Hace unos días fui invitada por el doctor Bernardo Barranco a su programa Sacro y profano en el Canal 11 de la televisión mexicana. El tema de la entrevista fue el del sionismo, ya que como me lo expresó el doctor Barranco, se trata de un término muy mencionado en las discusiones y polémicas de los últimos dos años y medio a partir sobre todo del conflicto bélico que se desató el 7 de octubre de 2023 cuando el Hamás palestino atacó a Israel, desencadenando una guerra más amplia todavía cuando el Hezbolá libanés y el régimen iraní de los ayatolas se sumaron a la contienda.
Desde entonces lo que se registró en los medios de comunicación internacionales y en las redes sociales fue una utilización profundamente ideologizada del término sionismo, equiparándolo con conceptos peyorativos. En la medida en que de manera masiva se generó mundialmente una solidaridad muy nutrida con la causa palestina —a pesar de las atrocidades documentadas del 7 de octubre— la respuesta en gran parte de la opinión pública fue la de satanizar al sionismo, y para ello nada más sencillo que asociarlo con términos como “genocida”, “colonialista”, “promotor del apartheid” y racista”. Una vez colocadas las etiquetas, la repetición automática de los binomios “sionismo-genocida” o “sionismo-colonialista” inundó la prensa, las redes sociales y las proclamas en las manifestaciones que en gran cantidad de ciudades se organizaron para apoyar a la causa palestina. Para las buenas conciencias de todas partes, la cancha estaba puesta con toda comodidad. No quedaba duda de quién era en este caso el villano y quién la víctima.
El doctor Barranco, como académico serio y de larga trayectoria no estuvo dispuesto a asumir como verdad irrefutable lo anterior, así que tuvo la iniciativa de indagar más en la naturaleza e historia del sionismo. De ahí la idea de la entrevista en la que tuve oportunidad de explicar que el sionismo no es otra cosa más que el nacionalismo del pueblo judío, equiparable en su legitimidad a cualquier otro nacionalismo. Es decir, si todos los pueblos del mundo tienen derecho a la autodeterminación nacional en un territorio propio, ese derecho también aplica al pueblo judío integrado en la actualidad por 16 millones de personas. Y el lugar donde ha ejercido ese derecho tras dos mil años de exilio y diáspora es el Estado de Israel, donde están sus raíces históricas como lo pueden atestiguar tanto la Biblia, como la arqueología, la lingüística y la literatura en general.
Ahora bien, es un hecho que todos los movimientos nacionalistas no son internamente homogéneos y presentan corrientes diferenciadas que ponen el acento cada cual en distintos objetivos a conseguir. Así como en México pueden encontrarse manifestaciones de nacionalismo progresista, conservador, ultra o guadalupano, de igual manera el sionismo, nacido a finales del siglo XIX en Europa entre las masas de judíos perseguidos y masacrados por efectos de las distintas corrientes antisemitas de la época, estuvo marcado por una variedad de propuestas, entre ellas la del sionismo socialista, el sionismo político, el sionismo religioso y el sionismo revisionista. Además, varios de esos pioneros del sionismo tomaron como ejemplo los modelos de construcción de los Estados-nación europeos modernos cuya génesis se ubicó en ese mismo tiempo.
El sionismo nacido en las últimas dos décadas del siglo XIX fue el movimiento nacionalista del pueblo judío que aspiró a su reubicación e independencia en la tierra del Israel histórico, denominada Palestina entonces, y en esos momentos aún en manos del Imperio Otomano. Hacia allá fluyeron las corrientes migratorias judías para convivir con la población árabe local. No con un ejército conquistador, sino en calidad de población migrante, de simples hombres y mujeres en busca de dignidad, seguridad e independencia.
Con el paso del tiempo y tras una guerra mundial más que incluyó el exterminio nazi de 6 millones judíos, el proyecto sionista de que en Israel-Palestina se estableciera una patria para ellos se consolidó. Para 1947 Palestina era habitada por árabes y judíos bajo un dominio británico en proceso de retirada. El 29 de noviembre de ese año en la Asamblea General de la ONU se aprobó la partición de Palestina para la creación de un Estado árabe y otro judío. La dirigencia sionista aceptó esa determinación, no así las naciones árabes alrededor, iniciadoras de esa primera guerra árabe-israelí que daría lugar a la cadena de tragedias vividas desde entonces por ambos pueblos.
