Los meses previos al destape; a 60 años del gran destape

Dicen que mandó a hacer seis bandas presidenciales, una para cada año, y en las noches posaba con ellas frente al espejo mientras escuchaba la obra de Bocanegra y Nunó

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(Segunda de cuatro partes)

CIUDAD DE MÉXICO.

Adolfo Ruiz Cortines trazó el camino de su sucesión a partir de una disciplina múltiple: observar a los aspirantes; no oponerse, en apariencia, a sus aspiraciones, por lo contrario, estimularlas, aun las de los tímidos; no mostrar al elegido su predilección anticipada, mucho menos demostrarla innecesariamente a la opinión pública; realizar el trabajo aspiracional de un sucesor que no sabe que lo es, y, sobre todo, disimular. Por último, hizo su juego muy solo y sin ningún acompañante. No se conoce, hasta la fecha, de asociados o coautores de su muy extrema y hasta maquiavélica astucia sucesoria.

Así, Ruiz Cortines maniobró básicamente con tres nombres de personajes muy cercanos a él: el veracruzano Ángel Carbajal, secretario de Gobernación; el nayarita Gilberto Flores Muñoz, secretario de Agricultura, y el neoleonés Ignacio Morones Prieto, secretario de Salud. Todos ellos gozaban de amplias credenciales curriculares políticas y de fuertes grupos de simpatizantes. Baste decir que los tres ya habían sido, entre muchos otros cargos, gobernadores de sus respectivos estados.

Sin embargo, también jugó con el regente Ernesto P. Uruchurtu, con José López Lira, secretario del Patrimonio Nacional, y con Antonio Carrillo Flores, secretario de Hacienda.

Se cuenta que después de meses y años de dicho juego recurrente, cuando ya se aproximaban los tiempos graves, ineludibles y muchas veces dolorosos de la decisión, empezó a practicar la rutina de llamar a los que, con jarocho cinismo, llamaba sus fieles consejeros: el presidente del PRI, Agustín Olachea; el secretario de Prensa de la Presidencia, Humberto Romero Pérez; el secretario particular de la Presidencia, Benito Coquet, y otros más. En muchas ocasiones estuvieron Francisco Galindo Ochoa y el periodista Gregorio Ortega padre.

“Vamos a ver, mis amigos, cómo andan las cosas”, solía decir para abrir tema. Alguien mencionaba que, de Carbajal, se alegaba que Ruiz Cortines siempre le había heredado sus trabajos inconclusos, dado que le encomendó los cargos de los que tuvo que separarse con anticipación: la gubernatura de Veracruz, cuando fue requerido para Bucareli, y la Secretaría de Gobernación, cuando fue postulado como candidato a la Presidencia. Secamente, don Adolfo respondía que eso no era una razón suficiente porque él sí concluiría su mandato presidencial y que tres veracruzanos al hilo no lo perdonarían el resto de los mexicanos, refiriéndose a su región natal y a la de su antecesor, el Presidente Miguel Alemán.

Proseguía la junta y otro decía que Flores Muñoz, por su carácter, haría una campaña llena de alegría y muy contagiosa. El Jefe del Estado mexicano respondía, con igual sequedad, que la Presidencia no era ni debería ser una cuestión alegre sino muy seria y, con cierto fastidio, los apremiaba para oír otro nombre.

En cierta ocasión dijo que José López Lira era valiente como Juárez, brillante como Juárez y patriota como Juárez. Que sería un gran Presidente. Varios barberos se engañaron y fueron a darle la primicia, sin calcular el daño sicológico que le producirían, porque el aludido se ensoñó. Dicen que mandó a hacer seis bandas presidenciales, una para cada año, y en las noches posaba con ellas frente al espejo mientras escuchaba, a todo volumen, un disco con la principal obra musical de Bocanegra y Nunó.

Meses más tarde, ya todo resuelto, algún ingenuo medio le reclamó a Ruiz Cortines el engaño y hasta el deschavetamiento del ministro aspirante. El Presidente de México lo atajó con severa energía. Aclaró que había hablado en pospretérito y no en futuro.  Dije “sería un gran presidente”, no dije “será”.  Y todavía remató con su singular humor negro: “¡Lástima que no lo fue!”.

Y es que don Adolfo gustaba de practicar el más cruel de todos los engaños, consistente en mentir con la verdad. Ser veraz apostando a que los receptores lo interpretarán como quieren o que dudarán de él y optarán por creer una mentira ideada por ellos pero no vertida por el dicente. Esto, además, lleva a la total impunidad frente al reproche. “Yo no te mentí. Fuiste tú quien se engañó solo”. Por eso decía que en la política no hay sorpresas sino, tan solo, sorprendidos.

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Sobre esto, regresando seis años en el tiempo, se cuenta que, en los tiempos ya inminentes de la postulación que lo llevaría al poder presidencial, recibió a unos amigos en la Secretaría de Gobernación. Como solía hacerlo, estaba maquillado para simular enfermedad y mayor vejez, con lo que pretendía hacerse ver como descartado del juego sucesorio.

Fingiendo molestia para levantarse y para sentarse, se tocaba la parte trasera de la cintura y les decía: “¡Ay!, muchachos. Qué mal me siento. La política no es para los viejos. Esta ciudad me está matando. Ahora que ya termine esto y Casas Alemán sea presidente le pediré la aduana de Veracruz para irme al puerto y poder seguir gozando de la tranquilidad de un salario fijo”.

De inmediato, aquellos trepadores le pidieron los recomendara con Casas Alemán para incorporarse a su campaña, a lo que Ruiz Cortines accedió librándoles sendas tarjetas recomendatorias y aconsejándoles que se fueran rápido a la Regencia porque el “destape” ya sería de un momento a otro. Éstos salieron corriendo rumbo al Zócalo.

Cuando llegaron, el secretario particular, José Cándano, les dijo que sería imposible que su jefe los recibiera. “Está destrozado. El candidato será Ruiz Cortines. Esta madrugada se lo informaron a ambos”. Uno de ellos maldijo a su suerte cuando su memoria reparó en que Ruiz Cortines ya tenía su escritorio completamente limpio. Habían tenido, en las manos, el billete premiado de la lotería y lo habían tirado al basurero.   

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Por esa manera de actuar, ya regresando a nuestro tema, todavía en las horas previas al destape, al doctor Morones Prieto le dijo que no saliera de su casa en el largo fin de semana que se avecinaba. Que recibiría un llamado del partido. Y que ésa sería la señal de que la República lo necesitaba. Efectivamente, requeriría que su compañerismo lo llevara a expresar su felicitación al candidato triunfante.

A los secretarios de Hacienda y de Agricultura les dijo una tarde de acuerdo: “Tengan muy claras las cuentas de los bancos agropecuarios para que no los critiquen cuando venga la sucesión”. Al salir de Los Pinos, ambos platicaron cuál de los dos sería el aludido y, por lo tanto, el elegido. Sólo el tiempo futuro les indicó que al elegido nadie le revisa sus cuentas del pasado. De allí la atenta advertencia presidencial pero desoída por los legítimos anhelos de los aspirantes.

Hasta hubo un episodio proverbial. En la fiesta de El Grito, mes y medio antes del destape, la mayor parte de la clase política ya consideraba como inminente candidato a Gilberto Flores Muñoz. El gentío que lo rodeaba en el Salón de Recepciones del Palacio Nacional sólo se comparaba con el que circundaba a su señora esposa y, desde luego, ambos mayores que los que rodeaban a la pareja presidencial saliente.

Se dice que la señora Flores Muñoz expresaba allí que los candiles de ese legendario salón eran feos, anticuados y de mal gusto. Ruiz Cortines la alcanzó a escuchar, se acercó y le dijo con muy fingida dulzura: “No los critiques. Acostúmbrate a ellos porque tú los verás allí durante muchos años”.

Sobra decir que todos los escuchas entendieron que el Presidente le estaba confirmando las promisorias premoniciones. Pero, en realidad, le estaba anunciando que ella no los podría cambiar nunca jamás. 

Hay, pues, cientos de referencias en torno a este episodio. Vamos a la central, que es la que he estado prometiendo. Estamos en el primer día de noviembre del año 1957.

El secretario del Trabajo, Adolfo López Mateos, había recibido, desde uno o dos meses antes del destape, los mayores descomedimientos que un Presidente le puede hacer a un colaborador: no lo recibía, no le contestaba la red telefónica, no le concedía acuerdo, convocaba a sus subsecretarios y no a él, asumía sus funciones, acaparaba su clientela, resolvía sus incumbencias, mostraba un notorio desagrado cuando mencionaba su nombre.

Al terminar octubre del 57, el atizapense ya no consideraba que podría ser candidato y, cuando más, aspiraba a proseguir en su encargo hasta el final del sexenio y no ser corrido con anticipación.

(Primera de cuatro partes: La leyenda de El Tapado; a 60 años del gran destape)