Apagar pantallas, el plan para salvar las infancias en México
Mientras los adolescentes defienden su derecho al acceso a la información, el Movimiento No es Momento expone como la exposición de dopamina impide el desarrollo de un autoconcepto sano

Los niños y niñas siguen sentados juntos, pero ya no conversan. No se interrumpen, no discuten, no se aburren. Deslizan la pantalla del celular con el índice o el pulgar una y otra vez.
En México, esa escena cotidiana encendió una alerta que hoy se convirtió en movimiento. Se llama No es momento y propone algo que incomoda a padres, escuelas, gobiernos y a las gigantes empresas tecnológicas: ponerle un alto a las pantallas y a las redes sociales antes de los 16 años.
La primera en decirlo en voz alta fue Mercedes Llamas, mamá de cinco, cocreadora de la Clínica Restart, el primer centro especializado en ansiedad, depresión y dependencia a las pantallas en el país.

No llegó a esta lucha desde la teoría, sino desde la observación diaria en la escuela, en el club, como maestra con sus propios alumnos: algo no estaba funcionando en la infancia digital.
“Los adolescentes dejaron de hablar entre ellos. Los periodos de atención eran casi nulos. La creatividad estaba desapareciendo”, recuerda.
Cuando sentir se vuelve imposible
En la Clínica Restart, los diagnósticos tienen rostro. Uno de ellos es el de un adolescente de 13 años que literalmente se desmaya cada vez que experimenta una emoción incómoda: enojo, tristeza, frustración.
Durante toda su infancia, sus padres jamás le permitieron sentirlas. Si lloraba, aparecía el celular. Si se frustraba, aparecía el celular. Si se enojaba, aparecía el celular.

Antes de contactar con cualquier emoción considerada negativa, el dispositivo bloqueaba el proceso. El resultado fue devastador: un cuerpo que no sabe sostener el malestar y colapsa. Desmayos constantes.
La alerta
Al principio fueron conversaciones entre padres. Luego, mesas con directivos escolares. Después, reuniones con legisladores en la Ciudad de México y a nivel federal. Así nació un movimiento que hoy se extiende por toda la República. Actualmente, son más de 30 asociaciones unidas por la misma causa.
¿Qué estamos haciendo?”, pregunta Mercedes. “Convenciendo a generaciones completas de dos cosas fundamentales: no smartphones antes de los 14 y no redes sociales antes de los 16”.
La consigna es clara: sacar los celulares de las escuelas y retrasar el acceso a plataformas diseñadas para captar atención y emitir disparos constantes de dopamina y cortisol, que llevan a la infancia a pasar de un instante al otro de la euforia a la tristeza en segundos, sin tiempo para procesar, regular o adaptarse emocionalmente al mundo real.

La trampa
El problema no siempre se presenta como exceso, sino como progreso. En las aulas, muchas plataformas educativas —apps, juegos interactivos, sistemas de recompensas— parecen innovadoras.
Te dan moneditas cada vez que contestas bien”, explica Mercedes. “Pero eso genera la misma dopamina y la misma dependencia que cualquier videojuego o red social”.
Luz. Sonido. Movimiento constante. Seis segundos de atención como estándar. Un cerebro entrenado para la recompensa inmediata.
Y una pregunta incómoda: ¿quién es corresponsable de esta dependencia?
Australia dio el primer paso, mientras el debate sigue abierto en México.
La voz de los adolescentes
Los adolescentes son los primeros en estar en desacuerdo con la propuesta de fuera celulares para las infancias.
Íker Rodríguez tiene 13 años y lo dice sin rodeos: “Siento que es injusta esta propuesta de prohibir las pantallas, porque no todo lo que está en redes sociales es malo. Me preocuparía mucho no tener acceso a internet y no saber qué está pasando en el mundo”.
Los niños ahora nos enteramos de todas las noticias por TikTok. Sí pensaría en mudarme de país si nos negaran tener acceso a redes”, afirma.
Su postura revela la paradoja: una generación informada, pero hiperdependiente. Con acceso a todo, menos al silencio ni al aburrimiento necesario para generar creatividad.
Estadísticas encienden las alertas
Desde 2010, algo empezó a quebrarse sin que lo notáramos del todo, en apenas cinco años: la ansiedad creció 130%, la depresión 106% y la ideación suicida 70%.
Fue el mismo periodo en el que los celulares comenzaron a vivir en nuestros bolsillos. Las redes sociales dejaron de ser un pasatiempo y se volvieron un entorno. Y los adolescentes —cada vez más jóvenes— entraron sin freno a ese mundo.
Maité Llamas, directora de la Clínica Restart, lo resume: “Los niños ya no se escuchan a sí mismos. Tampoco los adolescentes. El ruido constante no les permite construir un autoconcepto sano. En su lugar, miran vidas editadas, emociones prefabricadas, felicidades efímeras de segundos. Y al compararse con eso, siempre pierden”.

En Restart, los síntomas vuelven a tener nombre propio. Uno de los primeros casos fue el de una niña de cuatro años diagnosticada con autismo nivel 3: severo. Trastornos del desarrollo. Hipersensibilidad. Dificultades motoras. Se encorvaba al hablar.
Pero había un dato que nadie había querido mirar: desde los tres meses de edad pasaba diez horas diarias frente a una pantalla. Su madre trabajaba. Su abuela la cuidaba. Y el celular hacía silencio.
El cerebro no falló de nacimiento.
La estimulación natural —el vínculo, el juego, la interacción humana— fue sustituida por un dispositivo. Cuando retiraron las pantallas, algo ocurrió: empezó a hablar, a caminar, a conectar.
El diagnóstico comenzó a desdibujarse. No había autismo. Había una infancia cancelada por estímulos que fueron demasiado rápidos.
Hoy, en la Clínica Restart, atienden en promedio 65 pacientes.
La mayoría son niños y adolescentes profundamente irritables. No saben esperar. No saben regularse. No saben contenerse. En segundos los videos de TikTok consumen tres emociones distintas: enojo, felicidad, tristeza.

El cerebro no alcanza a procesar ninguna. Aparecen síntomas que pueden confundirse con Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad.
Lo que se está perdiendo no es sólo la atención. Es la capacidad de sentir.
Antes de los 13 años, la adicción a las pantallas puede revertirse. A veces, en un solo día.
De los cero a los seis años, el cerebro tiene una plasticidad extraordinaria, en un día se elimina la adicción.
De los seis a los 12, el proceso puede tomar alrededor de un mes. Después, el costo se dispara: hasta ocho meses de abstinencia.

No es tecnología. No es el dispositivo, sino el reemplazo del vínculo, del silencio, del aburrimiento, del juego, indispensables para criar infancias sanas.
Hoy, la discusión apenas comienza. Pero el mensaje es claro: “No es momento” de sustituir lo humano por lo digital en la infancia.
Australia decidió actuar
El pasado 10 de diciembre de 2025 entró en vigor una ley inédita a nivel mundial: prohibición total de redes sociales para menores de 16 años. TikTok, Instagram y otras plataformas deberán eliminar cuentas infantiles o enfrentar multas de hasta 49.5 millones de dólares australianos.
El argumento del gobierno fue contundente: proteger a los niños de “algoritmos depredadores” que los exponen a acoso, violencia, sexualización y discursos de odio.

Un estudio oficial reveló que 96% de los niños australianos entre 10 y 15 años usan redes sociales y que siete de cada 10 estuvieron expuestos a contenido dañino: desde material misógino hasta videos de peleas, trastornos alimentarios y suicidio.
Victoria, fue el primer estado en Australia en el 2020 en prohibir celulares en escuelas primarias y secundarias, con resultados positivos en aprendizaje y socialización. Después continuó Queensland en 2021 y Australia del Sur y Nueva Gales del Sur en 2023.
¿Y México?
El Movimiento No es momento busca replicar el freno a redes sociales que implementó Australia antes de que el daño sea irreversible. No desde la censura, dicen, sino desde la prevención. No desde el miedo, sino desde la evidencia clínica.
La pregunta ya no es si la tecnología llegó para quedarse. La pregunta es a qué edad y a qué costo.

Porque quizá el verdadero acto de rebeldía hoy no sea desconectarse para siempre, sino saber esperar: esperar a que el cerebro esté biológicamente preparado, a que exista criterio propio, a que lo digital no sustituya —otra vez— a lo humano.
Y en la Ciudad de México, apenas el pasado 16 de abril, el grupo parlamentario del PAN presentó una iniciativa que plantea prohibir el uso de redes sociales en menores de 16 años y especificar que el Estado debe responsabilizarse de la protección digital de niños y adolescentes.
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