Luis Reséndiz presenta un nuevo modelo de escritura en su obra ‘Insular’

El autor mexicano presenta a través de su libro, un estilo en sus letras que comparte cualidades con el ensayo internándose en la ficción

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CIUDAD DE MÉXICO, 26 de julio.- El ensayo es una de las vertientes más confiables de la literatura mexicana actual. En sus meandros y derivaciones, lagunas y brotes espontáneos, es posible imaginar la ansiada transformación de una sociedad que se perfila hacia la modernidad. Luis Reséndiz (Veracruz, 1988) presenta en Insular (Cuadrivio, 2015), una aproximación hacia un modelo de escritura que comparte cualidades con el ensayo y se interna en la ficción sin avisos previos ni intermediarios. No pocas piezas del libro ofrecen esa doble lectura, lo cual es motivo de celebración. Un volumen para tomarle la temperatura al actual ensayo mexicano joven.

¿Qué ventajas ofrece el ensayo por encima de otros registros?

No sé si ofrezca ventajas para el lector, y ni siquiera sé si ofrezca ventajas para todos los escritores, pero en mi caso me atraen dos características: la primera sería la posibilidad de concentrarme en las minucias, en cosas sin aparente importancia o en sucesos que ocuparían en un periódico las páginas interiores. La segunda sería la facultad de la digresión. Géneros como la novela o el cuento suelen (aunque con sus debidas excepciones) ser y estar más concentrados, su narración los ocupa y hay que seguir por ese camino. El ensayo, me parece, es lo contrario: gusta de andarse por las ramas, halla su definición en la zona franca de la indefinición genérica. Para mí, que a menudo termino hablando de una cosa cuando quiero hablar de otra, esto es ventajoso: me identifico en esos rasgos.

La tradición hispanoamericana menosprecia al libro misceláneo.

¿A qué se debe esta idea?

No estoy seguro si lo menosprecie, pero creo que al menos en México la tradición es rica, alegre, heterogénea: allí están obras ya fundamentales, como Manual del distraído, de Rossi; Varia invención, de Arreola; De fusilamientos, de Julio Torri; El arte de la fuga, de Sergio Pitol, o Epigramas, de Carlos Díaz Dufoo, eso sin contar libros menos conocidos o más recientes que se suman a esa genealogía. En general, creo, los libros “miscélaneos”, suelen ser apartados por dispersos, acaso por poco serios, pero también considero que esa dispersión va conformando en sí misma su propia tradición.

¿Hacia dónde transita el ensayo joven mexicano actual?

Hacia todos lados, y eso es algo feliz. Creo que el ensayo en México vive un momento heterogéneo y abundante, y acaso ese momento se extienda a toda su historia. Ahorita basta echar un ojo a los libros de ensayos publicados por el Fondo Editorial Tierra Adentro para notar la diversidad de tonos, intereses y acercamientos. Hay allí grandes cosas, como Kant y los extraterrestres, Paraísos vulnerables o Barrio verbo.

¿Qué lecturas motivaron la escritura del libro?

Eso es difícil de precisar porque uno puede decir “tal y cual” según lo tenga definido, pero al mismo tiempo hay otras lecturas e influencias que se filtran en los textos sin que uno lo note; de pronto viene alguien y te dice “Oye, ¡esto me recordó mucho a esto otro!”, y pues hasta entonces, ni idea de que esa influencia estaba allí. No obstante, creo que puedo señalar con alguna concreción La migraña, de Antonio Alatorre, a quien admiro con fervor católico; Manual del distraído, de Rossi, un hombre cuya inteligencia me parece luminosa; los cuentos de Borges, en especial los contenidos en El Aleph,

Ficciones e Historia universal de la infamia. Hubo, además, otras obras que leí cuando ya estaba en pleno proceso y que seguro también nutrieron de alguna forma, como El idioma materno, de Fabio Morábito.

¿Hubo una idea rectora o las piezas se fueron creando espaciadamente?

Son piezas escritas por separado a lo largo de tres o cuatro años (no guardo muchos registros de lo que escribo y tiendo mucho al borrado y a la eliminación, así que no puedo ubicar cronológicamente la gestación de todos los textos) que, al final, confluyeron (me parece) en cierto aire que les permitió estar juntas.

¿Quiénes son los escritores —tal como los concibes— que te interesan?

Aunque tengo un interés especial en el ensayo por obvias razones —y de allí, justo ahora, me interesan Foster Wallace, Thoreau, Dickens, Chesterton, Twain, Montaigne siempre—, trato de no restringirme demasiado, principalmente porque desde siempre me interesa la cultura pulp, las novelas baratas, la serie B; soy especial fan de los pastiches holmesianos de gente como Rodolfo Martínez o Rafael Marín. Asimismo, tampoco limito mis lecturas a la literatura: leo mucho cómic y allí hay gente siempre inquieta, como Mark Waid, Brian Michael Bendis, Scott Snyder, Grant Morrison (que tiene un libro de ensayos, Supergods, que vale muchísimo la pena). Leo también crítica y ensayo cinematográfico, porque me gusta, claro, pero también porque es parte de lo que hago cotidianamente, y en ese rubro nunca fallan David Bordwell y Kristin Thompson. Las interpretaciones cinematográficas de Slavoj Žižek no me convencen, pero son siempre interesantes. Los ensayos de Ricardo Piglia no conocen el aburrimiento: la Antología personal que acaba de sacar en México el FCE es un libro iluminador, en particular la sección llamada El laboratorio del escritor. Creo más bien en esa frase de Chesterton que dice que “no hay cosas sin interés, nomás gente incapaz de interesarse”.

El libro tiene acento lúdico y termina humorístico. ¿Te interesa el humor como fuente de escritura?

Sí, vaya, por varias razones; desde que en México tenemos gente como Ibargüengoitia o Monsiváis, con una inteligencia aguda, capaz de encontrar humor en la cotidianidad al tiempo que la observan sin piedad, hasta el hecho de que buena parte de la comedia de stand-up (la gringa, principalmente) parece beber directamente de la tradición introspectiva de Montaigne. No es raro encontrar en Jerry Seinfeld, Louis C.K. o incluso en Woody Allen (que hizo stand-up al principio de su carrera) observaciones agudas que parten de aparentes nimiedades, justo a la usanza de ensayistas como Chesterton (que escribió de lo que guardaba en los bolsillos, por ejemplo). Entonces creo que las minucias de la realidad (que es absurda y deschavetada casi por naturaleza) son materia prima por igual para cierto humor y cierto ensayo y, acaso, parte de una genealogía que emparente a ambos en algún tronco común.

No es inusual que el escritor busque su isla. ¿Cuál es tu objetivo al buscarla?

Más que otra cosa, lo que pretendí al iniciar así el libro fue una especie de captatio benevolentiae, una salutación a la vez que disculpa por la indefinición de los textos. Ha de ser por mi naturaleza culpígena.

¿Quiénes serían los escritores mexicanos que abrieron brecha en la forma de escritura que practicas?

Decir que alguien “abrió brecha” en la forma de escritura que practico me parece pesado, como una losa; tanto para mí —que más bien quiero huir de las losas— como para los nombres de los pobres a los que yo embarre. Cada escritor inventa a sus precursores, como decía Borges de Kafka, pero en una de esas a los precursores les daría más bien pena ser considerados así. Dicho esto, puedo decir que los diez autores mexicanos a los que siempre vuelvo son cinco: Arreola y Alatorre.

¿Cómo incide la práctica de la crítica en tu ejercicio lector?

Bueno, yo hago crítica cinematográfica y allí es donde me siento a gusto; no podría acometer la crítica literaria con la valentía o el rigor necesarios. No obstante, considero que el ejercicio de la crítica en general —al menos donde yo me paro o intento pararme a la hora de trabajar— sirve para mantener los ojos abiertos, para no pensar el mundo desde una rigidez esquemática sino desde la siempre presente posibilidad de que cada cosa sea particular o genérica, fascinante u horrible, que cada elemento de la realidad conlleve por sí mismo algo digno de curiosidad a la vez que un punto de partida que revele relaciones inesperadas con todo lo circundante.