Tecnología en el campo: Del rancho tradicional al laboratorio agrícola
Mediante el uso de aretes electrónicos para el ganado y plataformas de monitoreo microclimático, investigadores buscan optimizar producción de leche y racionalizar el uso del agua en viñedos y cultivos perennes

Bastó que una nube se atravesara frente al sol para que el invernadero reaccionara: la radiación cayó y, segundos después, el agua dejó de correr entre las plantas. Cuando la intensidad del sol volvió a subir, el riego se activó de nuevo. Nadie abrió ni cerró una llave. Tampoco hubo que darle una orden a la computadora: el sistema había leído el cambio en el ambiente y actuado en consecuencia.
La nube siguió su camino y el agua volvió a correr. El recorrido, sin embargo, apenas comenzaba: en el viñedo, sensores registraban la humedad del suelo y el microclima alrededor de las plantas; más adelante, una vaca caminaba por su cuenta hacia un robot de ordeño. Un arete electrónico bastaba para que el sistema supiera quién era y a partir de ahí empezaban a acumularse los datos: cuánto comía, cuánta leche producía, cuándo había sido ordeñada y hasta cuánto metano emitía.
Todo eso ocurre en el Campo Agropecuario Experimental del Tec de Monterrey, en Querétaro, un espacio que por momentos se parece menos a un rancho tradicional y más a un laboratorio de datos, pues en cada parada hay una gráfica que sube y baja al ritmo del sol, plantas que crecen sobre fibra de coco, sensores enterrados en un viñedo y vacas identificadas por nombre y número frente a una pantalla. Aquí, la tecnología sirve para probar, comparar y, sobre todo, entender qué significa cada dato antes de tomar una decisión.
Una tecnología que lee el cielo y el clima
Sobre el invernadero, una estación meteorológica registra radiación, viento y temperatura; adentro, equipos de medición siguen variables como humedad, riego y nutrición. Esa información llega a una computadora capaz de decidir desde cuánta agua entregar hasta qué ventanas abrir o cerrar según la dirección del viento.
José Antonio Ramírez García, especialista del área agrícola (Grower) del CAETEC, resume la lógica detrás de toda esa tecnología con una frase más sencilla: “Buscamos que cada gota que ocupe la planta sea cada gota que reciba.
Una cosa son los datos que toman los sensores y otra cosa son los datos que hay que tomar de manera manual”, explica José Antonio a Excélsior.

El experto detalla que la tecnología no lo sustituye todo: todavía hay que caminar entre las plantas, medirlas y contar frutos, hojas o racimos para saber si aquello que muestran las pantallas realmente coincide con lo que está ocurriendo en el cultivo.
Al entrar al invernadero, el calor se siente de inmediato en la piel; la humedad parece quedarse suspendida entre las hileras de jitomates. “Las plantas están sudando”, comentó José Antonio.
Aquello que también se sentía en el ambiente era una señal de la evapotranspiración, el proceso por el que la planta pierde agua hacia la atmósfera y uno de los datos que el sistema usa para ajustar el riego, a partir de variables como radiación y temperatura, sin dar de más ni de menos.
Afuera del invernadero, la lógica cambia. Las plantas dejan de crecer bajo una estructura controlada y el horizonte se abre sobre hileras de vides que permanecerán ahí durante años. En ellas, el agua vuelve a ser protagonista, pero esta vez la mirada no está solamente en el cielo: también baja hasta el suelo.
Desde la raíz: digitalizan la humedad del suelo y el microclima
Entre las vides, sensores registran la humedad de la tierra y las condiciones del microclima que rodea a cada planta. El objetivo es conocer con mayor detalle qué ocurre en distintas zonas del terreno y usar esa información para decidir cuándo y cómo regar, fertilizar o intervenir el cultivo. Aquí, cada lectura importa porque se trata de un cultivo perenne: una decisión tomada hoy puede acompañar a la planta durante varias temporadas.
Las métricas en un viñedo son sobre condiciones muy puntuales que nos va a llevar a digitalizar el tema de humedad en el suelo o el microclima en torno a la planta y con ello, pues, tomar mejores decisiones”, explica Arturo González de Cosío, coordinador del CAETEC.
Una de esas decisiones pasa, otra vez, por el agua. En el terreno se prueban cuatro tecnologías de riego por goteo para comparar su funcionamiento en un cultivo que permanecerá ahí durante años. El sistema también permite incorporar fertilizantes, productos biológicos o tratamientos que ayuden a mejorar las condiciones del suelo y fortalecer las plantas. La apuesta no consiste simplemente en gastar menos agua, sino en entender mejor cuándo, dónde y cómo utilizarla.
A esa red se suma una plataforma de Grape.Ag que sus desarrolladores llaman el “internet de las plantas”: sensores microclimáticos alimentan gráficas y análisis que pueden consultarse desde una plataforma y utilizarse para estudiar lo que ocurre en distintas partes del viñedo.

La vaca que decide cuándo ordeñarse
Frente al robot apareció una vaca que todos conocían como Lucerito, por el lunar que tenía en la frente. Caminó hasta el equipo, esperó su turno y entró cuando las compuertas se abrieron. Nadie la llevó. Mientras comía, un brazo mecánico se movió debajo de su cuerpo, buscó la ubre, limpió cada pezón y colocó las unidades de ordeño. Unos siete minutos después, la puerta volvió a abrirse y Lucerito continuó.
Lo que parecía una vaca entrando simplemente a ordeñarse escondía una operación mucho más compleja: el arete electrónico que llevaba permitía al sistema reconocerla y saber si ya había pasado el tiempo suficiente desde su última visita. Las vacas terminan aprendiendo el circuito y, cuando sienten la ubre llena, buscan por sí mismas el robot.
Ellas solitas dicen: ya me voy”, explica Guadalupe López Rendón, encargada del área pecuaria del CAETEC.
Pero mientras Lucerito comía, en una pantalla su cuerpo comenzaba a convertirse en números. El robot mostraba cuánta leche estaba obteniendo de cada cuarto de la ubre y comparaba la producción con lo que esperaba de ella ese día. Una caída fuera de lo habitual podía encender una alerta. En este establo, ninguna vaca es exactamente igual a otra: producen cantidades distintas, se comportan diferente y hasta tienen personalidades que el personal aprende a reconocer.
Y todavía faltaban datos por encontrar. Unos metros más adelante aparecían unas cajas azules que registraban qué vaca había comido, cuánto y a qué hora. Cerca de ellas, otros equipos medían metano. Al cruzar una información con otra era posible seguir una especie de rastro de cada animal: lo que comió, la leche que produjo y las emisiones que generó.
Afuera, el sol seguía cambiando sobre los invernaderos. Bastaría otra nube para que la radiación volviera a caer y el sistema ajustara nuevamente el agua sin esperar una orden. Adentro, los jitomates seguirían transpirando; en el viñedo, los sensores continuarían acumulando mediciones, y en el establo alguna vaca volvería a caminar por su cuenta hacia el robot.
Bastaría otra nube frente al sol para que todo comenzara de nuevo.
*mcam