Las berries mexicanas: el fruto de una revolución silenciosa
Entrevista con Juan Flores, director general de Aneberries, sobre el crecimiento de una industria que transformó al campo mexicano

La conversación con el ingeniero Juan Flores, director general de Aneberries, la Asociación Nacional de Exportadores de Berries, empieza de una manera inesperada: hablando de Chapingo, de teatro y de juventud. Le cuento que quise ser ingeniero agrónomo, que cuando estaba en secundaria vi El Extensionista, obra de teatro mexicana escrita por Felipe Santander, y aquella puesta en escena me marcó profundamente. Él sonríe de inmediato, reconoce el referente y la charla toma un tono cercano, casi nostálgico. Por momentos parece más una conversación entre dos personas que aman el campo mexicano desde lugares distintos que una entrevista formal.
Flores habla de Chapingo con un orgullo evidente. No solo como universidad, sino como una institución que explica buena parte de la historia agrícola del país. Recuerda sus murales, la antigua hacienda, las generaciones de estudiantes que recorrieron México aprendiendo directamente en el territorio, y su natural relación con la canción de El Andariego. Y de alguna manera esa idea termina conectando perfectamente con el tema central de nuestra conversación: la transformación silenciosa pero enorme que ha vivido la industria de las berries en México.
Las berries se han convertido en un gran detonador económico”, dice con claridad. Y mientras habla, uno entiende que no se refiere únicamente a cifras o exportaciones, sino a algo mucho más profundo: empleos, comunidades rurales, desarrollo tecnológico, conocimiento y oportunidades para miles de familias.

La industria genera actualmente alrededor de 325 mil empleos por temporada y produce entre 700 mil y 1.2 millones de toneladas al año. Más del 90 por ciento se exporta, principalmente a Estados Unidos, aunque hoy las berries mexicanas llegan a 38 países. Japón, Canadá, mercados europeos y asiáticos forman parte de una red internacional que hace apenas unas décadas parecía imposible para un sector que, en aquel momento, apenas comenzaba a consolidarse.
Las llamadas “cuatro berries” mexicanas —fresa, zarzamora, frambuesa y arándano— se han convertido en protagonistas de una auténtica revolución agrícola en el país. Cada una tiene características y mercados distintos, pero juntas forman uno de los sectores más dinámicos y rentables del campo mexicano.
La fresa mantiene una fuerte tradición productiva, especialmente en estados como Michoacán y Guanajuato; la zarzamora colocó a México entre los principales exportadores del mundo; la frambuesa encontró en Jalisco condiciones ideales para expandirse rápidamente; y el arándano, quizás el cultivo más joven de los cuatro, vive un crecimiento acelerado impulsado por la demanda internacional y el desarrollo genético de nuevas variedades.

Aunque comparten el nombre de berries, cada fruto implica procesos agrícolas, tiempos de cosecha y desafíos logísticos muy distintos. Todas requieren un manejo altamente especializado, desde el control fitosanitario hasta cadenas de frío extremadamente cuidadas para garantizar calidad e inocuidad en mercados internacionales. A ellas se suman otros frutos que comienzan a ganar presencia dentro de nichos específicos, como la grosella, el cranberry y algunas variedades híbridas, aunque las cuatro berries tradicionales siguen concentrando la mayor parte de la producción, exportación y crecimiento económico del sector mexicano.
Antes conocíamos la fresa, y la zarzamora quienes crecimos cerca del eje neovolcánico porque se daba silvestre”, recuerda. “Pero hablar de blueberries o frambuesas no era algo común”.
Hoy México es líder mundial en varios de estos cultivos. Michoacán domina en zarzamora y fresa; Jalisco en frambuesa y arándano; Baja California y Guanajuato complementan una geografía productiva que ha convertido al país en una potencia internacional del sector.
Parte del éxito, explica Flores, tiene que ver con la genética y con la capacidad de adaptar cultivos históricamente asociados al frío a regiones mexicanas mucho más cálidas. “Estas frutas eran frutas del bosque, ligadas a climas fríos. Hoy puedes producir blueberries prácticamente sin requerimientos de frío gracias al desarrollo genético”.
Pero detrás de toda esta sofisticación tecnológica sigue existiendo algo profundamente humano: la cosecha manual. Cada berry debe cortarse con precisión, delicadeza y velocidad para conservar la calidad que exige el mercado internacional. Y ahí es donde el sector se vuelve especialmente relevante para las zonas rurales.
La cantidad de mano de obra que genera es impresionante”, explica. “Y además se ha ido profesionalizando muchísimo”.
El campo mexicano ya no es el mismo de hace treinta años. Flores habla de sistemas hidropónicos, de producción en sustratos, de análisis de datos, de inteligencia artificial aplicada al riego, al control de plagas y a la toma de decisiones. “Antes el manejo del riego dependía mucho de la experiencia empírica; hoy ya hay ingenieros especializados y técnicos trabajando con información muy precisa”.
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La tecnología avanza rápido, pero también los desafíos. Uno de los momentos más complejos ocurrió en 2011, cuando apareció la Drosophila suzukii, una plaga desconocida que modificó completamente el manejo fitosanitario del sector. “Fue un antes y un después”, recuerda. Ahí las universidades y centros de investigación jugaron un papel clave: Chapingo, la Universidad de Guadalajara, especialistas de Estados Unidos y otros organismos ayudaron a desarrollar estrategias para enfrentar el problema.
Porque si algo cuida esta industria es la calidad. Y la calidad, explica, ya no significa solamente que la fruta se vea bonita. Significa inocuidad, sostenibilidad y responsabilidad laboral. “Tenemos que cuidar al consumidor, al medio ambiente y también a los trabajadores”.
Ese crecimiento y esa complejidad fueron precisamente lo que dio origen a Aneberries hace más de quince años. Una asociación voluntaria, subraya Flores, construida desde la idea de que el sector podía fortalecerse mucho más trabajando en conjunto. “Aquí nadie está obligado a participar. Esto nació creyendo que juntos somos mejores”.
La asociación ha impulsado capacitación, sostenibilidad, promoción internacional y desarrollo técnico, pero también un espacio que hoy se ha vuelto referencia para toda la industria: el Congreso Internacional de Aneberries, cuya edición número 16 se celebrará este 29 y 30 de julio en Expo Guadalajara.
Más que un congreso, Flores lo describe como una gran reunión del sector. Productores, investigadores, comercializadores, exportadores y autoridades se encuentran para discutir tendencias, retos logísticos, innovación, mercados y tecnología. “Es actualización, networking, intercambio de conocimiento… y también es una fiesta”, dice entre risas.
Alrededor del Congreso ocurre además algo que revela mucho sobre el espíritu de la industria: la Carrera de las Berries, una competencia de cinco y diez kilómetros con causa social. Todo lo recaudado se dona a asociaciones civiles; este año apoyarán a una institución de Zamora, Michoacán, especializada en atención a personas con autismo.
Queremos que el Congreso siga siendo un espacio donde toda la cadena pueda encontrarse”, explica Flores. “Desde productores y exportadores hasta investigadores, comercializadores y especialistas en tecnología agrícola. La idea es que todos podamos compartir qué está pasando en la industria y hacia dónde viene el futuro”.
Para él, uno de los principales objetivos del encuentro es abrir conversaciones sobre los grandes retos que enfrenta el sector: sostenibilidad, uso eficiente del agua, innovación genética, logística internacional y profesionalización del campo mexicano. “La industria ha crecido muchísimo y eso también implica asumir nuevas responsabilidades”, señala.
Flores espera además que el Congreso permita fortalecer vínculos internacionales. “Hoy México es un actor muy importante en el mercado global de berries y necesitamos seguir construyendo relaciones con otros países, entender tendencias de consumo, nuevas tecnologías y lo que demandan los mercados internacionales”.
Otro de los temas que considera fundamentales es el intercambio de conocimiento entre generaciones. “Queremos que los jóvenes se acerquen más al sector, que vean que el campo mexicano ya no es solamente trabajo físico, sino también innovación, ciencia, datos, inteligencia artificial y tecnología aplicada”.
Y quizás lo más importante, dice, es mantener el sentido humano detrás del crecimiento económico. “Sí hablamos de exportaciones, de producción y de mercados, pero nunca hay que olvidar que detrás de cada berry hay familias trabajando. El Congreso también busca recordar eso: que esta industria ha transformado comunidades completas y que todavía tiene mucho potencial para seguir haciéndolo”.
Flores habla de las exportaciones con una mezcla de orgullo y fascinación. Explica que las berries mexicanas ya no solo compiten por volumen, sino por calidad, presentación y experiencia de consumo. “Cada mercado tiene una cultura distinta alrededor de la fruta”, comenta. Y en ese mapa internacional, Japón ocupa un lugar especial. Ahí, dice, la fruta no se consume únicamente como alimento: también puede convertirse en un símbolo de cuidado, detalle y prestigio.
En Japón, por ejemplo, una sola fresa puede venderse como un obsequio de lujo. Flores describe cómo algunas variedades premium son seleccionadas cuidadosamente por tamaño, color, textura y dulzura, empacadas individualmente y presentadas casi como piezas de joyería. “Hay frutas que literalmente se regalan”, explica. “Las cuidan muchísimo porque representan calidad, atención y respeto hacia la persona que las recibe”. Para los productores mexicanos, entrar a ese mercado implica alcanzar estándares extraordinariamente altos.
Esa relación cultural con la fruta obliga también a entender que exportar no es únicamente mover mercancía. Es comprender hábitos, sensibilidades y formas distintas de apreciar los alimentos. “El consumidor japonés es extremadamente exigente”, señala Flores. “Todo tiene que llegar prácticamente perfecto: firmeza, sabor, apariencia, temperatura”. Y quizás ahí radica parte del orgullo del sector: saber que una berry cultivada en Michoacán o Jalisco puede terminar convertida, a miles de kilómetros de distancia, en un regalo delicado y valioso para alguien en Tokio.
Reconoce que el crecimiento de la industria de las berries no podría entenderse sin el acompañamiento de instituciones públicas, organismos técnicos y centros de investigación que han ayudado a fortalecer la sanidad, la inocuidad y la competitividad del sector mexicano. Menciona especialmente el trabajo de Senasica, cuya coordinación ha sido fundamental para mantener estándares fitosanitarios que permitan exportar a mercados altamente exigentes. “Tenemos una relación muy cercana con las autoridades sanitarias porque entendemos que la confianza internacional se construye todos los días”, explica. A ello se suman universidades, laboratorios, centros de investigación y organismos internacionales que colaboran constantemente en temas de control de plagas, certificaciones, sostenibilidad y mejora genética.
Más allá de su importancia económica, las berries también han ganado un lugar privilegiado en la conversación global sobre alimentación y salud. Flores explica que buena parte de la demanda internacional está relacionada con sus propiedades nutricionales: alto contenido de antioxidantes, vitaminas, fibra y compuestos asociados al cuidado cardiovascular y al fortalecimiento del sistema inmunológico. “Hoy el consumidor busca alimentos frescos, saludables y funcionales”, señala. Y en ese contexto, las berries mexicanas encontraron un mercado ideal, especialmente entre generaciones más jóvenes y consumidores que privilegian hábitos de alimentación más conscientes.
Hacia el final de la conversación le pregunto cómo imagina el sector dentro de veinte años. Piensa un momento antes de responder. Lo imagina más tecnificado, más preciso en el uso del agua, más automatizado y con mayor incorporación de inteligencia artificial. Pero también lo imagina como un motor todavía más importante para las comunidades rurales.
Va a seguir siendo un gran generador de empleo donde más se necesita”, afirma.
Y quizá ahí está el verdadero corazón de esta historia. Porque detrás de las exportaciones millonarias, de los mercados internacionales y de la tecnología agrícola de punta, lo que realmente ha hecho la industria de las berries es transformar silenciosamente regiones enteras del país.
La charla termina regresando, de algún modo, al principio. A Chapingo. A las vocaciones. A los caminos que toman la vida y el campo mexicano. Le digo que todavía suspiro pensando que pude haber sido ingeniero agrónomo.
Él sonríe, nuevamente; ha sido una charla sumamente grata.
Y por un momento queda claro que hablar de berries no es solamente hablar de fruta. Es hablar de identidad, de conocimiento, de territorio y de uno de los sectores que hoy están redefiniendo el rostro del campo mexicano.