Halconazo en la memoria; hay riesgo de militarización
Entrevista con Álvarez Béjar. La apertura que ofreció el gobierno de Echeverría estuvo acompañada de represión a las marchas, con granaderos, militares y el grupo paramilitar que se identificó como Los Halcones, recuerda el académico

CIUDAD DE MÉXICO.
“Seguimos viviendo una tendencia a la militarización encubierta”, alertó Alejandro Álvarez Béjar, quien actualmente es maestro de la Facultad de Economía, de la Universidad Nacional Autónoma de México, e integrante del Comité del 68.
Hace 50 años logró sobrevivir al ataque que un grupo de hombres armados con pistolas y kendos realizaron en contra de estudiantes, quienes iban a realizar una marcha en apoyo a sus compañeros de la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL).
De otra manera, pero seguimos viviendo una tendencia a la militarización encubierta, es decir, hay dispositivos, mecanismos de utilización de esquemas represivos usando ilegalmente al Ejército en contra del pueblo”, comentó Álvarez Béjar.
A medio siglo del caso conocido como el Halconazo o la Masacre del Jueves de Corpus, afirma que el abuso de poder y la militarización en la vida pública, que en aquellos días propició el entonces presidente Luis Echeverría, se podría estar repitiendo en la actualidad.
El problema de los abusos del poder sigue siendo una asignatura pendiente en el caso mexicano, y lo del 10 de junio es uno de los referentes que son importantes porque no sólo marcaron a una generación, sino marcaron también al poder. Muestran que la arbitrariedad es un elemento que puede meterse a juicio, ése es un poco la experiencia”, afirmó el académico.
Buscar los mecanismos y la metodología para recuperar y reconstruir los hechos de represión ocurridos en 1968, en 1971 y en la década siguiente, para establecer la responsabilidad de autoridades, fue uno de los logros de ese movimiento, consideró el economista.
No todas las cosas que se plantearon se consiguieron, pero ganamos una experiencia de reconstrucción, de búsqueda de testimonios, de delimitación de responsabilidades y de reconstrucción misma de mecánicas del poder que es importante tenerlas en cuenta hoy”, explicó.
Aquella tarde del 10 de junio de 1971, Álvarez logró sobrevivir al esconderse del grupo de agresores en una vecindad de la zona del Casco de Santo Tomás y, posteriormente, al salir a la calle vio los cuerpos de estudiantes sobre la calzada México-Tacuba.
Militares fueron a rematar a los heridos en los hospitales”, recordó el académico integrante del Comité del 68, de esos hechos que, en su recuerdo, marcan el inicio de la llamada Guerra Sucia.
Hicimos una labor para caracterizar todo el periodo de la parte del 68, del 71 y la Guerra Sucia como un solo periodo, y con políticas que ameritan caracterizarse como crímenes de lesa humanidad y, en consecuencia, que no prescriban, y por eso planteamos el asunto de mantener viva la demanda de justicia y el encarcelamiento a los responsables”, afirmó.
En entrevista, el maestro Álvarez Béjar recuerda las condiciones que marcaron a la marcha del Jueves de Corpus de 1971, viviendo todavía las consecuencias de la represión del 2 de octubre de 1968.
Los integrantes del Consejo Nacional de Huelga (CNH) estaban o presos en Lecumberri, sujetos a procesos sin acusaciones claras o firmes, o enviados al exilio, a Sudamérica, con el argumento de que el gobierno los mandó a estudiar.

Alejandro Béjar, sobreviviente
Cuatro meses antes, los líderes más representativos del CNH fueron expulsados de México, llegaron primero a Perú y luego, finalmente se arregló que los recibieran en Chile y estuvieran ahí unos meses, con el asunto de que el gobierno los había sacado diciendo que se habían ido a estudiar”, narró Álvarez Béjar.
En la presidencia de la República, Gustavo Díaz Ordaz fue sustituido por quien fuera su secretario de Gobernación, Luis Echeverría Álvarez, quien llegó con un supuesto discurso de apertura y de reconciliación con los estudiantes.
Estábamos con un ambiente muy de señales cruzadas, un periodo de mucho atropello, de mucha arbitrariedad, de mucha prepotencia, sin ningún respeto por las formalidades legales, jurídicas.
En la parte del movimiento estudiantil también era de señales cruzadas, gente que se estaba preparando para la llegada del fascismo y gente que estaba planteado el asunto de una participación electoral, gente que planteaba reformas en muchos lados”, explicó.
Fue el momento, recordó el maestro Álvarez Béjar, en que se consideró que era importante volver a ganar la calle, con una marcha en la que, además de apoyar a los estudiantes de la UANL, otros grupos salieran a exigir por sus causas.
Estaba un conflicto muy agudo en la UANL, en donde había un proyecto de una nueva ley orgánica que ponía en manos de grupos empresariales el diseño de lo que debía ser la universidad y el cambio de ley implicaba que nombraran a un rector militar.
Esto desató una serie de protestas en varios lugares, directamente en Monterrey, y también se planteó el asunto aquí en la Ciudad de México”, pormenorizó Álvarez Béjar.
Sin embargo, recordó el académico universitario, la apertura que ofreció el gobierno de Echeverría estuvo acompañada de represión a las marchas, con granaderos, militares y el grupo paramilitar que se identificó como Los Halcones.
Se trataba de fuerzas irregulares, porque eran civiles entrenados, financiados desde el gobierno, pero no era la policía; ahora, desde el punto de vista represivo, lo que seguía siendo una constante es que las marchas eran confrontadas por el cuerpo de granaderos y, eventualmente, con tropas del Ejército”, indicó Béjar.

Los movimientos sociales fueron duramente reprimidos por el gobierno en los sexenios de Díaz Ordaz y Echeverría. Foto: Archivo/Excélsior
El 10 de junio de 1971, símbolo de represión
Desde 1966, el entonces secretario de Gobernación, Luis Echeverría Álvarez, ordenó organizar un cuerpo paramilitar, de choque y para control de multitudes, principalmente manifestaciones.
La tarea fue encomendada al coronel Manuel Díaz Escobar, subdirector de Servicios Generales del Departamento del Distrito Federal (DDF), quien se encargó de reclutar a personal de limpia, porros, militares, jóvenes provenientes de grupos deportivos y lumpen.
Sus entrenamientos se realizaban en terrenos de las colonias San Juan de Aragón y Cuchilla del Tesoro, en la entonces delegación Gustavo A. Madero, consistentes en técnicas de box, judo, karate, bojutsu; en el manejo de armas de fuego y kendo.
Gustavo Díaz Ordaz reprimió las manifestaciones del Consejo Nacional de Huelga (CNH), integrado principalmente por estudiantes de la UNAM y del IPN, con granaderos y el Ejército.
De acuerdo con reportes periodísticos de la época el grupo paramilitar de Los Halcones hizo su aparición el 2 de octubre de 1969, un año después de los hechos de Tlatelolco, contra un grupo de estudiantes que osaron manifestarse para recordar a sus compañeros.
Llegó el cambio de administración y quien fuera secretario de Gobernación, Luis Echeverría Álvarez, relevó a Díaz Ordaz en la Presidencia, cuando el PRI no tenía contendientes políticos.
En enero de 1971 aparecieron nuevamente Los Halcones, reprimiendo una manifestación de trabajadores de Ayotla Textil, apoyados por estudiantes.
En mayo de este año, entró en vigor una ley orgánica para la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL) que, entre otros puntos, encargaba a empresarios del estado el diseño académico de la institución y proponía a un exmilitar como rector.
Los estudiantes salieron a las calles y lograron revertir esa ley, sin embargo, las exigencias hicieron eco en la Ciudad de México, en donde se convocó a una movilización para el 10 de junio, a las 17:00 horas, era el Jueves de Corpus.
La movilización se iba a trasladar del Casco de Santo Tomás, al Zócalo capitalino, partiendo de avenida de los Maestros, hacia la Calzada México Tacuba y hacia el primer cuadro.
Grupos de granaderos y hombres de civil, algunos con varas de bambú o kendos, hicieron frente a manifestantes al iniciar la marcha, se lanzaron gases y empezó el caos.
Los estudiantes comenzaron a correr, principalmente hacia México Tacuba, hacia San Cosme, tras ellos los civiles con las varas golpeaban a todos, pero después comenzaron los disparos.
Jóvenes que llegaron heridos al hospital Rubén Leñero fueron rematados; la represión duró casi dos horas, y se habla desde 60 hasta 120 víctimas.
Otro grupo que sufrió la furia de Los Halcones fue el de periodistas, reporteros gráficos e informadores que cubrían los hechos, cuya información sirvió para confirmar la existencia de un grupo que era negada por las autoridades.
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