Abelardo de la Espriella, un tigre feroz y blindado
Conocido por defender paramilitares, narcotraficantes, políticos corruptos y estrellas de futbol, el abogado y empresario convirtió su propia vida en una marca y ahora gobierna Colombia

Abelardo de la Espriella, el nuevo presidente de Colombia, llegó al máximo cargo de su país como un outsider de la política. Nunca había ocupado un cargo público ni había ganado una elección.
Su trayectoria se había construido en los tribunales, en los medios de comunicación, en los negocios y, sobre todo, alrededor de una personalidad cuidadosamente exhibida.
“Acá está tu tigre, que ruge y muerde”, decía en sus mitines de campaña a la presidencia, siempre rodeado de varios escoltas, con chaleco antibalas y en ocasiones detrás de un cristal blindado por las amenazas de muerte que asegura tener en su contra.
Su alias de Tigre es nuevo. Él mismo lo adoptó durante su campaña luego de que el expresidente centrista Álvaro Uribe dijera que Colombia necesitaba ser gobernado “por un tigre”.
Abogado penalista, empresario, cantante de ópera ocasional, aficionado al lujo y polemista profesional, De la Espriella hizo de sí mismo un personaje y a sus 48 años terminó convertido en presidente de su nación.
Abelardo fue el primogénito de una familia conservadora. Nació en Bogotá el 31 de julio de 1978, pero creció en Montería, Córdoba.
Es hijo de Abelardo de la Espriella Juris, abogado, exmagistrado del Tribunal Administrativo de Córdoba y notario, y de María Eugenia Otero Aldana, perteneciente a una familia ganadera de la región.
Su padre fue diputado del Partido Liberal e intentó dos veces llegar a la Gobernación de Córdoba y una al Senado en los años 90 y no lo consiguió. Para quienes lo conocieron, esa frustración política familiar ayuda a entender la ambición electoral del hijo.
El propio Abelardo Jr. ha contado que fue su padre quien lo encaminó a estudiar derecho —en lugar de periodismo como quería— y le enseñó el poder de la palabra.
De niño, Abelardo estudió en el colegio La Salle de Montería, un colegio de hermanos católicos que empezó como exclusivo para las familias de élite de la ciudad, pero que ya para entonces mostraba mayor apertura social.
La familia De la Espriella Otero tenía educación, contactos políticos y una posición cómoda en Córdoba, pero tampoco pertenecía a la élite colombiana. “Éramos riquitos de pueblo”, admitió María Eugenia Otero en una entrevista con el medio colombiano La Silla Vacía.
Abelardo era el niño brillante, pero también insoportable. Desafiaba a la autoridad y buscaba protagonismo.
“Era un muchacho con mucha autoridad. Era un chico que no se dejaba, peleaba por la justicia. Un muchacho con criterios claros”, contó Loti Baquero, una de sus profesoras a La Silla Vacía.
Mostró habilidades por la oratoria y afición por cantar ópera. En la escuela cantaba en el baño y en las obras de teatro escolares se aprendía los diálogos de sus compañeros si no tenia el papel protagónico.
Su padre le consiguió un programa de radio en Las Voces de Montería y un miniperiódico llamado Inquietudes Juveniles. El periodista Antonio Sánchez lo recuerda como un joven que ya buscaba convertirse en una pequeña celebridad y que aprovechaba la llegada de políticos y personajes nacionales a la ciudad para entrevistarlos.
En la Universidad Sergio Arboleda, donde estudió Derecho, tampoco pasó inadvertido: antiguos profesores lo describen como confrontador, hablador y aficionado a debatir de política. El micrófono, antes que el despacho judicial, parece haber sido uno de sus primeros escenarios naturales.
Abelardo repartía su tiempo entre trabajar como asistente del vicerrector de su universidad y vender whisky con unos amigos de La Guajira, perfumes y ropa que importaba de Panamá. También viajaba a Nueva York o Miami a vender esmeraldas. Aprovechaba esos viajes para hospedarse en buenos hoteles, beber champagne y comer langosta.
En esa época se lanzó como candidato a edil de Chapinero en 1997 con el partido Salvación Nacional. No tuvo éxito y se retiró de la política electoral durante casi 30 años.
Comenzó a ejercer la abogacía en 1999 con pequeños casos laborales y civiles y en 2002 fundó su propio bufete, De la Espriella Lawyers.
Su gran salto llegó durante el proceso de desmovilización de los paramilitares impulsado durante el gobierno de Álvaro Uribe. De la Espriella asumió la defensa de jefes paramilitares y sostuvo que debían ser tratados como actores políticos y no como narcotraficantes. Su firma pasó entonces de facturar cifras modestas a convertirse en un despacho de gran rentabilidad y notoriedad.
A partir de entonces construyó una reputación peculiar: era el abogado dispuesto a defender a personajes que otros preferían evitar y, al mismo tiempo, a convertir cada litigio en una batalla pública.
Entre sus clientes estuvieron el empresario David Murcia Guzmán, creador de DMG, holding acusado de fraude piramidal y lavado de dinero: los hermanos Nule, acusados de malversación, soborno y conspiración en Bogotá; y Alex Saab, empresario colombiano señalado por Estados Unidos como testaferro de Nicolás Maduro.
También defendió al exmagistrado Jorge Pretelt; a figuras de la farándula vinculadas con narcos, como la modelo Natalia París; a la estrella del futbol colombiano James Rodríguez (exjugador del Real Madrid); y al político Alberto Santofimio, condenado por la muerte del candidato presidencial Luis Carlos Galán.
Defender a esas personas no significa jurídicamente compartir sus delitos: ese ha sido uno de los principales argumentos de De la Espriella. Sin embargo, la selección de clientes y su manera de litigar se convirtió en una fuente permanente de controversias.
Antiguos colegas consultados por El País y por La Silla Vacía coincidieron en que De la Espriella “defendía sin vergüenza causas moralmente incómodas y de alta visibilidad”, y lo describen como un abogado muy sagaz, competitivo y buen orador que nunca vieron cruzar la línea ética. Uno de ellos cuestiona su concepción de los límites profesionales y resume su personalidad como la de alguien para quien ganar es el objetivo central.
Las acusaciones más graves en su contra han provenido de antiguos clientes o personas relacionadas con sus casos. David Murcia lo acusó de cobrarle sumas millonarias y de intentar influir sobre congresistas; el narcotraficante Juan Carlos Tuso Sierra hizo señalamientos similares respecto de pagos y magistrados.
También se ha cuestionado su relación profesional con Álex Saab. Investigaciones periodísticas han señalado pagos provenientes de sociedades relacionadas con Saab, mientras De la Espriella ha rechazado las acusaciones de haber actuado irregularmente.
Su relación con militares también forma parte de la historia que precede a su llegada al poder. Durante su carrera como abogado asumió defensas relacionadas con miembros de la fuerza pública y casos de alto impacto, mientras que políticamente se fue convirtiendo en uno de los defensores más visibles de las Fuerzas Militares y de la Policía.
Fuera de los tribunales, ha cultivado con igual intensidad su faceta empresarial. Su universo incluye inversiones inmobiliarias, firmas relacionadas con moda, bebidas, publicaciones, música y su propia imagen.
La Silla Vacía rastreó 35 compañías en Colombia, Panamá y Estados Unidos relacionadas con él hasta finales de 2025. La investigación encontró que el relato de un empresario cuyo éxito se extiende por todos sus negocios no coincide completamente con los balances: varias compañías registraban pérdidas y la fortaleza patrimonial estaba mucho más concentrada en bienes raíces que en sus negocios de marca personal.
De la Espriella se presenta como un hombre que hizo su riqueza fundamentalmente trabajando como abogado y empresario y utiliza esa independencia económica como argumento político: dice que puede financiar su proyecto sin depender de los grandes grupos tradicionales. Los registros examinados por La Silla Vacía situaban su patrimonio empresarial en Colombia alrededor de los 19 mil millones de pesos, aunque con importantes diferencias entre unas sociedades y otras.
Está casado desde 2008 con Ana Lucía Pineda, empresaria de Montería, con quien tiene cuatro hijos: Lucía, Salvador, Filippo y Francesca. El matrimonio aparece con frecuencia en sus redes sociales y en sus actos, aunque ha procurado mantener a los hijos relativamente alejados del foco.
De la Espriella disfruta la buena mesa, los vinos, la moda y los objetos costosos. Viaja con frecuencia a Italia, Miami y otros destinos; posee una afición declarada por la ropa italiana, los relojes y los automóviles de lujo. También ha incursionado como cantante y ha desarrollado marcas de ron, vino y ropa. El Colombiano lo describe como “un hombre familiar y de buen humor”.
Quienes lo conocen destacan su capacidad para convencer, su disciplina para repetir mensajes y su gusto por ganar. Sus críticos ven en esas mismas cualidades arrogancia, provocación y una tendencia a convertir al adversario en enemigo.
El País recogió una descripción de un abogado que lo conoce: alguien muy hábil para manipular las circunstancias en su favor, pero menos parecido al tigre invencible que proyecta en campaña.
Su estilo de vida, su voz, sus gestos y hasta su estética los convirtió en una marca reconocible. La fórmula conectó especialmente con exmilitares, reservistas, pequeños empresarios, cristianos, sectores conservadores, seguidores de Álvaro Uribe y opositores de Gustavo Petro.
Políticamente, su transformación fue rápida. En julio de 2025 lanzó el movimiento Defensores de la Patria y pasó de ser un abogado famoso a encabezar una candidatura presidencial. Su discurso combinó reducción del Estado, rebaja de impuestos, defensa de la propiedad privada, valores conservadores, oposición a la izquierda y una política de seguridad basada en la autoridad y el fortalecimiento de la fuerza pública.
El pasado 7 de agosto, esa transformación alcanzó su punto culminante. De la Espriella juró como presidente en Cali, en una ceremonia excepcionalmente alejada de la tradición bogotana, y con un discurso ante militares.
El gesto fue coherente con una campaña que convirtió la seguridad, la fuerza pública y la autoridad en sus símbolos centrales. En su primer mensaje presidencial prometió austeridad fiscal, defensa del sector privado, lucha frontal contra el crimen y una recuperación del orden institucional.
La pregunta que queda abierta es qué ocurrirá cuando el personaje tenga que convertirse en estadista. Durante más de dos décadas, Abelardo de la Espriella pudo escoger sus batallas, sus clientes, sus escenarios y hasta el tono de sus enfrentamientos. Como presidente, ya no podrá hacerlo con la misma libertad.