Doctor Atl y Nahui Olin, un amor que parecía odio
El escritor Alain-Paul Mallard recrea en una novela la relación tormentosa relación entre el pintor Gerardo Murillo y la poeta Carmen Mondragón

GUADALAJARA.
“Uno y el otro fueron su gran amor, un amor-pasión, un amor devorador, destructivo”. Así describe el escritor Alain-Paul Mallard (1970) la relación tormentosa entre el pintor Gerardo Murillo (1875-1964) y la poeta Carmen Mondragón (1893-1978), famosa pareja que se conoció en 1921 y sacudió la moral de la Ciudad de México de los años 20.
“Es la historia de un amor y una ruptura. Vivieron reconciliaciones sucesivas y rupturas cada vez más violentas, y reconciliaciones cada vez más apasionadas, hasta que se volvió una convivencia imposible”, afirma en entrevista sobre estos personajes conocidos más por su seudónimo: el Doctor Atl y Nahui Olin.
Este “amor tan intenso que se confunde con el odio”, que mantuvo juntos a sus protagonistas durante cinco años, es recreado por el también cineasta en su novela Nahui versus Atl (Turner), que se presenta en la FIL Guadalajara mañana, a las 17:00 horas.
“Es amor y desamor al mismo tiempo. Termina en una confrontación. Nunca dejaron de amarse, pero no podían convivir por diferencias temperamentales, sociales y hasta de edad”, agrega.
Mallard detalla que lo que sabemos de esta historia se lo debemos al Doctor Atl, vocablo náhuatl que significa “agua” y que él mismo se puso, como también bautizó a Mondragón como Nahui Olin, que en la misma lengua evoca el “movimiento perpetuo”.
“Unos 20 años más tarde, él decide organizar las cartas que le enviara ella en un artefacto novelesco, muy curioso, que se llama Gentes profanas en el convento. Él usa la literatura para sacar a la luz pública las cartas de amor inflamadas y radioactivas que le mandaba esta mujer.
“Y que, en mi opinión, es lo mejor de la obra literaria de Nahui. Eran unas 200 misivas. Ella le escribía varias veces al día sin corregir, con una pluma que fluía directamente. Son cartas de un erotismo, de una furia, de un desenfreno muy interesantes”, explica.
El nombre de la novela, narra, era el de su trabajo de investigación, pero se quedó como definitivo. “Un título un poco extraño, pues tiene dos nombres propios que vienen del náhuatl y una palabra en latín. Los editores quisieron empujarme a reconsiderar, a cambiar el título, pero a mí me gustó éste y mi criterio prevaleció”.
El autor asegura que para esta propuesta literaria primero le interesaron los personajes. “Creo que las historias de otras parejas de la época ya han sido bastantes exploradas, desde la ficción y desde la historia. Ésta me parece que lo ha sido menos.
“Creí que podía contarla a partir de una mezcla de documentos e imaginación literaria, proponer una versión de los hechos. Ellos de alguna manera crearon sus propias leyendas y se han convertido en víctimas de esas máscaras que ellos mismos forjaron. Me interesaba explorarlo y, sobre todo, darlo a mirar”, añade.
El también dibujante cuenta que ésta es una novela que tiene una escritura en términos técnicos y estilísticos muy particular. “Es muy audiovisual. Son sucesiones de percepciones visuales y auditivas ordenadas secuencialmente en el tiempo.
“Es algo de carácter cinematográfico. Sólo hay una mirada que nombra lo que se ve; no hay un narrador que opine, que comente, que califique con una adjetivación, que matice. Simplemente existen los hechos brutos, la descripción de gestos y movimientos y los parlamentos de los personajes”, indica.
Dice que la novela se ciñe sólo al presente. “Está escrita en presente del Indicativo, cosa que también es una idiosincracia particular, las cosas se pintan en el momento que están ocurriendo. Se ocupa exclusivamente de los años de esplendor de Nahui, los luminosos aún en la negrura de esta relación, que fueron unos cuatro.
“Lo que ocurre en el pasado es nombrado por los personajes mismos en el diálogo. En algún momento alguien se refiere a, pero no se dan explicaciones ni es una novela histórica en el sentido clásico del término. Es un tema histórico, pero con un tratamiento estilístico especial”, apunta.
Así, Mallard le da otra dimensión al recrear de una manera vívida la relación-choque entre la mujer considerada una de las más bellas de su época, hija del general Manuel Mondragón, y el precursor del muralismo.
