL PADRE
Lo verdaderamente lamentable es que este episodio vuelve a colocar a Alejandra Guzmán en un sitio que no merece: el de la hija eclipsada por los desplantes del padre. Después de un periodo de silencio, de retiro, de reconstrucción personal y emocional, su reaparición pública no se dio por su música ni por su carrera, sino por el comportamiento de un hombre que insiste en robarse la atención a base de escándalo.
Alejandra acudió como hija, no como artista. Pero Enrique Guzmán salió como siempre: como personaje. Uno que se niega a evolucionar, que cree que el mundo le debe algo y que sigue convencido de que la grosería es sinónimo de autenticidad. No lo es. Es agotadora. Y es injusta para una mujer que ha pagado, durante décadas, los platos rotos de una figura paterna incapaz de ofrecer contención y respeto.
ALEJANDRO GOU: CUANDO EL ÉXITO DUELE EN CASA
Este sábado, a las ocho de la noche, en El minuto que cambió mi destino sin censura, por Imagen Televisión, tendremos una entrevista que contrasta brutalmente con lo anterior. Llega Alejandro Gou, el hombre teatro de México. Un creador que hoy ocupa la cima de la producción escénica, pero cuyo camino estuvo lejos de ser fácil o complaciente.
Alejandro viene de una familia teatral, sí, pero eso no significó respaldo. Al contrario. Su propio padre le retiró el habla cuando comenzó a crecer profesionalmente, cuando dejó de ser el hijo para convertirse en competencia. Así de crudo. Así de doloroso. En la entrevista, Gou habla sin rodeos de una infancia y juventud marcadas por la carencia emocional, por la falta de apoyo, por episodios tan duros como no poder presentar exámenes porque la colegiatura no estaba pagada. Ese abandono no lo destruyó. Lo formó. Hoy, Alejandro Gou es el productor teatral más importante de México. Sus obras llenan salas, crean conversación y elevan el nivel del espectáculo nacional. Pero además, ha cruzado una frontera simbólica que muy pocos logran: está produciendo en Broadway, la meca del teatro musical. No por palancas, no por apellido, sino por trabajo y talento.
En esta charla íntima, Alejandro habla del dolor que provoca no ser reconocido por el padre, del precio del éxito y de cómo transformar la herida en impulso. Es una entrevista poderosa, honesta, profundamente humana. De ésas que incomodan, pero también inspiran.
IMELDA GARZA TUÑÓN: EL LINCHAMIENTO COMO ESTRATEGIA
Y hay un tema que no se puede ni se debe soslayar. El caso de Imelda Garza Tuñón es uno de los episodios más bajos y vergonzosos que hemos visto recientemente. Desde la muerte de Julián Figueroa, Imelda no sólo ha enfrentado el duelo, sino una persecución despiadada encabezada por Marco Chacón, el señor que trabaja de marido de Maribel Guardia.
Porque lo que ha ocurrido no es casualidad ni malentendido. Es una estrategia. Desprestigiarla, quitarle a su hijo, retrasar lo más posible que reciba lo que por ley le corresponde de la herencia de su esposo. Todo vale: triquiñuelas legales, filtraciones, rumores y ahora, videos utilizados como armas mediáticas. La escena más reciente es clara muestra de ello. Un video que Chacón hizo llegar a un youtuber, donde Imelda aparentemente se golpea contra el piso, fue difundido con una sola intención: destruir su imagen pública. No fue un acto de ayuda. No fue preocupación. Fue un linchamiento digital cuidadosamente calculado.
Ese material, sacado de contexto y usado como espectáculo, no busca justicia. Busca condena social. Busca que la opinión pública juzgue sin saber, que señale sin entender. Es una maniobra ruin que sólo evidencia desesperación.
CUANDO LA MORAL SE USA COMO GARROTE
La justicia no se imparte con videos ni con campañas de desprestigio. No se gana en redes sociales ni se dicta desde YouTube. Cuando alguien necesita exponer a una mujer para ganar simpatías, es porque sus argumentos legales son endebles. Muy endebles.
Lo que estamos viendo es el uso de la moral como garrote y del escándalo como herramienta de presión. Y eso, en cualquier país que se diga civilizado, debería alarmarnos.
EPÍLOGO SIN MAQUILLAJE
Entre el patriarca que se cree intocable, el hijo que triunfa pese al abandono y la mujer que intentan destruir, se dibuja un retrato incómodo de nuestra realidad. El abuso disfrazado de carácter. El éxito castigado en casa. Y la violencia mediática normalizada.
Desde aquí lo digo claro: no me voy a callar. El periodismo no está para aplaudir ni para quedar bien. Está para señalar, incomodar y decir lo que otros prefieren esconder. Aunque moleste, duela o incomode.