MexiCanUs: 'Welcome to the Evergreen State'...

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Martes 18 de julio     Salimos de Nehalem Bay hacia la frontera de Oregon y Washington. Nos atrasamos en la salida y el viento nos la cobró, gacho. El cambio interestatal fue muy sutil para nosotros, un par de ignorantes del arte botánico y arbóreo. Saboreamos los últimos trazos del paisaje de Oregon bajando cuestas a sotavento y oliendo mucha más sal en la brisa.    Entre tráilers y casas rodantes nos abrimos paso hacia el puente fronterizo. La torpe y absurda lucha contra el viento, primero de subida, luego de bajada, me hizo reír nerviosamente; estábamos a unos treinta metros de las corrientes heladas, pedaleando como osos en monociclos, esquivando, por  una  parte, los camiones que se precipitaban sobre nosotros, por otro, los barrotes enanos que resguardan a los desmotorizados del precipicio. Entonces apareció el enorme letrero con un marco incompleto de musgo: “Welcome to the Evergreen State" (Bienvenidos al estado de Evergreen). Este estado, de nombre heróico, le hace más honor al apodo de color eternamente verde que al legendario expresidente.   Apenas llegamos a la primera milla de Washington, el viento cedió y el terreno se extendió sobre una ligerísima subida. Como por arte de magia se acabó el tránsito. Cada tres o cuatro kilómetros nos alcanzaba algún conductor de tal o cual tonelaje, pero en el paisaje dominaba el susurro verde entre olas, rocas, arbustos y ramas.    Lo más curioso de Evergreen State es el tono de las rocas costeras. Nacho y yo estábamos acostumbrados a ver arena. Ocasionalmente una que otra playa de rocas negras, pero la costa fronteriza de Washington emula los sombreros de las coníferas. Si no hubiera una división de carretera —impecable, por cierto, y con un gran mantenimiento— el primer paisaje sería una alfombra verde, con pies en el mar y testa en los nidos rapaces.   Nos dejamos llevar por los caminos monocromáticos y sentamos acampada en Bay Center, donde la costa no pierde fondo y el agua se siente caribeña. Para cerrar con broche de oro el escabroso día, nos permitimos llegar al centro de acampada cuando la lavandería ha estaba cerrada… enclaustrados en la casa de campaña resentimos el perfume de la ropa empacada.  
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