Reseña literaria: ‘Zumbidos en la cabeza’ de Drago Jančar
La historia confina al lector en una narración que delata los altibajos de las relaciones de poder que se mantienen, siempre inestables, en una prisión

CIUDAD DE MÉXICO.
El encierro forzado como estrategia para moldear o remodelar la voluntad —y aun la conducta del alma— de los individuos, supone encuadrar la vigilancia y el castigo del cuerpo en la mira de los mecanismos que patentan autoridad. Una “gran trama carcelaria”, poniendo las cosas en palabras de Foucault, que “coincide con todos los dispositivos disciplinarios que funcionan diseminados en la sociedad”.
Con el sofoco y la agitación de un parte de guerra, la novela Zumbidos en la cabeza (1998), del escritor esloveno Drago Jančar (Maribor, 1948), confina al lector en una narración que delata los altibajos de las relaciones de poder que se mantienen, siempre inestables, en una prisión que es el espectro de la sociedad que la produjo. “Escribe”, dice Keber, el reo que hace la crónica del motín que desboca una violenta insurrección en la cárcel de Livada, “anótalo todo, se trata de la Historia”. Y el mercenario entera al narrador de la revuelta que había incitado para corresponder a una intolerable seña obscena, una sublevación que “no sólo fue famosa, fue también una rebelión vil y fea, tan vil y tan fea como los relatos sobre todas las grandes revoluciones”.
Toda vez que el poder dominante, impuesto a la fuerza, es reemplazado por otro a contragolpes de violencia, se instaura un desequilibrio entre dominadores y sometidos que, habituados a subordinarse —lo mismo unos que otros— a un orden concreto, aprisa pugnan por el control del mando: “El miedo y la desidia exigen el establecimiento de una autoridad, que vuelva el viejo orden, que haya reglas de juego. La muchedumbre necesita una autoridad que pueda asegurarle una rutina. Es decir, la masa exige tener gobernantes, no importa de qué clase”. Y a mitad de la disputa, el cuerpo de los implicados vale de campo de pruebas y corolario de la máquina de sumisión. Sin embargo, Keber nutre la libertad interior con sueños de su pasado —las mujeres con las que se amó, los viajes que revelaron ocasiones de felicidad— y trayendo a la memoria, como paradigma de resistencia, la insurrección de los judíos de Masada contra los romanos del imperio.
“No es una espada, no es el azar: lo que nos destruye siempre es la miseria humana”, medita Keber, en una pausa que cede la ira —esa hacha que alumbra tempestades— antes de que explote con las razones feroces de la guerra. Pero aunque la muerte asoma un paso más cerca del soñador que repudia la rendición, Jančar esgrime la imaginación contra el cepo, y Keber, el personaje-emblema de Zumbidos en la cabeza, triunfa en la derrota: “Las alas de la fantasía se abren de noche y vuelan alrededor de todos los espacios cerrados de este mundo. Pueden remontarse hasta la leyenda más antigua y más alta con la misma fuerza con la que se acercan a la realidad más baja y actual”, porque cuando la existencia se emparenta con la literatura, prevalece, invicto, el pulso de la libertad.

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