Narcos y crímenes con glamour
Una familia cena en un restaurante céntrico de Culiacán. Unos hombres beben en otra mesa. Uno de ellos se levanta y se dirige a la mesa familiar. Quiere llevarse a la hija de 17 años a una fiesta. El padre, como lo haría cualquiera, se opone. Después de una resistencia ...
Una familia cena en un restaurante céntrico de Culiacán. Unos hombres beben en otra mesa. Uno de ellos se levanta y se dirige a la mesa familiar. Quiere llevarse a la hija de 17 años a una fiesta. El padre, como lo haría cualquiera, se opone. Después de una resistencia inútil lo asesinan a sangre fría. De todos modos se llevan a la joven. Nunca más se supo de ella. Eran del Cártel del Pacífico. Después de éste y muchos otros crímenes brutales, en esa ciudad fueron creados restaurantes privados, con puertas blindadas y guardias, simplemente para poder salir a comer sin correr esos terribles riesgos. Quizá este episodio podría formar parte del glamour hollywoodense sobre los gustos culinarios de los narcos y su intensa pasión por las mujeres jóvenes.
Una clínica de rehabilitación de adictos en Chihuahua. Un grupo de más de 20 hombres armados irrumpe y asesina a 19 internos de entre 18 y 25 años de edad que trataban de superar sus adicciones. Inaceptable que dejen de formar parte del mercado de consumidores de drogas. El negocio no debe mermar. Los sicarios tienen sus razones. Unas escenas del lugar previas a la masacre, con ambientación sórdida, fotografía en sepia —como en Traffic—, serían geniales, la perfecta estética cinematográfica, sin omitir a la par tomas luminosas del líder del cártel que, sólo con el afán de defenderse, sin dejar de ser un hijo y un padre cariñoso, ordenó la ejecución.
En una ranchería cercana a San Fernando, Tamaulipas, son encontrados 72 cadáveres de migrantes indocumentados. Las evidencias y los testimonios del crimen masivo muestran una crueldad infame. Un grupo de narcos y tratantes de personas les exigían dinero o cruzar la frontera llevando droga a Estados Unidos para dejarlos seguir su marcha. A las dramáticas condiciones de la travesía se suma el indescriptible horror de la retención, la tortura y, más tarde, la ejecución de hombres, mujeres y niños. Quizá estas escenas puedan servir en la trama fílmica para ilustrar a los espectadores sobre los orígenes, la dura infancia, los sueños y los pasatiempos predilectos de los sicarios responsables del crimen y, de paso, mediante escenas reales de éstos respondiendo a un cuestionario sin cuestionamientos, permitir que expliquen tranquilos las raíces de su crueldad —sin tener el mal gusto de difundir la escena de la mujer embarazada ejecutada por ellos—, como una pieza del nuevo periodismo actoral.
Los crímenes de los narcos, en cifras, son apabullantes, pero suelen diluir la dimensión humana de cada caso, de cada víctima, de cada vida segada en forma brutal: hombres, mujeres, jóvenes y niños asesinados, mutilados, descuartizados, desintegrados en ácido, desaparecidos, secuestrados y violados. Los costos de la lucha contra el narcotráfico en México han sido y siguen siendo altísimos y, desde luego, absolutamente desproporcionados e injustos frente a un fenómeno que, en gran medida, deriva de la vecindad con el mercado de drogas más grande del mundo, donde, por si fuera poco, se produce y vende la mayor parte de las armas con las que se cometen estos crímenes, con ganancias exorbitantes. Estoy convencido de la necesidad de colocar el acento de esta lucha en la prevención y el tratamiento de las adicciones; pero también en la exigencia de fortalecer y extender la oposición ética, social y cultural a la violencia. Por ello, la apología y frivolización del crimen organizado y de sus protagonistas, en contraste con tantos trabajos académicos serios sobre sus diversas causas y consecuencias, me parecen tan torpes y aberrantes como las expresiones pretendidamente irreverentes de quienes las defienden o las celebran. Que cada quien coloque en su conciencia, como quiera, a las víctimas del narco.
