Niños trabajadores defienden sus derechos

Los menores que trabajan en la calle suelen vivir carencias múltiples: rezago educativo, inseguridad alimentaria, falta de identidad legal, exposición a violencia y discriminación

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Niños y niñas trabajadores en Matraca A. C.Foto: Lourdes López

Cuando amanece, la ciudad de Xalapa, Veracruz, se llena de niñas y niños que no aparecen en los discursos oficiales del Día del Niño. No llevan globos ni disfraces; llevan mochilas improvisadas, cajas de dulces, trapos para limpiar parabrisas, bolsas de mandado, el peso de la sobrevivencia temprana.

Son menores que crecieron sabiendo que la calle también es aula, que el trabajo no espera a la mayoría de edad y que, aun así, la escuela sigue siendo un horizonte posible.

Entre ellos está Rocío, que a los 13 años aprendió a cuidar a otros antes de que alguien cuidara de su derecho a estudiar.

Rocío es la menor de tres hermanos y vive en una de las colonias más alejadas del centro. No asistió al preescolar: la escuela quedaba lejos y en su casa había que salir a trabajar muy temprano, vendiendo jugos y tortas afuera de oficinas públicas.

La infancia, para ella, no fue un tiempo suspendido sino una responsabilidad compartida.

Pero la pausa no fue renuncia. Hoy, gracias al acompañamiento de Matraca A. C.—una organización que desde hace 35 años sostiene aulas, alimentos, útiles y un espacio seguro para niñas y niños trabajadores— retomó la primaria y ya piensa en la secundaria como quien mira un camino que por fin se abre.

Los menores que trabajan en la calle suelen vivir carencias múltiples: rezago educativo, inseguridad alimentaria, falta de identidad legal, exposición a violencia y discriminación.

Muchos mantienen vínculo familiar, pero en condiciones precarias; otros están en riesgo de ruptura total y de vivir en el espacio público.

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Matraca A. C. apoya a niñas y niños trabajadoresFoto: Lourdes López

Cifras de niñas y niños trabajadores

La calle, para ellos, es ingreso, refugio, peligro y rutina. En México, el 13.1% de las niñas, niños y adolescentes de 5 a 17 años trabaja: uno de cada ocho, según la ENTI 2022 del INEGI.

Detrás de cada número hay historias como la de Rocío: infancias que no se rinden, que sostienen a sus familias y que, aun así, siguen soñando con un futuro distinto.

En el espacio de Matraca coinciden trayectorias diversas: quienes venden verduras, quienes acompañan a sus familias en los mercados, quienes trabajan como chalanes de pintura o quienes se levantan antes del amanecer para recoger basura y después correr a la escuela.

Esmeralda, de 12 años, vende verduras desde los siete. Pica nopales, despacha, cobra. Aprendió sola, entre espinas y lágrimas. Trabaja cuatro días a la semana y estudia los otros tres. Le duelen la cabeza y el cuerpo por el estrés, pero insiste en seguir: “El trabajo me ayuda a reforzar algunas cosas y el estudio para aprender más”, dice.

Lo que gana no es para ella: es para la casa. Su único descanso real es la música y jugar con sus gatos.

José, de 16 años, carga cajas en una verdulería. Sus días fuertes son miércoles y sábado, cuando descarga camiones desde las siete de la mañana.

En otros días recoge basura desde las seis. Gana 150 pesos por descarga y 80 en jornadas ligeras, y lo ahorra “para lo que se me antoje poquito”.

Vive con su abuela en la colonia Veracruz, en la periferia. Empezó a cargar mercancía a los 13, cuando apenas podía levantar una rejita. Antes trabajó como chalán de pintura en un barrio residencial, donde le pagaban 1,200 pesos a la semana.

Aun así, sigue en la secundaria y planea cursar la prepa abierta para estudiar los domingos y trabajar de lunes a sábado. Le gusta leer cuentos de fantasía; no sabe aún qué quiere ser, pero quiere “aprender un poquito más”.

La infancia trabajadora no pide compasión, exige condiciones para ejercer sus derechos. Y organizaciones como Matraca recuerdan que la sociedad civil sostiene lo que no debería sostener sola: el derecho de cada niña y niño a estudiar, crecer y vivir sin que la sobrevivencia les arrebate la niñez.

JCS