El martes próximo se celebrarán las elecciones parlamentarias en Israel, de las que emergerá un nuevo gobierno y, tal como lo han repetido multitud de voces en ese país, se trata de los comicios más trascendentes en su joven historia de 78 años. Hay en sus habitantes un nerviosismo muy palpable por lo mucho que está en juego, ya que el trauma colectivo por el brutal ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023 y las guerras que le siguieron sigue estando fresco. Lo que ese día ocurrió fue una inesperada y dolorosísima sacudida de la cual no se han repuesto, ya que en esas 24 horas la convicción de vivir en un entorno con altos niveles de seguridad se hizo añicos detonando tiempos de grandes angustias, pérdidas irreparables e incertidumbres.
Las preguntas acerca de lo ocurrido fueron, y son aún, múltiples y continúan muchas de ellas sin respuesta. ¿Cómo pudo haber fallas de seguridad tan grandes? ¿Qué errores hubo en la evaluación de las estrategias de Hamás como para no haber detectado ese gigantesco operativo terrorista que seguramente tardó largo tiempo en elaborarse? Si el premier Netanyahu se ufanaba de ser Míster Security, ¿cómo fue que aquel día de octubre un horror como ése se desencadenó en la zona israelí colindante con Gaza para que, en pocas horas, 1,200 personas fueran asesinadas sin misericordia y 251 llevados a Gaza en calidad de rehenes?
Pero las preguntas que agobian hoy a muchos israelíes y que seguramente pesarán a la hora de poner su boleta en la urna, van más allá. ¿Cómo fue posible que en tantos lugares del mundo, no sólo en Oriente Medio, sino aun en capitales occidentales, a las 24 horas de lo ocurrido y cuando muchos terroristas de Hamás seguían merodeando en suelo israelí, se desataran manifestaciones condenando a Israel, exculpando a los asesinos y argumentando que no había nada condenable en lo ocurrido porque, al fin y al cabo, la causa palestina lo justificaba, como si la masacre hubiera sido justa y merecida. En esos momentos, para la inmensa mayoría de los israelíes fue claro que estaba en proceso de gestarse el abandono de Israel por buena parte del mundo, porque si aun antes de reaccionar y en medio de las alarmas en el norte del país por la embestida adicional del Hezbolá libanés, ya resonaba en las calles de importantes capitales la consigna de “From the river to the sea, Palestine will be free”. Era obvio que cuando en los siguientes días Israel emprendiera su defensa militar absolutamente ineludible, esa consigna se expandiría a través del orbe entero.
Siempre supieron los israelíes que dentro de la agenda de los abanderados de la jihad, o guerra santa islámica, el principal de sus objetivos era la desaparición del Estado de Israel y de la presencia judía en la zona. Sin embargo, ni en sus sueños más paranoicos aparecieron jamás imágenes como las que proliferaron desde entonces en las más prestigiosas universidades estadunidenses, en las calles de Londres, los suburbios franceses y las plazas en Toronto o Melbourne. Sorprendentemente se alzó por todas partes el cuestionamiento acerca de si el pueblo judío debía tener un Estado independiente, como cualquier otro pueblo. El proyecto de partición de Palestina emitido por la ONU en noviembre de 1947 para la creación de dos Estados, el palestino y el israelí, fue soslayado como detalle irrelevante, porque esa legitimidad se había vuelto un estorbo.
Muy pronto las consignas coreadas por multitudes y exponencialmente multiplicadas en las redes sociales lograron imponer con rapidez sorprendente la “verdad incontrovertible” acerca de ese complicado conflicto. El fuego de las buenas conciencias ávidas de militar en “el lado correcto de la historia” se expandió como pocas veces había ocurrido ante ninguno de los grandes horrores que siguen asolando al planeta. De hecho, ese incendio alcanzó muy pronto a las comunidades judías dispersas por el mundo, al tener que enfrentar el flagelo del antisemitismo que se creía mayormente desterrado tras la Segunda Guerra Mundial.
Lo anterior es parte del contexto en que los israelíes, judíos y árabes por igual, votarán en unos días. Sus decisiones tendrán todo que ver con la manera como este gran trauma ha sido vivido, interpretado y digerido por cada cual. Obviamente las distintas experiencias y narrativas acerca del cataclismo vivido y de sus consecuencias serán centrales para definir la peculiar inclinación de cada votante. Por lo pronto se observa una cerrada carrera entre el bloque de Netanyahu y el opuesto, encabezado por Gadi Eizenkot. En una semana comentaremos en este espacio los resultados de esta crucial elección.
