Elena Garro, icono del feminismo
La escritora no sólo se preocupó por la desigualdad genérica en su producción dramatúrgica y literaria, sino también en su periodismo

CIUDAD DE MÉXICO.
Elena Garro es un icono del feminismo en México. No sólo se preocupó por la desigualdad genérica en su producción dramatúrgica y literaria, sino también en su periodismo combativo. He aquí su mirada humanística, siempre cuestionando los valores patriarcales.
“(...) La señorita Romero desapareció. Me vi entonces sentada junto a otro espectro: María M... Fláccida, gorda, de ojos grandes y cansados. Me dijo:
—Yo trabajaba en La Gran Vía. De allí me sacaron y me trajeron aquí, hace 11 días. No quiero que me lleven a Coyoacán, porque allí se queda una años. No hay ni quien venga por mí. Ya me dijo mi delegada que sólo que mi marido venga por mí, pero mi Pepe no se casa. Después de andar una en la vida, ya no se casa nadie. Ay... —y suspiraba, ruidosa.
—¿Qué edad tienes? —le pregunté.
—Dieciocho años. Ya tuve un niño, pero se me murió. Nació enfermo.
Me fijé en ella. Grandes manchas amoratadas cubrían su rostro y sus brazos. Tenía la voz enronquecida y hablaba quedo y triste. Se puso a llorar y se apretaba las narices al hacerlo. Despedía un olor fétido, por lo que era difícil estar cerca de ella. Sin embargo, no se movió de mi lado y siguió lloriqueando y hablándome de su Pepe y de una noche que se salió de La Gran Vía, para echarse a un tren. Pero la detuvieron.
Se acercaron muchas más. Una, muy joven, 15 años a lo sumo, pelo rizado y maneras cínicas:
—Yo llevo 20 días aquí. ¿Y sabes? —agregó riendo—, ninguna de las que estamos aquí somos señoritas. Ni aquella pelona —y me señaló a una chiquilla como de siete años, flaca y vivaracha—. Es Nieves. Está aquí con su hermana Alicia.
Y me enseñó a otra pequeña, rapada, de escasos 13 años. Un coro de risas celebró el chiste y se precipitaron todas a hacerme confidencias. Hablaban en voz muy baja de sus aventuras sexuales. A veces decían palabras y frases que yo no entendía y se reían con ganas. Entonces me daban codazos y me hacían guiños para que riera con ellas. Yo me reía un poco más tarde y forzadamente. Decíanse unas a otras:
—Esta güera es sonsa. Sí, así son las güeras: ¡Rete-babosas! (...)
Sentí una profunda compasión por todas ellas. Las vi muy pobres y muy desdichadas. La noche caía sobre sus voces roncas. Las más pequeñas permanecían en medio de las demás, escuchando silenciosamente, acurrucadas, dobladas en sí mismas. Se oyó una campana. Pasamos, formadas, al comedor. Yo era la última de la fila (....)”. (Mujeres perdidas).
Gracias a la labor periodística de Elena Garro contamos con este registro veraz sobre la discriminación de género en los años cuarenta. Su trabajo desde los rotativos nos permite escuchar a estas voces anónimas para que no protagonicen la injusticia del olvido.
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