¿Revienta o no revienta la burbuja?
La fiebre de inversiones en inteligencia artificial enfrenta señales de alerta por sobrevaluación, endeudamiento y acuerdos financieros circulares. Aunque la revolución tecnológica es real y las grandes empresas tienen ganancias sólidas, el encarecimiento del dinero podría detonar pérdidas millonarias y sacudir los mercados globales, en un sector que concentra cada vez más capital

CAPÍTULO 6
Sexto artículo de una serie sobre la inteligencia artificial, sus riesgos y oportunidades, y las decisiones que México ya no puede aplazar.
Todo indica que la inversión en inteligencia artificial ha ido demasiado lejos. Pero cuando una burbuja revienta, la tecnología no desaparece: cambia de manos. La pregunta para México es ¿dónde nos sorprenderá el estallido?
SEÑALES DE ALARMA
En las últimas semanas, la palabra “burbuja” ha aparecido en todo el mundo y se ha instalado en el centro del debate. El Fondo Monetario Internacional advirtió en octubre que el estallido de la burbuja de la inteligencia artificial (IA) podría arrastrar a la economía mundial. Señaló como riesgo para la estabilidad financiera los acuerdos “circulares” en los que las empresas de IA invierten unas en otras, se prestan y se compran entre sí. Ray Dalio, fundador de Bridgewater, el mayor fondo de cobertura del mundo, advirtió que la burbuja está a punto de reventar. Las acciones de los fabricantes de chips de memoria se desplomaron. Y, como relaté en el primer artículo de esta serie, bastó con saber que los ingresos de OpenAI eran unos 20 mil millones de dólares menores de lo que se creía para que el Nasdaq cayera en un solo día.
¿Estamos ante el preludio de un desplome, o ante el nerviosismo normal de un auge que apenas comienza?
DOS BANDOS
Los argumentos de ambos lados son serios. Quienes anticipan una caída señalan la creciente brecha entre las inversiones comprometidas y los ingresos que deben justificarlas. GMO, la firma de Jeremy Grantham (célebre por sus pronósticos acertados anteriores), prevé pérdidas significativas para muchos inversionistas. Paul Kedrosky compara la construcción de infraestructura de IA con las grandes fiebres de inversión en canales, ferrocarriles y fibra óptica. Todas respondieron a necesidades reales, pero varias terminaron en quiebra masiva.
Por otro lado, JP Morgan subraya que la desocupación de los centros de datos está en un mínimo histórico y que casi toda la capacidad en construcción ya está alquilada. Los defensores del auge recuerdan que, a diferencia de las “puntocom”, las grandes tecnológicas tienen balances sólidos, flujos de caja masivos y utilidades reales. Además, la escasez de energía, de chips y de sistemas de enfriamiento dificulta la construcción de más unidades.
Frente a ambos extremos, cobra fuerza la postura intermedia de que estamos ante una auténtica revolución tecnológica, aunque acompañada de burbujas en sectores específicos.
UNA BUENA IDEA LLEVADA DEMASIADO LEJOS
El análisis más lúcido que he leído es el de Ruchir Sharma, publicado este mes en Foreign Affairs. Su punto de partida es que una burbuja no es una idea falsa, sino “una buena idea llevada demasiado lejos”. Todas las grandes innovaciones de los últimos dos siglos, desde el ferrocarril y la electricidad hasta internet, han creado burbujas. Y las más transformadoras inflaron las más grandes.
Sharma identifica cuatro síntomas clásicos de una burbuja: sobrevaluación, exceso de inversión, endeudamiento y participación masiva de inversionistas. La inversión tecnológica en Estados Unidos equivale ya a 6.3% del PIB, por encima de 6.0% alcanzado en el pico de internet. Las familias estadunidenses tienen más de 30% de su riqueza en acciones (frente al récord de 27% en el año 2000), con gran parte de esa exposición concentrada en el puñado de empresas de IA. Una porción de las utilidades proviene de la financiación circular que describí en mi primer artículo: un gigante tecnológico invierte en un laboratorio, el laboratorio le compra servicios y el gigante registra como “otros ingresos” la revaluación de su participación. Y, fuera de los balances, se acumulan compromisos de arrendamiento (capital leases) y vehículos de deuda que podrían sumar unos tres billones de dólares en la próxima década.
Que las empresas tengan utilidades no elimina el riesgo de una burbuja. Como advierte Sharma, a fines de los noventa, Cisco, Oracle y Qualcomm también tenían utilidades sólidas, y el sector tecnológico crecía al mismo ritmo que hoy. Además, el Nobel William Nordhaus mostró que, en las grandes innovaciones del pasado, apenas 2% del valor creado quedó en manos de las empresas que construyeron las redes; el resto fue para quienes las usaron.
¿Cuándo revienta? Las burbujas no estallan porque cambien repentinamente los fundamentos, recuerda Sharma, sino cuando el dinero se encarece: cuando suben las tasas o los acreedores dejan de prestar. Hoy el detonante más probable provendría de los mercados de deuda pública, bajo la presión de gobiernos cada vez más endeudados.
REVIENTA LA BURBUJA, NO LA OLA
Mi respuesta a la pregunta del título es que probablemente sí va a reventar, aunque nadie sabe cuándo. Pero eso no significa lo que muchos creen. Cuando estalló la burbuja de internet en 2001 desaparecieron miles de empresas, pero internet siguió ahí, y la fibra óptica tendida en exceso se convirtió en la base barata de la economía digital que vino después. Cuando, tras el crack de 1929, quebraron decenas de fabricantes independientes y la industria se consolidó en torno a los tres gigantes de Detroit (Ford, General Motors y Chrysler).
Con la IA ocurriría lo mismo. Una corrección no destruye la tecnología, sino que la transforma. Un estallido financiero arrasaría con los proyectos más frágiles y blindaría a los gigantes sobrevivientes, profundizando la concentración de poder que he descrito en artículos anteriores. Pero el colapso bursátil no detendría el tsunami. Reventaría la espuma especulativa, mientras que la marea tecnológica seguiría subiendo.
El daño, sin embargo, sería real. Se generaría una burbuja híbrida con innovación genuina, como la de internet, pero financiada no sólo con acciones, sino también con deuda, al estilo de la burbuja inmobiliaria que desembocó en la crisis de 2008. Y estallaría en un mundo con una deuda global superior a 350 billones de dólares, más de tres veces el tamaño de la economía mundial, y con gobiernos que tendrían poco margen para rescatar a nadie.
¿Y MÉXICO?
México es uno de los países que crecen como proveedores de infraestructura de IA, y donde las exportaciones tecnológicas compensan una demanda interna débil. Como expliqué en mi cuarto artículo de la serie, en el primer semestre exportamos unos 83 mil millones de dólares en servidores, casi todos a Estados Unidos. Si la burbuja revienta, la onda expansiva viajaría desde Wall Street a Asia y luego, por efecto dominó, hacia los proveedores. Estaríamos en la trayectoria del golpe, con poco contenido nacional que amortigüe la caída y un escaso margen fiscal para responder.
Hay, sin embargo, una lección más alentadora. Si Nordhaus tiene razón y la mayor parte del valor de una tecnología queda en manos de quienes la usan, la gran oportunidad de México no está en apostar a qué empresa ganará la carrera, sino en adoptar la IA para elevar la productividad de su propia economía. Tras el estallido, el cómputo y los servicios de IA probablemente serán más baratos, como lo fue la fibra óptica después de 2001. Quien esté preparado para usarlos los aprovechará.
Prepararse implica tres cosas: diversificar mercados y elevar el contenido nacional, para reducir nuestra vulnerabilidad. Cuidar las finanzas públicas, para tener margen si llega la sacudida. Y, sobre todo, preparar a empresas y personas para aprovechar la tecnología que quedará cuando el polvo se asiente.
La burbuja puede reventar mañana o dentro de dos años. El tsunami, no. La pregunta no es si revienta, sino si, cuando lo haga, México seguirá esperando en la playa o habrá aprendido a navegar.