La elocuencia de la memoria

Durante esta semana nos hemos encontrado con numerosas expresiones en las que ha terminado por imponerse la poesía, en las que se subraya la importancia y trascendencia de un poeta como Ramón López Velarde para la literatura de nuestro país y, por ende, de la cultura y la memoria de la Ciudad de México, Ana Francis Mor. Vaya asunto el que colocó en la mesa de la polémica la actual secretaria de Cultura de esta ciudad al imponer una serie de cambios a la Casa del Poeta Ramón López Velarde, uno de los espacios más emblemáticos para las expresiones literarias que se encuentra en el corazón de la colonia Roma y que ha derivado en una serie de críticas y protestas que, quizá, no tenían contemplado quienes imaginaban obtendrían el aplauso automático al que están acostumbrados.

El problema no sólo radica en el cambio del nombre de la Casa del Poeta por algo tan ambiguo y complaciente como “la casa de las palabras”: en la historia de este lugar la literatura –y en particular la poesía– ha sido el principal fundamento sobre el que se desarrollan sus actividades. Si bien este cambio parece de mínima relevancia, su nombre original es un referente directo a la figura de Ramón López Velarde, poeta mexicano que murió en esa casona que, gracias a personajes como José Emilio Pacheco, Carlos Monsiváis, Guillermo Sheridan, David Huerta y tantas y tantos más, se convirtió en un espacio dedicado a preservar su memoria y para brindar un lugar con mayor vocación las actividades vinculadas a la poesía. ¿Cuáles son las razones para imponer ese cambio? Las respuestas que ha brindado la secretaria han sido tan condescendientes como desafortunadas, pues pone de manifiesto que se ignoró por completo la propia historia de la Casa del Poeta al tratar de imponer una cierta “agenda” política que resulta contradictora cuando se tiene en cuanta que la libertad, la inclusión y la diversidad fueron los ejes innegociables en las actividades que estaban abiertas a todo público. Quizá con esa bandera política se intentó matizar el despropósito que terminó por articular la reacción de un importante sector de la comunidad artística.

En ese sentido, la pregunta más incisiva es la decisión de convertir el espacio del legendario Café Bar las Hormigas en un escenario dedicado al cabaret. Si bien la música, la lectura en voz alta, las tertulias y las discusiones literarias no faltaron en este lugar, poco se vinculan con la dimensión de dicha expresión. Y que se enfatice que el problema no es –valioso en sí mismo– el cabaret: es el cambio de vocación del lugar y la suspicacia de una decisión que involucra a quien desarrolló su carrera justamente en esa expresión teatral, musical y política. En fin, considerando que existen tantos lugares en la ciudad que agradecerían la presencia del cabaret y de otras expresiones culturales, tantos y tantos posibles espacios, el recelo tiene un lugar en el mapa de la avenida Álvaro Obregón. Vaya error y miopía.

Aún se esperan las respuestas; sin embargo, cuando se impone ese tufillo autocomplaciente con el que suele definirse el estilo del oficialismo, hay poco lugar al diálogo: no es casualidad que Ana Francis Mor, en una entrevista haya desacreditado a quienes han articulado críticas y protestas al enunciar “cuando se suma derecha”, pasando por alto que hay simpatizantes y militantes del partido oficial entre sus críticos. Reducir el mundo a ese maniqueísmo tan burdo también es un parámetro para entender con quién se ha dejado de dialogar e imaginar cuáles son “las palabras” que sí quieren escuchar.

La Casa del Poeta no sería un tema polémico si no se pasara por alto su historia, los fundamentos de quienes comenzaron a construir sus propuestas bajo el resguardo simbólico de Ramón López Velarde, desde aquel 1991.

Por cierto, ¿ya será oportuno hablar acerca del manejo de la cultura en nuestra ciudad? Quizá, en este caso, la elocuencia de la poesía y su memoria deberían bastar para dirimir toda discusión.

El son del corazón

“Una música íntima no cesa / porque transida en un abrazo de oro / la Caridad con el Amor se besa.

¿Oyes el diapasón del corazón? / Oye en su nota múltiple el estrépito / de los que fueron y de los que no son.

Mis hermanos de todas las centurias / reconocen en mí su pausa igual, / sus mismas quejas y sus propias furias.

Soy la fronda parlante en que se mece / el pecho germinal del bardo druida / con la selva por diosa y por querida.

Soy la alberca lumínica en que nada, / como perla debajo de una lente, / debajo de las linfas. Scherezada.

Y soy el suspirante cristianismo / al hojear las bienaventuranzas / de la virgen que fue mi catecismo.

Y la nueva delicia, que acomoda / sus hipnotismos de color de tango / al figurín y al precio de la moda.

La redondez de la Creación atrueno / cortejando a las hembras y a las cosas / con un clamor pagano y nazareno.

¡Oh, Psiquis, oh mi alma: suena a son / moderno, a son de selva, a son de orgía / y a son marino, el son del corazón!”.