Y si no le gustan, tengo otros, ¿cómo se llaman?

En medio de una tormenta en la que es factible observar muy comprometido al navío de la llamada Cuarta Transformación, ha resultado –por principio de cuentas– interesante observar las diferentes reacciones de su tripulación ante el inminente peligro. Cada quien se inventa fantasmas y asume sus respectivos miedos, como es patente entre el corifeo del oficialismo, la cortesilla política que hoy gobierna bajo el sello gubernamental y sus preclaros miembros. Es evidente que la formal acusación del Tribunal de Distrito de los Estados Unidos en contra de Rubén Rocha Moya y otros miembros de su gobierno, por su vínculo con el crimen organizado y el narcotráfico, ha desatado una serie de reacciones que recuerdan aquellos diálogos de personajes teatrales de carácter tragicómico y absurdos: algunos causan risa, otros causan pena ajena, los más son como la evocación de aquella frase atribuida a Groucho Marx, “estos son mis principios, y si no le gustan, tengo otros”. Por supuesto, en dichas respuestas se logra observar uno de los mayores peligros en el que se necesita profundizar si queremos optar por un futuro de justicia y legalidad.

Más allá de esperar alguna sorpresa o giro dramático en la reacción de la titular del Poder Ejecutivo y de quienes son portavoces del oficialismo ante la solicitud de extradición por parte de la justicia estadunidense, lo que ha llamado la atención es el repentino cambio en el discurso de algunos personajes que no habían dudado en ser, en otros tiempos –y con un referente político y de comunicación más poderoso que hoy dice habitar en Palenque– defensores de Rocha Moya o quienes eran cómplices con su silencio ante acusaciones formuladas en el pasado. Quizá logran observar que una defensa a ultranza del gobernador de Sinaloa y los demás señalados perjudicará la percepción de un gobierno que se ha visto en medio de una tormenta que estaba fuera de su cálculo electorero. Claro, referirse a un posible vínculo con el crimen organizado no es precisamente una buena carta de presentación de quienes han proclamado su supuesta superioridad moral –lo cual deja un cierto rastro de ironía humorística–. Si se trata de lastres ubicados en las entrañas de ese barco que amenaza con encallar, algunos tienen nombres muy bien definidos. Sin embargo, su trino se encamina a proclamar que, de existir algún delito –ante lo cual la FGR ya dio su predecible veredicto– Rocha Moya debería ser procesado y juzgado por las instancias nacionales. Sí, es válido y un tanto obligado sonreír ante la valentía de proferir semejantes afirmaciones, tan absurdas como cínicas, retórica que baila al ritmo de los acordeones.

Por otro lado, se ubican quienes se constituyen como los pregoneros de la superioridad moral que se envuelve en panfletarios discursos llenos de cursilería patriotera. Nadie podría negar que el vecino del norte, a lo largo de la historia, ha dado muestras muy claras de que sus intereses están sobre cualquier otro propósito e ideal el villano oportuno para desarrollo del discurso populista tan acorde a esta época. Sin embargo, lo que resulta paradójico es que sólo ante dicho señalamiento se ha puesto en la mesa la incapacidad de un gobierno para enfrentar al crimen organizado, el gusto de muchos de sus preclaros miembros por el deporte de la corrupción y la clara evidencia de que existen voces que son capaces de anteponer sus propios intereses y su trasnochada ideología a una exigencia de justicia, seguridad y paz. Hoy la muerte campea en nuestro país, pero eso no les preocupa ni les significa mucho cuando se trata de magnificar su locuacidad oficialista.

Así, lo peligroso es cómo se impone, con la fuerza de una estrategia de comunicación bien alineada y de los portavoces del irremediable corifeo, brindando respuestas que se dirigen a su electorado y no a manifestarse como un golpe de timón en el que se impusiera la justicia. Sin embargo, ha resultado evidente que el sentido de la ley, el debido proceso, “la autodeterminación de los pueblos” y la inmediata exigencia de pruebas sólo aplica para sus correligionarios, sí, quienes son los hilos más delgados que podrían develar urdimbres más complejas y amenazantes para el partido oficial y su gobierno. Vaya curiosidad, exigen “pruebas contundentes” quienes han quedado a deber tantas pruebas durante los últimos siete años y, además, han apostado por la opacidad. No es gratuito que en ello radica la principal amenaza ante los comicios de 2027.

Pero no nos equivoquemos, la pusilánime oposición palidece cuando no dejamos de recordar que son corresponsables de este desgarriate, cuando dejaron escapar la oportunidad de orientar el destino de nuestro país como una nación más habitable, como una sociedad crítica que sabe exigir transparencia y justicia: el cinismo se pinta de todos los colores posibles.

¡Que siga la función rumbo al segundo acto de la tormenta!