La guerra de las falacias

¡Hora de enfrentar los hechos! Admitámoslo: todos tenemos un amigo, familiar o conocido–y, si no, lamentamos decírtelo, pero seguramente eres tú que, con tal de hacerte creer que es poseedor de la verdad, es capaz de moldear la realidad a su antojo para que se adapte a su postura, inventando un dato–llegando hasta incluso modificar Wikipedia–o buscándolo en datosdelaabuela.net. Esta (carencia de) argumentación empleada por dichos charlatanes es conocida como la falacia de las Fuentes de Ortiz o como la falacia Miami me lo confirmó y consiste en intentar respaldar una postura con información de dudosa veracidad–debido a su fuente–o inclusive inventada.
“Pero, ¿por qué es una falacia?” «Porque el argumento se sustenta sobre algo inventado». “Pero… ¿por qué inventar, al argumentar, está mal?” «Porque no es seguro que corresponda con la realidad». “Pero, pero, pero ¿por qué debe de preponderar la realidad y no un mundo ilusorio?” «Porque… ya no sé». “Ves, te dije: ¡no es una falacia y tengo razón!”. Aquí nos encontramos con otro sofisma: alegar que el locutor tiene razón por dejar al contrario sin respuesta después de una ronda exhaustiva de preguntas desvariantes, tratando de imitar al ilustre Sócrates–dándole nombre así a la falacia socrática o mayéutica inversa–.
«Nunca discutas con un ignorante, te hará descender a su nivel y ahí te vencerá por experiencia»; estos autoproclamados intelectuales, como bien visibilizaba ya en sus tiempos Mark Twain, poseen un arsenal de filosas artimañas que utilizan para engañar y ganar debates; al menos eso es lo que ellos creen, pues muchas veces termina por ser el propio artífice de la badomía acto incoherente e ilógico–quien es el engañado, pensando erróneamente que la estructuración de su idea es racionalmente infalible. Ese es el peligro de las falacias: construyen una ostentosa edificación que, si bien inestable y vacía, cuenta con una embelesadora fachada que retrata una conveniente e ilusoria verdad, por lo que es posible que, en nuestro deseo de adentrarnos en ella, nos inmiscuyamos en un habitáculo oscuro donde 2 + 2 = 5. En palabras de Óscar Wilde, «Me sorprende que se haya definido al humano como un ser racional. ¡Definición prematura, si las hay! El humano es todo lo que se quiera, menos un ser racional». En el deseo de cualquier humano por adentrarse en los reinos del saber, en ocasiones es atraído por su imaginación a aparentes atajos que, si bien pueden cruzarse con los senderos de la lógica y la verdad universal, desembocan, de no ser transitados con cautela, en tierras de confusión y mentiras. Por ello, para emprender camino por la vereda de la razón, hay que conocer los vicios de nuestra imaginación para poder evadirlos.
En aras de este entrenamiento mental, identificamos algunas de las fallas argumentativas más comunes y llamativas para así denominarlas como falacias con nombres un tanto llamativos y estrafalarios y que sea más fácil distinguirlas y evitarlas.
¿Cuántas veces alguno de tus padres, defendiéndose de un flagrante error que cometió, niega haberse equivocado porque más sabe el diablo por viejo que por diablo? Creer que una idea es verdadera simplemente porque un refrán popular la encarna es la falacia de la tía dominguera.
La falacia halloweenesca consta de argumentar que un objeto A, por compartir ciertas características con otro objeto B, es en realidad B y no A. Es como si el primer objeto estuviera disfrazado del segundo, engañando a quienes participan en el debate.
El pensar que la viral frase del “filósofo” Diego Ruzzarin, “La constitución o la creación de un significado es estética contingente, y la relación material entre las variables que producen un efecto sí tiene algo de natural necesario”, es verdadera únicamente por aparentar ser elocuente al usar términos como “estética contingente” o “natural necesario” es conocida como la falacia del comentarista (ya que muchos narradores o analistas deportivos pecan de ello): carencia argumentativa que consta de catalogar una proposición como cierta por el aparente tono intelectual o rimbombante en la que se enuncia, inclusive utilizando macarrónicamente–dicho del uso inadecuado del lenguaje–las palabras.
Pensar que alguien es culpable solo por estar en prisión constituye, debido a que el sistema jurídico inevitablemente tiene fallas, la falacia del carcelero.
Remóntate a cuando un compañero, después de un examen, decía: “Yo creo que sí paso sin estudiar, eh… diría que hay un 85% de probabilidad de que me vaya bien”. El disparar un dato sensato y verosímil, pero sin cerciorarse de su veracidad–lo que lo suele llevar a estar infundamentado–, para argumentar en favor de cierta cuestión es considerado como la falacia del francotirador ciego–variante de la presentada al inicio de este texto: falacia de las Fuentes de Ortiz–.
Generalizar una vivencia aislada–como una anécdota–para así probar una verdad absoluta es considerado la falacia de la Cotorrisa o del anecdotario.
La falacia de Berkeley, nombrada tras las posturas de la filosofía berkeliana, ocurre al argumentar que, si no eres consciente de una realidad, no está pasando.
“¡El perro está ladrando! Seguro va a temblar”. La falacia del perro argüendero o del sentido arácnido consiste en, dada una acción final, asumir su causa, omitiendo que una misma consecuencia puede ser ocasionada por múltiples razones.
Ganar un debate simplemente porque entre varios emprendieron una ofensiva–echaron montón, vaya–en contra de uno solo es la falacia de la piñata–o, para los más duchos en lucha libre, la del Royal Rumble–.
La falacia de la lágrima de cocodrilo consiste en, mediante técnicas de manipulación social como las lágrimas falsas, rebatir el argumento del contrincante al hacerse el ofendido–la víctima–, ganando así el debate.
“Plutón sí es un planeta; me lo enseñaron en la escuela cuando era chico”. La falacia de la fogata apagada ocurre cuando se asevera un punto usando información que se consideraba cierta pero ya fue probada falsa.
Considerar un argumento como verdadero porque éste fue presentado por un locutor de habla rápida es conocido como la falacia supersónica o del colibrí–ya que, asemejándose al vuelo de esta ave, se aletea excesivamente, aparentando un movimiento sin que realmente exista un avance (lógico)–
La falacia del forastero o de la identidad es una falla lógica bidireccional–para probar o refutar un punto–que consiste en afirmar que un individuo tiene razón sobre el tema a tratar porque posee una característica propia de éste; o, análogamente, redunda en negar que otro sujeto pueda opinar acertadamente por no contar con una cualidad relacionada con el debate: “Tú no eres mexicano; no puedes opinar acerca del debate de las quesadillas con queso o sin queso”.
“¡No sé por qué me está yendo mal en la vida!”. «¡Es obvio! Andas de flojo levantándote tarde; recuerda que Dios ayuda al que madruga». “¡No seas bobo! Eso es una falacia; no se vale que te metas con mi religión. Dios nunca me abandonaría; tú qué vas a saber. Mejor ya cállate en vez de decir falsedades”. Cuando el primer sujeto (“”) argumenta que el segundo individuo («») comete una falacia, éste cae en la falacia de la lágrima de cocodrilo–se hace la víctima–; se acusa de que algo es una falacia usando otra falacia. Realmente, el segundo individuo sí está cometiendo una falacia, la de la tía dominguera, pero el primer individuo está argumentando falazmente el porqué es una falacia: “no se vale que te metas con mi religión”. La falacia de la matrioshka surge cuando se sostiene que un enunciado es una falacia–y efectivamente lo es–, mas la justificación de ello es igualmente falaz. Este suceso puede ocurrir repetidamente, acusando reiterada y falazmente al otro de usar una falacia, por lo que los niveles de la matrioshka pueden ir aumentando, como si la muñeca rusa pudiera albergar infinitas otras más pequeñas–en el ejemplo, son sólo dos–.
Además, hallamos algunas falacias que, si bien ya existentes, son comúnmente omitidas e infrarrepresentadas. Éstas ocurren en una galaxia muy, muy lejana:
La falacia de Yoda: utilizar declaraciones ambiguas o crípticas para parecer sabio o perspicaz, sin proporcionar información clara.
La falacia de la uniformidad de los clones: asumir que todos los miembros de un grupo son idénticos en pensamiento, creencia o capacidad, similar a cómo se observa en el ejército clon.
La falacia de la dicotomía sith o de la radicalización: la creencia de que uno debe adherirse estrictamente a una filosofía extrema o a su radical opuesto–como la pasión de los sith y la adhesión de los jedi a la calma y el desapego–, ignorando la posibilidad de un enfoque equilibrado o matizado.
Son tan solo unos cuantos ejemplos; hay muchos más errores de este tipo, siendo algunos de ellos bastante destacados–véanse las falacias ‘ad hominem’, ‘ad verecundiam’, ‘post hoc ergo propter hoc’–. Por ello alentamos encarecidamente al curioso lector a adentrarse al mundo de la lógica e intentar reconocer tantas argucias como pueda, para así poder alcanzar inequívocamente la verdad.
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