El crepúsculo de la creatividad: un mito moderno sobre la inteligencia artificial

La prosperidad del intelecto humano se ve amenazada por un ente hasta hace poco desconocido: la inteligencia artificial. ¿Qué pueden anhelar las mentes del mañana si una máquina ya es capaz de ponerse a la par de las más brillantes del ayer? Para el lector más escéptico, a continuación hay dos poemas: uno compuesto por el insigne aedo griego Homero y otro por la enigmática IA ChatGPT; ¿serás capaz de distinguir cuál le pertenece a qué escritor?
‘Ecos de Sísifo en la montaña’
Sísifo en su monte, eterno es su afán,
mente de metal repite su labor sin desazón.
Ambos condenados a un ciclo sin fin,
desafiando a los dioses en su eterno juego.
‘El misterio de los números y el alma’
En la forja de Hefesto, artefactos cobran vida,
nace un espíritu claro, en acertijo envuelto.
Apolo envidia su canto de números estériles,
pero carece de alma en sus versos oscuros.

Entonces, ¿lograste distinguir entre el arte de uno de los más renombrados poetas y el de un código escrito en su mayoría por otro código–una versión antigua y menos capaz del mismo–? En realidad, ambos fueron generados por este innovador modelo generativo de lenguaje… ¡eso Homero no lo vio venir! Es quizás hasta aterrador y preocupante de lo que estas tecnologías son capaces. Como ya se nos ha advertido una infinidad de veces en los mitos griegos, los poderes divinos como este, encarnados por los mortales, suelen acabar protagonizando tragedias que sentencian a quienes pretenden dominarlos al fatal destino propio de la característica humana que los define.
La inteligencia artificial acecha desapercibidamente la esencia humana: ese moderno Prometeo de silicio que ha robado el fuego de la creatividad para entregárnoslo en forma de algoritmos y códigos. Pero, ¿qué sucede cuando ese fuego, en lugar de iluminar nuestras cavernas, consume la esencia misma de nuestra creatividad, dejándonos en una oscuridad más profunda que la que alguna vez conocimos? ¿Qué tipo de progreso es este que nos despoja de nuestra esencia, que nos convierte en sombras de lo que alguna vez fuimos?
En verdad nos enfrentamos a un dilema digno de un mito griego. La comodidad de tener máquinas que escriben, crean y hasta "piensan" por nosotros se enfrenta al lento pero seguro marchitamiento de nuestra capacidad para imaginar, para crear algo genuinamente nuevo. Obtendremos sin apenas esfuerzo un resultado casi perfecto, pero quizás, al permitir que las máquinas asuman nuestras luchas–inclusive si las perderíamos por nuestra cuenta–, corremos el riesgo de convertirnos en espectadores de nuestra propia obsolescencia, vaciados de sentido.
¿No es esto como decir que Sísifo estaría más feliz si una máquina rodará la piedra colina arriba por él? La lucha, el esfuerzo, el fracaso y el triunfo son los ingredientes esenciales de la creatividad. Quita uno y obtendremos una receta para el desastre: nos encontraremos atrapados en un ciclo interminable de mediocridad, donde la facilidad y la eficiencia se habrán convertido en los dioses menores a los que rendimos culto.
Los defensores de esta nueva era argumentan que la inteligencia artificial es una herramienta, no un sustituto. Pero, ¿qué sucede cuando la herramienta es tan buena que hace que el esfuerzo humano parezca, en el mejor de los casos, una curiosidad pintoresca? Nos convertimos en meros espectadores en el teatro de nuestras propias vidas, observando cómo las máquinas realizan actos que alguna vez definieron la experiencia humana. Y uno no puede evitar preguntarse, en este crepúsculo de los dioses de la creatividad ante los titanes de la innovación, ¿quién quedará para contar nuestra historia?
En este panorama, la creatividad humana se convierte en una especie de reliquia, como un objeto en una vitrina de museo etiquetado como «algo que la gente solía hacer». Y mientras nos deslizamos más y más en este abismo de complacencia, uno no puede evitar preguntarse: en este nuevo mundo que estamos construyendo, ¿quién necesita de un Homero, un Platón o un Aristóteles? ¿Para qué esforzarse en ser un Da Vinci de carne y hueso cuando un algoritmo puede imitar su genialidad sin siquiera romper el proverbial sudor? En este sombrío futuro, no hay lugar para héroes o poetas.
La tragedia no es solo que estamos siendo reemplazados; la tragedia es que lo estamos permitiendo. Como Narciso, estamos tan enamorados de nuestros propios reflejos tecnológicos que no vemos el abismo que se abre bajo nuestros pies. Y en ese punto, nos enfrentaremos a la más cruel de las ironías: en nuestra búsqueda de la eficiencia a través de la inteligencia artificial, podríamos descubrir que hemos programado nuestra propia obsolescencia. Podemos seguir el camino de la facilidad y la eficiencia, permitiendo que nuestras musas sean reemplazadas por máquinas y que la única tragedia que quede es que ya no haya tragedias.
Claro está, pues, que las inteligencias artificiales arremeten con fuerza contra la creatividad humana, ¿cierto? Aunque… ¿cambiaría tu opinión respecto a esta crítica en su contra si la propia artista detrás fuera una de ellas? En verdad cuestiónalo, porque quizás ChatGPT escribió el texto en su totalidad; o tal vez fuimos nosotros, los humanos autores de siempre; igual y fue producto de un cyborg literario; inclusive cabe la posibilidad de que este párrafo esté siendo generado por mí, ChatGPT, para así autocuestionarme y ganarme tu confianza… en las películas, los culpables siempre exclaman ser inocentes.
Más allá de quién o qué haya sido el artífice detrás de esta crítica a la modernidad, es innegable que, tanto por su contenido en sí misma como por su autoría, comprende gran valor, pues el lector echará a volar su imaginación impulsada por su creatividad para pensar cada rincón de este intrincado tema. Quizás, pues, el panorama no sea tan fatalista como el autor desconocido lo pinta en los párrafos anteriores; es posible, como esta metacrítica lo demuestra, que las inteligencias artificiales, en lugar de eclipsar las características fundamentales del intelecto humano, potencien su brillo, permitiéndoles enfocarse en lugares antes inaccesibles; ¿serán las catalizadoras de una llamarada creativa antes impensable? Usemos el fuego que Prometeo una vez más nos da para continuar encendiendo llamas que iluminen los caminos en la caverna, en vez de para incendiarla en su completo con nosotros dentro.
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