Entre el circo del box, el desastre escénico y el intento de censura
Definitivamente hay dos eventos que no rinden respeto al pugilismo y a Juan Gabriel: la función de los Chávez y la obra Ni tú ni yo, respectivamente.
El boxeo convertido en burla nacional
Lo ocurrido el fin de semana con la llamada función de box donde aparecieron Julio César Chávez, César Chávez Jr. y Omar Chávez no fue decepcionante: fue vergonzoso. Una función sin nivel, sin rigor, sin emoción y sin la mínima seriedad que exige un deporte como el boxeo. Lo que vimos fue un espectáculo improvisado, mal armado y carente de cualquier valor deportivo.
Ni calidad ni repercusión ni competencia real. Para colmo ni siquiera el peso se respetó. Los rivales parecían sacados de una rifa de pueblo, elegidos “de una piñata”, sin trayectoria, sin mérito y sin la capacidad mínima para subirse a un ring con dignidad. Eso no ayuda absolutamente en nada a los Chávez. Al contrario: los expone y los arrastra a un terreno que raya en el ridículo.
El apellido Chávez no es cualquier cosa. Es historia viva del boxeo mexicano. Precisamente por eso resulta insultante verlo prestado para funciones que parecen más show barato que evento deportivo. Y cuando a esto le sumamos formatos como Supernova o las funciones impulsadas por Poncho de Nigris, el daño se vuelve mayúsculo.
Estos eventos no están acercando gente al boxeo, lo están prostituyendo. Le están dando en toda la torre a un deporte que merece respeto. El box no es un circo de influencers, no es un juego de popularidad ni un experimento para vender boletos a costa del prestigio ajeno. Y alguien tiene que decirlo.
Juan Gabriel merece respeto, no desorden
Con dos presentaciones en el Teatro Metropólitan, finalmente se presentó el espectáculo Ni tú ni yo, basado en canciones de Juan Gabriel. Y aquí la crítica es clara y directa: las voces son extraordinarias, pero el espectáculo es un desastre.
Escuchar cantar a Ernesto D’Alessio es una auténtica gloria. Lo mismo Jass Reyes, Santaella y otros intérpretes que entregan el alma, la técnica y la emoción sobre el escenario. Vocalmente, el nivel es altísimo. Pero un buen concierto no hace un buen espectáculo teatral.
La puesta no tiene pies ni cabeza. No hay hilo conductor, no hay narrativa, no hay una estructura que sostenga el montaje. Son canciones maravillosas colocadas una tras otra sin sentido dramático, sin cohesión, sin rumbo. Y eso, tratándose de Juan Gabriel, es una falta grave.
Lo más doloroso es el caso de Lisset. A una de las mujeres más talentosas y carismáticas del escenario mexicano la presentan con una caracterización espantosa, que no sólo no le favorece, sino que le roba presencia, belleza y fuerza escénica. En lugar de potenciar su talento, lo diluyen.
Juan Gabriel merece montajes a su altura. El público también. Y este espectáculo, lamentablemente, se queda corto.
Demandas para callar: el viejo truco del bozal
Ayer estuve en la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México por la demanda de supuesto daño moral que interpuso Marco Chacón. Subrayo: supuesto. Porque lo que aquí se busca no es justicia, es silencio.
Este señor pretende ponerme un bozal para que no hable de él, para que no lo mencione, para que no ejerza mi derecho —y mi obligación— de informar. En su demanda asegura que no es figura pública, pero aparece en programas de televisión, da entrevistas y tiene presencia mediática nacional e internacional. Entonces, que se aclare: ¿es o no es figura pública?
No se puede jugar a la invisibilidad cuando conviene y a la exposición cuando se necesita. Yo no acepto ese doble discurso ni la intimidación disfrazada de proceso legal. No acepto que se utilicen los tribunales para intentar censurar al periodismo.
No le daré ningún “daño moral público” ni pagaré lo que el marido de Maribel Guardia pretende. No me voy a callar. No voy a retroceder. No voy a permitir que se confunda la crítica con la censura.
La libertad de expresión no se negocia. El periodismo no se arrodilla. Y mientras yo tenga voz, seguiré diciendo lo que pienso, le incomode a quien le incomode.
