España, la ruta más eficaz; migrantes en Europa

Por ese país ingresó casi la mitad de todos los indocumentados (49.8%) que llegaron el año pasado

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BARCELONA.

Ni el frío in­vernal de estos días en Europa ni las bajas temperaturas del agua del Mediterráneo detie­nen la llegada de embarcacio­nes repletas de inmigrantes irregulares a España.

El 2018 cerró con cifras récord: 57 mil personas con­siguieron llegar por mar a la península ibérica, según los datos de la agencia de fronte­ras de la Unión Europea. Estos datos convierten a España “en la ruta migratoria más activa”, es decir, en la principal puer­ta de entrada a Europa para la inmigración irregular.

Por esta ruta marítima —que parte desde Marruecos y que cruza el mar de Albo­rán o el Estrecho de Gibral­tar— ingresó casi la mitad de todos los inmigrantes (49.8%) que llegaron el año pasado a Europa; la mayoría prove­nía de países africanos como Marruecos (21%), Guinea Conakry (20.8%) y Mali (16%).

Este importante aumen­to respecto de 2017, cuando 22 mil inmigrantes entraron por el litoral español, está am­pliamente relacionado, según expertos, con la política de “puertos cerrados” impuesta por los gobiernos de Malta e Italia; en especial de este úl­timo, donde el ultraconser­vador vicepresidente, Matteo Salvini, inició una abierta cru­zada “antiinmigración”.

Pero si el año pasado la lle­gada fue masiva (con 160 per­sonas al día, en promedio), 2019 arrancó con un ritmo si­milar. Más de un centenar de personas rescatadas en tres pateras en el primer día del año, Oleada de pateras en las costas andaluzas la noche de Reyes, Llegan a puerto 185 inmigrantes rescatados en el mar de Alborán. Con encabe­zados de este tipo, la prensa española informó que el flujo migratorio no se detiene.

Esta situación no tomó por sorpresa a las ONG que trabajan con los inmigran­tes. La asociación Andalu­cía Acoge explica que desde hace mucho tiempo sabían que esto se podía producir. “El cierre de otras vías de escape a través del Mediterráneo, ha­cia Grecia o Italia, dejaba a la frontera sur de España como la única posibilidad y las ma­fias que trafican con personas conocen perfectamente la si­tuación”, apuntan.

DESTINO VARIABLE

Una vez en suelo español, ¿qué destino les depara a los inmigrantes? Depende. El trato que reciban variará en función del estatus que les otorgue el gobierno. No es lo mismo pisar territorio ibéri­co como inmigrante irregular que como refugiado, aunque según los registros oficiales sólo una ínfima parte de quie­nes llegan en patera consigue acogerse a este estatus.

Una vez que los inmigran­tes son rescatados en aguas del Mediterráneo por Salva­mento Marítimo —la institu­ción española que gestiona las emergencias marítimas—, son llevados a tierra y atendi­dos por la Cruz Roja.

Tras recibir atención mé­dica, son trasladados a un Centro de Atención Temporal a Emigrantes donde inicia un proceso de identificación que suele ser complicado. En su mayoría, los inmigrantes ocultan su origen para evitar ser deportados, ya que, según la legislación, si las autorida­des españolas no consiguen averiguar su nacionalidad, no tienen potestad para ejecutar la orden de deportación.

En estos centros no pueden estar más de 72 horas. Pasado ese tiempo, quienes no han sido deportados son llevados a un Centro de Internamiento de Extranjeros, donde perma­necen vigilados por máximo 60 días. Unos esperan la ex­pulsión (la mayoría, marro­quíes) y otros son liberados (sobre todo los inmigrantes de África subsahariana, a los que suele ser difícil identificar y devolver a sus países).

A partir de ese momento son oficialmente inmigran­tes irregulares: no pueden trabajar ni rentar una vivien­da, y eso los lleva a vivir en la clandestinidad. Por ese moti­vo, los inmigrantes irregulares continúan su viaje dentro de España hacia ciudades como Madrid, Valencia o Barcelona.

Ése es el caso de Nouhou Diallo, un inmigrante de Gui­nea Conakry, quien después de un largo viaje consiguió llegar a España. Ahora vive en Barcelona, donde, junto a otros 25 inmigrantes, habita un albergue que ellos mismos gestionan. Le han llamado Casa África.

Todos ellos saben que su futuro es incierto, pero si de algo están seguros es que no será peor del que les espera­ba en su país de origen. “Había oído que en España no hay mucho trabajo —reconoce Diallo—, pero sabía que aquí, en España y Europa, no sufri­ría lo que sufría en Marruecos o en Guinea. Allá te pueden pasar muchas cosas malas, en cambio, aquí eso no pasa”.

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RUTA MORTAL

Pero no todos tienen la mis­ma suerte que Nouhou Dia­llo y sus compañeros. Muchos no consiguen desafiar los peligros del Mediterráneo y se quedan en el camino. De acuerdo con datos de la Orga­nización Internacional para las Migraciones (OIM), en 2018 al menos 769 personas mu­rieron en su intento por cruzar el Mediterráneo occidental y llegar a las costas españolas; esto supone tres veces más que el año anterior, cuando fallecieron 224. Una travesía hacia un ansiado Viejo Con­tinente en la que no se sabe cuántas personas naufragan y desaparecen en las profun­didades del mar. Por eso las organizaciones humanitarias llevan años denunciando que el mar Mediterráneo es una “gran fosa común”.

Más allá de las dramáti­cas cifras, la inmigración se ha convertido en la polémica es­trella tanto en España como en gran parte de Europa. Se trata de un debate complejo, turbulento y desestabilizador que tiene su epicentro en lu­gares como Hungría o Polonia, pero también en sociedades como la italiana, la francesa o, incluso, la alemana, en las que las fuerzas políticas ultra­conservadoras y de extrema derecha —cada vez con más representación política en los parlamentos de todo el conti­nente— apuestan por un trato muy duro con los inmigrantes irregulares y por un control fé­rreo de las fronteras, sin des­cartar muros “estilo Trump”.

Mientras tanto, miles de personas procedentes de Áfri­ca y Oriente Medio se juegan la vida para cruzar el mayor, el más alto e inestable, muro que existe: el viejo Mare Nos­trum, un mar embravecido en invierno y convertido en un verdadero cementerio de vo­ces olvidadas.