Adelanto editorial: 'Tu cabeza tiene precio', por Marçal Aquino
Con autorización Océano publicamos un fragmento de la más reciente novela de Marçal Aquino

1
Odiaba su nombre
El tema le vino a la mente por el letrero que vio en la tienda de la adivina: Gilda. Estaba haciendo tiempo, husmeando el ambiente de la feria.
Gildo. Fue su padre quien eligió el nombre para homenajear a un jugador de futbol. Le guardaba rencor por eso. Y por otras cosas.
Cada vez que se presentaba sólo decía su apellido. Para todo mundo, él era Brito. A secas. La mayoría ignoraba que se llamaba Gildo. Mejor así. Sólo una vez le sucedió que alguien tratara de bromear con su nombre. Un mesero en Foz de Iguazú. Le dio dos tiros, uno en cada rodilla.
Corría el viento. De vez en cuando, una cortina de polvo rojo se levantaba del suelo, un polvo fino, que se pegaba a la piel, volvía reseca la garganta, hacía que los ojos ardieran. Te pintaba de rojo. Por eso era difícil encontrar a alguien que vistiera ropa blanca en ese lugar. Una rubia corría el riesgo de volverse pelirroja en una hora; pero ahí no había rubias. Las mujeres eran morenas de piel oscura o mulatas o negras. Las mujeres blancas tenían la piel percudida. Como la chaparrita con el vestido de flores que conversaba con Albano.
Se mantenían alejados para escapar de la luz del poste, y la chaparrita parecía divertirse mucho con las cosas que Albano le contaba. Brito estaba recargado en un tráiler, cerca de la tienda de la adivina. Sin embargo, él y Albano no dejaban de intercambiar miradas, alertas. Era un hábito.
Los hombres que circulaban por la feria no tenían gran ventaja sobre las mujeres. Parecían groseros, torpes e incómodos en el mundo. Incluso los más jóvenes.
A Brito no le gustaba la gente. La verdad. Lo cual facilitaba un poco su trabajo. Para él, un mundo perfecto sería aquel en que no hubiera necesidad de tener contacto con sus iguales, palabra con la que designaba a las personas a su alrededor.
A las mujeres las toleraba. Pero sus relaciones casi siempre terminaban en riñas. Se había enamorado una sola vez, concluía Brito, y había sido un desastre: de Marlene.
La adivina le leía la suerte a una pareja de adolescentes que reían a cada predicción, sin prestar mucho interés a lo que ella decía. Vivían la época de las rosas. A Brito le era familiar.
Había conocido a Marlene en una casa de citas de São Paulo. Se gustaron y resolvieron vivir juntos en un departamento antiguo y amplio ubicado en el centro. La ciudad se volvió la base de Brito, quien viajaba con frecuencia. Por la naturaleza de su trabajo, le daba igual vivir aquí o allá, siempre y cuando tuviera un teléfono a la mano y estuviera listo cuando lo llamaran. Y Brito siempre estaba dispuesto.
Marlene era una morena alta, huesuda, con ojos verdes medio rasgados y un toque de descaro en un rostro bonito. Ella desconocía la naturaleza del trabajo de Brito: no hacía preguntas.
A Brito le encantaba regresar de sus viajes porque sabía que Marlene lo extrañaba, igual que él a ella. Pasaban días enteros en la cama y sólo se levantaban para comer o para ir al baño. El resto del tiempo se les iba en ir al cine, a restaurantes o a pasear. En esa época, Brito llegó a engordar.
Notó que Albano tomaba por los brazos a la chaparrita sin dejar de hablar. La vieja táctica de dominar a la presa antes del salto. Albano era un tipo raro, que tenía la manía de incendiar cosas. A veces estaba conversando y de repente le prendía fuego a un papel o un pedazo de periódico y te lo echaba encima. Una broma estúpida. Aunque no fumaba, siempre traía cerillos o un encendedor en el bolsillo. La chaparrita no sabía con quién se estaba metiendo.
La pareja le pagó a la adivina y salió de la tienda abrazada. La mujer examinó a Brito antes de guardar el dinero en una cajita de madera.
¿No quieres saber tu futuro?
Él se volvió y analizó a la adivina. Vestía una blusa de tejido fino, que permitía ver la sombra oscura de los pezones. Aún era joven.
Puedo decirte cualquier cosa sobre tus negocios, la salud, el amor.
Brito no creía en eso. No era supersticioso, no leía el horóscopo y nunca rezaba. Creía que cuando las cosas debían suceder, no se ganaba nada luchando en contra. Una vez conoció a un hombre que se ponía la ropa interior al revés antes de cada trabajo, para tener suerte: Afranio. Murió en un accidente estúpido en el interior de Minas.
La adivina tomó las manos de Brito y dijo que eran fuertes: las de un hombre poderoso. Albano y la chaparrita continuaban entretenidos.
Huy, mira cómo es corta tu línea de la vida.
Brito rio mientras se comía con los ojos los senos de la mujer.
Una vida corta, pero agitada, dijo ella.
Un pequeño remolino de polvo se levantó cerca de ahí y la mujer clavó el índice en la palma de la mano izquierda de Brito.
Hay una mujer que piensa mucho en ti.
¿Cómo es ella?
Había malicia en la mirada de la adivina.
Rubia y bonita.
Eso sólo sería verdad si Marlene se hubiera pintado el cabello, pensó Brito. Pero no era posible, se vería ridícula, así que liberó su mano.
Gracias, no me interesa saber. Ella miró para los lados y bajó la voz. Tengo algo que te va a interesar.
La mujer apuntó hacia el interior del tráiler. Brito titubeó, pero ella entró y mantuvo la puerta abierta para que él pasara. A Brito le hizo gracia que la mujer le dijera que no debía tener miedo.
La luz era débil y el tráiler estaba atiborrado de trastes. Había un perfume dulzón en el aire, una cama en una de las esquinas y una muchachita acostada sobre ella. Usaba un short muy corto y un sostén, ambos rojos, y leía un cómic, que colocó a un lado cuando Brito entró. No tendría más de doce años.
La adivina se acercó a la cama y levantó el sostén de la niña. Los senos daban la impresión de haber brotado una semana antes.
Ella es muy cariñosa, dijo, te va a gustar, te lo garantizo.
