Nunca un espectáculo de luces policromáticas fue tan oscuro
Después de habernos fascinado de bosques y costas, nos fuimos abajo; nos fue sobremanera deprimente ver a decenas de ancianos anonadados frente a una ruleta chillona y multicolor

La carretera rumbo a Nehalem Bay fue muy exótica. La extravagancia del emporio cliché de los personajes de sangre y pinta nativo americana nos abrumó en un casino “resort” en Chinook.
Entendí, tristemente, con mayor detalle el perfil psicológico que describe Dostoievski en El jugador. Después de habernos fascinado de bosques y costas, nos fuimos abajo. Nos fue sobremanera deprimente ver a decenas de ancianos anonadados frente a una ruleta chillona y multicolor. Tantos personajes sumiéndose en el abismo de sus ojeras para nunca saciar su deuda con la cifra prometida.
Comimos en el casino, pues no había mayor cosa en la zona y no estábamos dispuestos a comer una torta de Subway de nuevo. Hasta la comida sabía a estanque de tiempo. El único cambio evidente fue el subir y bajar de los restos de tabaco en los amarillentos ceniceros. Apresuramos el cubierto y salimos de aquél lugar de penitencia psicológica. Nunca un espectáculo de luces policromáticas fue tan oscuro. Dejamos el terreno indio para retomar la brisa pastosa rumbo a Nehalem. La playa nos esperaba. Al arribar a Manzanita, un pueblo bastante agradable, con un aire de Tepoztlán, nos rodeamos de hippies y productos orgánicos: libres de gluten, deslactosados, de soya, de rancho libre, venti y con chispitas de amaranto light. Muy cínicos, compramos unos Gatorade color anticongelante, unas latas de atún alto en sodio, una lata grande de frijoles negros y demás barbaridades bien reprochadas por la cajera, de patria compartida con nosotros, que nos atendió, nos dio una cátedra de aquellas: “Que se van a quedar enanos", “Que las orejas se les van a llenar de pelos", “Que los niños viajeros y ciclistas no deben comer esas cosas tan brutas". En fin, tampoco nos bajó de holgazanes por no cocinar y acudir a los platillos enlatados. Nos dio igual, todo sabía a gloria. La avenida principal de Manzanita es una cuesta muy bien mantenida que desemboca en una espiral. La verdad es que me recordó a la cabeza de un contrabajo, una recta con final redondo. Mientras más nos acercábamos al centro de la espiral, más silencioso y más exhuberante se tornaba el bosque. Acabamos por tomar un sendero de hierba paralelo a la carretera para desviarnos a nuestro punto de acampada, a unos veinte metros de la playa, pero sumidos en los árboles.EL EDITOR RECOMIENDA



