Termina errancia de la Biblioteca Alberto María Carreño
La casa de Miguel Ángel de Quevedo, donde hoy se erige la sede definitiva de la AML, ofrecerá a su acervo un espacio que albergará hasta 140 mil libros

CIUDAD DE MÉXICO.
Errante durante décadas, instalada en diversas casas o instituciones, lo que ocasionó la pérdida de valiosos ejemplares, la Biblioteca Alberto María Carreño de la Academia Mexicana de la Lengua (AML) llegará a su casa de Coyoacán conformada con cerca de 50 mil ejemplares.
La casa del apóstol del árbol Miguel Ángel de Quevedo, ubicada en la calle Francisco Sosa, donde actualmente se construye la nueva y definitiva sede de la AML, ofrecerá por primera vez a su acervo histórico un espacio que puede albergar hasta 140 mil libros, afirma David Villagómez; es decir, puede triplicar su número.
El jefe de la biblioteca detalla que la colección está integrada actualmente por 43 mil volúmenes, de los cuales 36 mil ya están catalogados, a los que se suman los seis mil 500 títulos del acervo de Antonio Carrillo Flores que acaban de recibir. “Nuestra joya más antigua es La Eneida, de Virgilio, un incunable del año 1500 que pertenece a la colección del poeta Rubén Bonifaz Nuño (1923-2013)”, comenta.
El acervo de la biblioteca, inaugurada en 1875 a la par que la Academia, está resguardado hoy en día en dos lugares: la casa de la colonia Florida, rentada temporalmente por la institución desde noviembre de 2014, y las bodegas de Siglo XXI Editores, sello que dirige Jaime Labastida, actual presidente de la AML.
“Como la Academia tuvo su domicilio en la casa de su primer bibliotecario, don Alejandro Arango y Escandón, puede decirse que la academia misma nació en su biblioteca”, afirma Adolfo Castañón, quien detalla que a la fecha 16 personas han fungido como bibliotecarios-archiveros.
El poeta y ensayista detalla, en el libro La Academia de perfil, que la colección está compuesta por obras de literatura universal, estudios literarios, filología, historia, enciclopedias y diccionarios.
Entre estos últimos destacan los seis tomos del Diccionario de la lengua castellana, con dedicatoria especial al rey Felipe V; además de las 22 ediciones del Diccionario de la lengua española (DRAE), impresas entre 1780 y 2001.
A esto, agrega, debe añadirse una “inestimable concentración de manuscritos”, como los poemas La sangre devota y La suave patria, de Ramón López Velarde; la novela Santa, de Federico Gamboa; las papeletas de Joaquín García Icazbalceta, para su Diccionario de mexicanismos, y El diario inédito del abate José María González de Mendoza, entre los más importantes.
David Villagómez señala, por su parte, que este acervo se constituyó originalmente con una donación de tres mil 500 libros, que envió desde Madrid la Real Academia Española para la naciente corporación mexicana.
Explica que a la muerte de Arango y Escandón (1875-1883), huérfana de su bibliotecario, la colección comenzó su errancia. “Unos años, hacia 1909, la cobijó la Biblioteca Nacional, pues la academia no tenía oficinas. Se sabe que muchos libros que eran de la Academia se quedaron en la Biblioteca Nacional”, cuenta.
Posteriormente, el sacerdote Mariano Cuevas consintió en recibirla en su amplia casa de la colonia San Rafael. Pero a su muerte, prosigue el actual bibliotecario, en 1949, sus herederos confundieron los libros de su propiedad con los de la biblioteca de la Academia, que no estaban sellados, y muchos se extraviaron.
Aunque continuó su existencia intermitente, la suerte del acervo comenzó a cambiar en 1959, al adquirir, apoyados por la Secretaría de Educación Pública y su entonces titular Jaime Torres Bodet, los cinco mil 640 ejemplares de la biblioteca del académico Alejandro Quijano, que su viuda entregó por 150 mil pesos.
Durante el último medio siglo, la Biblioteca Alberto María Carreño ha recibido numerosas y valiosas donaciones que la han enriquecido, como los mil 500 volúmenes de literatura aportados en 1976 por el editor y crítico Alberto Vázquez del Mercado, discípulo de Pedro Heríquez Ureña. La más reciente incorporación fue la colección de Bonifaz Nuño.
El 7 de agosto de 1956, es decir, 80 años después de haber sido fundadas, la Academia y su biblioteca tuvieron su primera sede fija en Donceles 66, en el Centro Histórico de la Ciudad de México; en 2001 se trasladaron a la casa de la calle Liverpool 76, colonia Juárez, y hace año y cinco meses el acervo espera en la casa de la Florida el cambio que lo instale en su sede definitiva.
Villagómez piensa que en 2017 estará lista la casa de Coyoacán, donde la biblioteca contará con un amplio recinto que tendrá las condiciones necesarias de humedad y temperatura para que los libros se mantengan en buen estado. “Lo más importante es que se podrá abrir a la consulta y se terminará su digitalización”, adelanta.
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