Mundial: prosa, verso y desecho (I)

En noviembre de 2007, el entonces jefe de Gobierno Marcelo Ebrard declaró huésped distinguido de la Ciudad de México a Pelé. Y ahí estaba yo, en el Salón de Cabildos del Antiguo Palacio del Ayuntamiento, cubriendo la nota para un diario que no es éste. Como el lugar estaba a reventar, con una sola puerta de entrada y salida, mi sentido arácnido advirtió que si temblaba como en el 85, ahí quedaría la mitad de la prensa deportiva y la otra mitad de lo que hoy es Morena.

No puedo negar la emoción que me provocó ver, por única vez, y a escasos metros, a Pelé, el imán de la historia del futbol. Todos los grandes jugadores anteriores y posteriores a Pelé operan como fragmentos inexorablemente atraídos por esa figura gigantesca. Los que no tuvimos la suerte de verlo “en vivo” quedamos cautivados con las narraciones orales de los viejos aficionados al futbol que lo marcan, de manera unánime, como el mejor de todos los tiempos. Ya con los alcances de la internet, es sencillo corroborar eso.

En cuestiones de futbol, México es muy afortunado. Si en 1970 tuvo a Pelé, en 1986 disfrutó de Maradona. Parafraseando (mal) a Pasolini, el futbol puede ser prosa y verso. Por desgracia, la justa mundialista, la tercera para México, será desecho.

El hecho en sí mismo es histórico. México, Estados Unidos y Canadá en el primer torneo organizado por tres países, planeado para establecer un antes y un después, en realidad ha generado molestias de movilidad entre los habitantes de la capital y cierta indiferencia de la afición. En la Unión Americana, por ejemplo, resulta a todas luces absurdo advertir que un boleto para algún partido de las selecciones de Inglaterra o Portugal esté arriba de los tres mil 500 dólares y tomar un avión a Londres o Lisboa no llegue a los 800 billetes verdes.

En ese tenor, es natural coincidir con el punto de vista de Pascal Beltrán del Río, director editorial de Excélsior: “El futbol ha sido históricamente el eje de nuestra identidad colectiva y el gran distractor nacional; que hoy sea ignorado es señal de un divorcio profundo entre la afición y quienes manejan el balón” (Excélsior, 15-V-2026).

Para hablar de lo que ha ocurrido con la Selección Mexicana en el terreno de juego, la actuación de Qatar 2022 fue patética. Por primera vez desde Estados Unidos 1994 el Tricolor quedó fuera en la fase de grupos. Ese torneo en el país de las barras y las estrellas supuso una operación profiláctica por el caso de “los cachirules”, que dejó a México con un castigo que le impidió competir por un lugar en Italia 90.

En el aspecto meramente deportivo, el respetable ya se sabe la cantaleta de cada cuatro años, aunque eso no le impida estar al día con las prendas oficiales del Tricolor y cualquier chuchuluco que venga al caso.

Ya en cuestiones de transparencia, es oportuno recordar que el gobierno del Estado de México de Eruviel Ávila donó a coste cero el terreno de 70 mil metros cuadrados donde se construyó la sede de la Federación Mexicana de Futbol, en Toluca. ¿Será que la Femexfut no genera lo suficiente como para comprar un pedazo de tierra? Disculpará usted la pregunta retórica.

Por otra parte, durante el sexenio de Enrique Peña Nieto se diseñó un régimen fiscal especial que otorga la exención del pago de impuestos a la FIFA, federaciones, proveedores y patrocinadores vinculados con la organización del Mundial. Estados Unidos y Canadá, en cambio, decidieron no otorgar una exención total de impuestos a los patrocinadores o aliados de la FIFA. Ambos países mantienen esquemas fiscales estándar o limitados en comparación con las facilidades concedidas por México. Quizás la percepción de que somos el patio trasero de Estados Unidos no sea tan errada. Ni siquiera en el futbol.