Se llamaba Dolores (y se llama Sasha)

Yuriria Sierra

Yuriria Sierra

Nudo gordiano

La cultura pop nos tendió una trampa hace casi 70 años y seguimos cayendo en ella con una docilidad que da pena. Se llama Lolita. Así le dice Humbert Humbert a una niña de 12 años cuyo nombre real es Dolores Haze. Y así la hemos llamado por haber leído a Nabokov con prisa. La novela es la confesión de un depredador que se cree poeta; quien la lee como historia de amor ya le compró su versión. Lolita es el apodo que el abusador inventa para no tener que mirar a Dolores. Después vinieron los lentes de corazón del cartel de Kubrick y la niña quedó enterrada bajo el mito.

Pensé en Dolores toda la semana por culpa de ViX. La plataforma estrenó Timbiriche, ocho episodios sobre la banda que nos juró que la vida es mejor cantando, y desde los dos primeros capítulos decidió qué historia contar sobre Sasha Sokol: una adolescente que prefiere el departamento de un productor de 40 años a las fiestas con los chavos de su edad. Una niña que busca y elige. Una Lolita con hombreras. Esa versión ya pasó por tribunales y perdió. Sasha tenía 14 años y Luis de Llano 39 cuando empezó una relación que él mismo reconoció en público y que duró hasta que ella cumplió 17. El 25 de junio de 2025 la Primera Sala de la Suprema Corte le negó por unanimidad el amparo directo 34/2024 y dejó firme la condena por daño moral. En agosto publicó las tesis del caso: las llamadas relaciones impropias entre adultos y adolescentes son violencia sexual, porque la distancia de edad, madurez y poder impide un consentimiento válido, y la acción civil para reclamar ese daño no prescribe. Al guionista (y al productor, y al director, todos hombres) les bastaba con leer la sentencia. Prefirieron el mito. Y el morbo.

Lo que me saca de quicio está del otro lado del expediente. De Llano fue condenado a disculparse públicamente, publicar una síntesis de la sentencia, tomar un curso sobre violencia de género, no volver a hablar de ella y pagar una indemnización que Sasha prometió donar a una organización que protege a menores. No se ha disculpado. No ha pagado. Dice que no pide perdón para no revictimizarla, coartada que Sasha llamó absurda. El 2 de septiembre una jueza civil lo mandó arrestar por incumplimiento; pasó menos de un día detenido y salió como entró: sin disculpa. En agosto había anunciado un libro sobre su carrera del que, aclaró, el juicio quedará fuera. Y ahora sus abogados avisaron a la plataforma que se oponen al uso comercial de su imagen. Quien no ha pagado un peso de reparación teme que se lucre con su nombre.

Sus compañeros de banda se deslindaron y dijeron que nadie los buscó. Mauricio Martínez lo resumió en una línea: “La nostalgia no justifica la revictimización”. Yo añadiría que la nostalgia nunca es inocente. Hace dos años, Quiet on Set obligó a EU a mirar detrás de las cámaras de Nickelodeon. Y aquí un expediente resuelto por la Corte lo devolvimos al formato telenovela, con la niña de villana. Sasha ha dicho que busca “estabilizar la verdad”, y tiene razón. La verdad jurídica ya está estable. La otra, la que se fija en las series y en las sobremesas, sigue en disputa, y ViX acaba de votar por el agresor.

Ese voto pesa en un país como éste. Según el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, sólo en septiembre de 2026 las fiscalías abrieron 2 mil 700 carpetas por abuso sexual y mil 777 por violación simple y equiparada. Aldeas Infantiles SOS estima en abuso infantil una cifra negra cercana a 98%: de cada mil casos, cien se denuncian, diez llegan a juicio y uno acaba en condena. Desde hace años se repite, con datos atribuidos a la OCDE, que México encabeza a los países del organismo en abuso sexual infantil, con estimaciones de hasta 5.4 millones de víctimas al año. Y el Módulo sobre Ciberacoso del Inegi contó 19.4 millones de personas acosadas en línea en 2025; la situación más frecuente fue el contacto mediante identidades falsas, puerta de entrada del grooming, y una de cada cuatro mujeres víctimas recibió insinuaciones o propuestas sexuales.

Nabokov le dio a Dolores un apodo para que el lector no la viera. La serie hace lo mismo a Sasha. En algún lugar del país, un adulto le está poniendo apodo a una niña de 14 años. Y, probablemente, hasta la invita a sentarse con él a ver Timbiriche.