La arquitectura como refugio y experiencia vital, según Sebastián Irarrázaval
El arquitecto chileno reflexiona sobre la dimensión ética, social y estética de la arquitectura, y defiende la creación de espacios capaces de transformar la vida de las personas y fortalecer a las comunidades.

GUADALAJARA, Jalisco.– “La arquitectura no construye solamente edificios, sino formas de estar en el mundo”, afirma el arquitecto chileno Sebastián Irarrázaval (1967). “Crea no sólo refugios de la intemperie, sino burbujas donde nuestra experiencia vital se intensifica”.
El egresado de la Pontificia Universidad Católica de Chile, quien visitó México para participar en la Cátedra Luis Barragán que organiza el Tecnológico de Monterrey, considera que un edificio o una casa deben ser “el mejor anfitrión y el mejor huésped” en el lugar donde se instalan.
“Y eso significa ser capaz de traducir los deseos de los otros. En ese sentido, un arquitecto es también un traductor”, comenta en entrevista con Excélsior.
Quien realizó estudios de posgrado en la Architectural Association de Londres dice que no le interesa hacer una arquitectura de autor, “sino atender las relaciones que la construcción establece con el exterior y el interior”. Agrega que:
me importa el impacto que puede tener un edificio en una comunidad, porque puede servir incluso para reparar. Como en el caso de la Biblioteca de Constitución, que se hizo después de un gran terremoto (8.8 grados) y tsunami, y que fue parte de la reconstrucción de la ciudad”.
El autor de inmuebles públicos, hoteles y casas destaca que “la energía al diseñar un edificio público y una vivienda particular es la misma. La diferencia está en la capacidad de afectar la vida de las personas.

La responsabilidad en un edificio público es mucho mayor, porque hay gente que no puede optar y está obligada a vivir o a trabajar en esos espacios. La responsabilidad ética es mayor y uno no puede equivocarse.
“Por eso, los arquitectos debemos entregar la mejor calidad de diseño y generar los mejores lugares para la gente, porque puede recordarle el milagro de la vida”.
Con formación en Filosofía y Estética, Irarrázaval encuentra similitudes entre la literatura y la arquitectura. “La literatura requiere, a diferencia del lenguaje hablado, un cuidado; también una estructura, como la arquitectura. Así como un escritor puede llevar o no de la mano al lector, un edificio puede hacer que la persona que lo habite lo haga con mayor o menor libertad”.
Apuesta también por la belleza. “Ésta tiene dos dimensiones: lo que está en relación con la armonía y lo que tiene que ver con el bien. Lo bello no es sólo lo armónico, sino lo que hace bien. Por lo tanto, en la belleza hay un componente ético.

“Hacer una arquitectura que no derroche, que ponga los cuidados no sólo en los usuarios de los edificios cuando están terminados, sino en las personas que lo construyen. Cuidando los residuos que tiene una obra, el daño que se puede hacer en el suelo. Se debe tener una responsabilidad con la comunidad”, indica.
El proyectista cuestiona quién construye realmente. “¿El arquitecto que firma o las personas que cargan los materiales? Una decisión formal es siempre una decisión sobre cuerpos y una disciplina que no ve eso, no es neutral.
“Toda decisión formal tiene un costo material, económico y corporal. Y ese costo debe entrar en el juicio arquitectónico, no como una variable secundaria, sino desde el inicio”, advierte.
En la Cátedra Luis Barragán, el especialista compartió la aventura de diseñar su propia casa, y se vio como uno de los clientes más difíciles.
“No sé si circulará en revistas o si ganará algún premio; sin embargo, es la obra en la que más aprendí, no a pesar de sus límites, sino a través de ellos. Aprendí que hay un cuerpo que sostiene lo que nosotros firmamos, y que una arquitectura que no ve a los trabajadores no es honesta, aunque sea hermosa.
Aprendí que la belleza más difícil no es la que suspende la gravedad de las cosas, sino la que la reconoce; la que no esconde el peso, sino que le da forma”, señala quien trabaja en el diseño de un teatro en Licanten (Chile).
El también docente en instituciones como el MIT, la IUAV de Venecia y el Politécnico de Milán concluye que su ámbito de intervención es “el perímetro del sitio que me toca y siempre me preocupo que todos esos perímetros se habiten con espacios donde descansar”