Puentes entre Abraham

El judaísmo y el islam comparten raíces profundas. Ambos se reconocen descendientes de una misma tradición

Por Luis Wertman Zaslav

En medio de un mundo cada vez más polarizado, donde el ruido político y la manipulación ideológica parecen dominar muchas conversaciones públicas, también comienzan a surgir señales que invitan a la reflexión. Voces provenientes de distintas culturas y religiones empiezan a recordar algo fundamental: que las diferencias espirituales no necesariamente conducen al enfrentamiento. Muchas veces, el conflicto nace cuando la política, la geopolítica y los intereses radicales manipulan las identidades religiosas.

El judaísmo y el islam, por ejemplo, comparten raíces profundas. Ambos se reconocen descendientes de una misma tradición que nace con Abraham, figura central tanto para judíos como para musulmanes. Las historias de Moisés, David y Salomón también forman parte de ese patrimonio espiritual compartido que durante siglos dio forma a valores fundamentales: justicia, responsabilidad moral, respeto por la vida y búsqueda permanente del conocimiento.

Si observamos la historia con serenidad, veremos que judíos y musulmanes no han vivido siempre en conflicto. Durante largos periodos coexistieron, intercambiaron ideas, comerciaron y desarrollaron ciencia, filosofía y cultura. En distintos momentos de la historia del Mediterráneo y de Oriente Medio existieron espacios donde ambas comunidades convivieron y colaboraron, demostrando que el entendimiento no sólo es posible, sino también profundamente productivo.

El conflicto moderno que domina los titulares de las últimas décadas tiene raíces más complejas. En gran medida se ha construido en el terreno de la política, de las rivalidades geopolíticas y de la manipulación por parte de movimientos radicales que encuentran en la polarización un instrumento de poder. Durante aproximadamente los últimos 80 años, distintos actores han utilizado narrativas religiosas para alimentar conflictos que en realidad responden a intereses estratégicos, territoriales o ideológicos.

La historia nos enseña que cuando la religión se convierte en herramienta de manipulación política, el resultado casi siempre es la división. Sin embargo, cuando las tradiciones espirituales se comprenden desde su dimensión ética y humanista, se convierten en poderosos motores de convivencia. En este contexto resulta significativo observar cómo algunas voces dentro del propio mundo musulmán están promoviendo el diálogo y el acercamiento con el pueblo judío y con el Estado de Israel. Un ejemplo conocido es el del imán francés Hassen Chalghoumi, quien ha defendido públicamente el entendimiento entre judíos y musulmanes y ha denunciado el antisemitismo y el extremismo religioso.

Estas posturas no surgen de la ingenuidad, sino del reconocimiento de una realidad evidente: el extremismo ha causado enorme daño tanto a sociedades judías como musulmanas. Y cada vez más líderes religiosos y sociales comprenden que la cooperación, el respeto mutuo y el aprendizaje compartido son caminos mucho más constructivos que el enfrentamiento permanente. Cuando uno observa el desarrollo de Israel en ámbitos como la innovación tecnológica, la investigación científica, la agricultura avanzada o la medicina, encuentra una constante: una cultura profundamente orientada al conocimiento, al esfuerzo colectivo y a la resiliencia frente a la adversidad.

Lejos de generar rechazo, muchos sectores del mundo árabe y musulmán comienzan a ver en esa experiencia una oportunidad para aprender, colaborar y construir nuevas formas de cooperación regional. Los Abraham Accords firmados recientemente por varios países árabes reflejan precisamente esa búsqueda de una relación más pragmática basada en intereses compartidos y beneficios mutuos. Las nuevas generaciones en distintas regiones del mundo parecen comprender algo que a veces se pierde en medio de la retórica política: que el progreso requiere estabilidad, innovación, educación y cooperación. Los jóvenes aspiran a construir sociedades más prósperas, abiertas y conectadas con el mundo.

En mi experiencia, tanto en el ámbito empresarial como en el servicio público y en la sociedad civil, he aprendido que las sociedades que prosperan son aquellas capaces de transformar sus diferencias en oportunidades de aprendizaje. La diversidad no es una amenaza cuando existe respeto, conocimiento y voluntad de construir. Quizá el gran desafío de nuestro tiempo sea precisamente ése: recuperar la esencia ética y espiritual de nuestras tradiciones y evitar que se conviertan en herramientas de confrontación. Recordar que detrás de las identidades religiosas existen valores universales que pueden acercarnos más de lo que imaginamos.

Cuando las comunidades deciden construir puentes en lugar de levantar muros, el resultado casi siempre es progreso. Porque la cooperación amplía horizontes, genera confianza y abre caminos. Tal vez por eso, en un mundo lleno de tensiones, cada gesto de diálogo entre culturas y religiones representa una oportunidad invaluable para demostrar que el futuro no tiene que estar determinado por los conflictos del pasado. Y que, incluso en tiempos complejos, siempre es posible apostar por el entendimiento, la responsabilidad compartida y la construcción de un mundo mejor. ¡No puedes cambiar el pasado más sí, construir el futuro! ¡Hacer el bien, haciéndolo bien!

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