Mexicanus: 'Empezamos a platicar qué hacer el próximo año'
Confieso que me fue muy raro llegar a la meta esperando una pronta felicitación y encontrarme sólo con un par de leyendas sobre libertad, unión y fraternidad

Después de mucho pensar cómo reconstruir el último día de la travesía, con un cóctel de emociones encontradas —todas fortísimas— me siento a escribir. La noche del veintitrés fue de poco dormir y mucho hablar. Nacho y yo estábamos apachurrados por el imprevisto vehicular que le fregó la bici y el brazo. Decidimos relajarnos y ver qué pasaba mañana, calmados y positivos, esperaríamos a nuestro padre, quien aterrizaba a la mañana siguiente en Vancouver y rentaría un coche para bajar por Nacho y por la desgraciada bicicleta.
Amanecimos a las diez del veinticuatro con un hambre bestial. Un Denny's al lado de nuestro motel nos rescató con un desayuno de vulgar cantidad y clásica calidad americana: harta papa frita, tres revueltos y detallitos de fruta. No hubo mayor conversación, los dos apresuramos bocado tras bocado, articulando masticadas, no palabras. Esperamos en una banca del restaurante a que llegara nuestro padre. Empezamos a platicar qué destino nos propondríamos el año entrante.
Nuestro padre llegó a eso de las doce y media. Después de un caluroso abrazo y comentario sobre la ruta del día, habiendo cargado la bici y el bicicleto en la camioneta, arrancamos la pedaleada a la una y diez. Francamente, estaba nervioso por rodar sin Nacho. Aunque yo llevo siempre el mapa y la punta, él es el de la cabeza fría y el ritmo constante. En fin, arrancamos con paso firme y sin dejar de disfrutar por un segundo los paisajes naturales. Este día sólo hicimos una escala, para comer, procurando no romper el ritmo.
La ruta nos sorprendió con quince kilómetros de camino para bici de montaña, reboté a lo bestia, ¿qué “Pinball Wizard” ni qué nada? Subimos y bajamos entre raíces de cedro, pino y maple. Cumpliendo los ciento veinte kilómetros, el sol poniente llegó con nosotros al Arco de la paz. En sentido estricto, esa es la meta del recorrido, la auténtica entrada a Canadá. Confieso que me fue muy raro llegar a la meta esperando una pronta felicitación y encontrarme sólo con un par de leyendas sobre libertad, unión y fraternidad. Nacho llegó corriendo en friega. Aunque yo olía a madres por mucho rodar y poco cambiar de ropa, me dio un abrazo fuerte. Lo logramos. Cruzamos a pie la frontera seria, la que tiene oficiales de jeta con un discurso robótico sobre intenciones en Canadá, motivos, armas nucleares en bicicletas, horarios para salir por el pan, etcétera. La Columbia Británica nos recibió con una prolongada luz crepuscular para rodar veinte kilómetros más. Cuando de plano se acabó el sol, se acabó el recorrido. Llegamos al hotel para dormir como piedras hasta el día siguiente. Acabamos, lo logramos.
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