México, el planeta que brillará sino teme al cambio

En entrevista exclusiva con Excélsior, el economista que predijo la crisis de 2008, afirma que el país debe decidir si es espectador o protagonista en esta década

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Imagen con las fotos de los economistas invitados al WOBI 2025

Nouriel Roubini sonríe y recuerda su personaje favorito en la infancia: El Principito. Habla con la serenidad de quien ha visto demasiados planetas económicos para dejarse deslumbrar por las promesas fáciles, y ve en México uno pequeño, hermoso, lleno de volcanes activos que hay que limpiar todos los días para evitar que estallen, un planeta que debe cuidarse para que sea protagonista o un espectador en una nueva historia que se viene construyendo entre los diversos mundos por los que viaja.

El libro de Saint-Exupéry le mostró desde pequeño que “la única certeza es la incertidumbre”, dice con un acento italiano y tono pausado, como si lanzara una advertencia y una esperanza al mismo tiempo. En esa frase se resume su filosofía: el cambio no es una amenaza, sino una condición inevitable para sobrevivir.

El llamado Doctor Doom, el economista que está hoy visitando México en WOBI 2025 y que anticipó la crisis financiera de 2008, se muestra esta vez sorprendentemente optimista. No hay rastros del profeta del desastre que muchos medios han descrito. Al contrario, se declara “constructivo” con el futuro de la economía global, y afirma que México tiene oportunidades.

“Veo una desaceleración, sí, pero no una recesión. Lo peor ya pasó”, asegura. Tras los años de pandemia, guerras, aranceles y tensiones geopolíticas, Roubini considera que el mundo ha aprendido a adaptarse a la fragilidad. “Los mercados reaccionaron, los gobiernos corrigieron, y aunque la globalización se ha fragmentado, no ha muerto. Lo que vemos ahora es regionalización, una nueva forma de integración más equilibrada.”

En su visión, la economía mundial atraviesa un interludio: no hay tragedia, pero tampoco un acto final. Estados Unidos y China mantienen una “Guerra Fría económica”; Europa busca su papel en la nueva partitura global; y los países emergentes, como México, deben decidir si serán espectadores o protagonistas. “México tiene una oportunidad única”, afirma. “Es una economía sólida, con fundamentos estables, pero atrapada en un crecimiento lento. Si logra combinar responsabilidad fiscal, certidumbre regulatoria e inversión en innovación, puede brillar en los próximos años.”

Desafinados

Roubini menciona tres notas desafinadas en el caso mexicano, como buen amante de la Opera y la música clásica, que tanto disfrutaba mientras crecía en Italia. Y aunque el jazz lo ha venido conquistando desde su juventud, las grandes orquestas lo deleitan, con una unión sinfónica como debe ser una economía.

La incertidumbre regulatoria, la falta de energía limpia para las empresas y la persistencia de la corrupción y el crimen son el error de la partitura. “No se puede atraer inversión sin confianza. Las reglas deben ser claras, el Estado debe combatir la inseguridad y ofrecer condiciones para que el sector privado innove”.

Aun así, reconoce que México tiene una posición privilegiada en el nuevo mapa global: su cercanía con Estados Unidos, el T-MEC y la tendencia del nearshoring pueden convertirlo en uno de los mayores beneficiarios del reacomodo productivo mundial.

El economista parece hablar de México como el Principito de los países: ingenuo, pero con una rosa especial que cuidar. Da a entender que si limpia sus volcanes —la corrupción, la inseguridad, la falta de innovación— podrá ver florecer su economía. Si no, corre el riesgo de que el planeta se le incendie.

Sin burbuja

El otro gran tema que enciende su mirada es la inteligencia artificial. Roubini, a diferencia de los más alarmistas, no cree que estemos ante una burbuja tecnológica. “Todavía no”, aclara. “Durante la burbuja del internet había cientos de empresas sin ingresos ni ganancias. Hoy las grandes tecnológicas —las llamadas Magnificent 7— tienen flujos de efectivo y utilidades enormes. Están invirtiendo cientos de miles de millones de dólares en centros de datos, investigación y desarrollo. Eso no es humo.”

Para él, la IA no es un espejismo, sino una revolución comparable al nacimiento de la electricidad o de la informática personal. “Habrá un aumento masivo en la productividad. Cientos de miles de aplicaciones transformarán industrias completas. Pero no podemos ignorar el costo humano: habrá desplazamientos laborales y tensiones sociales. La política y la educación deben prepararse para ese cambio.”

En esa transición, Roubini cree que la clave será la adaptabilidad. “Los primeros años crearán más empleo del que destruyan, porque se necesitarán ingenieros, programadores y especialistas para operar los nuevos sistemas. Pero a largo plazo habrá desempleo tecnológico estructural. Por eso debemos fortalecer las redes de protección social y ofrecer capacitación constante. Quizá incluso debamos pensar en una renta básica universal.”

El experto reflexiona como si pensara en voz alta: “Cuando aparecieron las computadoras personales muchos temieron perder sus empleos, y al final se volvieron más productivos. Con la IA pasará algo parecido. Si la usamos con inteligencia, nos hará mejores.”

Entonces vuelve a su frase inicial: la certeza es la incertidumbre. Y con ella, la invitación a moverse, a no quedarse petrificado ante el cambio.

“Si cambias, sobrevives y prosperas; si te quedas en el status quo, debes preocuparte”, advierte.

La conversación termina en un tono más íntimo. Le pregunto por su infancia, por los libros que lo marcaron. Sonríe, con nostalgia. “El Principito, sin duda. Me hizo pensar desde niño en lo que uno quiere ser en la vida, en cómo enfrentarse a los desafíos y en la importancia de mirar con los ojos del corazón.”

Su otra pasión es la música. “Crecí en Italia, en Milán, escuchando ópera y música clásica. Me gustan Verdi, Puccini, Mozart. La ópera es el arte más completo: combina la emoción, la tragedia, la armonía. Es como la economía mundial: caótica, pero al final busca equilibrio.”

Roubini ve el escenario global como una gran ópera contemporánea, donde las potencias son solistas que compiten por ser escuchadas, mientras los países emergentes intentan mantener el ritmo. “A veces desafinan, otras logran momentos de belleza. Pero incluso en medio del caos, una buena ópera encuentra su armonía final.”

Quizá esa sea la lección del Doctor Doom en versión lírica: el mundo, como una ópera de Verdi, necesita conflicto para alcanzar su clímax; y México, si aprende a cantar con voz propia y sin miedo, puede ser parte del gran final —esa nota luminosa que anuncia que, tras la tormenta, todavía hay música.

jcp