Adelanto editorial: Formas de la novedad
Con autorización del sello Cuadrivio presentamos un avance de ‘Cuaderno de Hanói’, primer libro de cuentos del escritor y ensayista literario Luis Bugarini (Ciudad de México, 1978)

Roberto logró publicar, después de grandes esfuerzos, tres libros en una editorial de respetabilidad notoria. La crítica, en sus vaivenes insondables, calificó su obra como prometedora y nada más. Se sintió satisfecho por este dictamen, pues no era para menos. A continuación, imaginó que para perpetuar la permanencia de su obra, escribiría otro libro cuyo manuscrito se disputarían las universidades en subastas de pujas increíbles.
Imaginó la obra: el original debía ser escrito a mano y estar anegado de emborronamientos, tachaduras, correcciones, adiciones y suturas; finales varios —al menos seis—; un léxico distante del que utilizaría en el resto de su labor, lo que concluiría en una tentativa vanguardista que trascendería tiempo y espacio. Esta decisión, pensó, tendría a los estudiosos del mundo peleando por identificar el sentido que dejé para los textos. Así, los debates durarían tantísimos años y a golpe de repeticiones su nombre jamás sería olvidado. Vislumbró que esas polémicas, iniciadas en revistas especializadas, saltarían a las páginas de cultura de los diarios, y de ahí, a los programas culturales del gobierno en turno. Solventar los problemas suscitados por ese original se volvería un asunto de política pública. Plan perfecto y sin fallas, se dijo, en tanto se congratulaba por su capacidad intuitiva respecto a las formas del destino humano.
Todo estaba dispuesto y sólo faltaba la redacción de la obra. Entonces se dio a la tarea. Cada noche, después de una jornada laboral dedicada al desarrollo y perfeccionamiento del aparato cultural, dedicaba horas a la elaboración de su texto. El agotamiento físico se superaba con dosis de creatividad. Se sentía feliz y más satisfecho que nunca. Conforme avanzaba el trabajo, concibió la posibilidad de incluir un apéndice —o nota introductoria, aún no lo decidía— en donde se explicara —de manera falsa— el sentido último del texto. Ampliar sin medida la ambigüedad de la obra, pensó, enriquecerá el carácter interpretativo de las palabras. No cesaba de celebrarse a sí mismo y a las dos horas iniciales que comenzó dedicando a la redacción de su escrito, adicionó cuatro más. Las ojeras y perder tres kilos de peso en menos de dos meses le confirmaron su calidad de artífice de una nueva estética.
Cuando se aburría de la composición, saltaba sin aviso a la escritura del apéndice, que al final se confundían sin que él lo percibiera. La vida de un escritor, a pesar de haber concebido una obra maestra, no es sencilla. Él vivía de colaborar en diarios y revistas. Al mes debía entregar, al menos, cinco colaboraciones. Los temas eran diversos y podía escogerlos de manera libre. Sus intereses, múltiples y caprichosos, eran variados e iban desde una nueva interpretación del mito de Teseo a la cantidad de levadura que utiliza el panadero del vecindario. Roberto tenía un lugar en el mundo de las letras y, según se jactaba, lo había ganado a sangre y fuego. La redacción de su obra y la organización del apéndice le hicieron olvidar la escritura de dos novelas que ya tenía iniciadas, la reunión de sus ensayos dispersos y la elaboración de una antología de poesía patriótica iraní —previa a la revolución del ayatolá Jomeini. Tal era el tamaño de su pasión.
A la tarea de urdir el original se unió la de imaginar cuál sería el medio adecuado para dar a conocerla sin publicarla. Sintió temor ante la posibilidad de verse plagiado. ¿Dar algún avance a un diario de circulación nacional? Imposible. Hasta donde sus conocimientos literarios daban, nadie en la historia de las letras había emprendido una tarea similar. Difícil hacerla pública sin repercusiones entre los colegas. Desechó la opción por su alto riesgo. Lo mejor es acelerar su terminación y darla a conocer justo antes de morir, se dijo. Sólo así podría coronarse como forjador de una resurrección artística y quizá podría visitar la academia sueca con los gastos pagados. ¡Naderías!, se reprochó, lo que importa es trabajar. La obra le tomaba más tiempo del que había dispuesto para su conclusión. El alba lo sorprendía en el escritorio y su dedicación laboral quedó eclipsada. Ya no sólo eran sus proyectos iniciados los que sufrieron este deterioro, sino el volumen de sus colaboraciones periódicas. De cinco bajó a cuatro y, cuando podía hacerlo, rechazaba nuevos ofrecimientos. Pero los editores acudían a él, a la manera de un comodín. No sabía de todos los temas y autores, pero tenía capacidad para informarse en poco tiempo y escribir con humor sobre cualquier tema y esto vende.
Así que de cuatro bajaron a tres, ya no por decisión propia, sino por decisión de los editores. Entregaba sus textos con demoras, erratas y a juicio del menos instruido, con una manufactura que refleja prisa y hasta desdén por el oficio. Comenzaba su declive, aunque lo ignoraba. Sin embargo, lejos de preocuparle esa indiferencia por parte del mundo cultural, utilizó el tiempo que dedicaba a esas notas, a la redacción de la obra que lo haría un escritor indispensable. A fin de cuentas, las grandes obras de literatura —como él lo había estudiado en la escuela— se habían realizado en condiciones de sacrificio y continencia. Así lo confirmaban las vidas de Dante, Cervantes y Flaubert. Las páginas de la obra se multiplicaban a una velocidad perturbadora. Su escritorio, que alguna vez presumió de conservar con pulcritud, se escondía debajo de pilastras de hojas garrapateadas. Las notas, ideas y valoraciones, llenaban la estancia. Comenzó a pegar papeles en los muros para recordar fragmentos a la hora de escribir. Dudaba llegar a su objetivo, pero se consolaba pensando que si no alcanzaba el nivel de ilegibilidad requerido para sus estándares, al menos la longitud del mamotreto desconsolaría al más paciente. Y jamás perdió la fe.
Lector de la mística española, estaba convencido de que los hombres, sin la gracia de Dios, era poco lo que podían lograr. Confiaba en la misión redentora de su labor. Además de abandonar sus colaboraciones periódicas casi por completo, se alejó del mundo literario. Salía apenas, se dejó la barba y cambiaba su ropa sólo cuando tomaba un baño —muy esporádico, por otra parte. De ese alejamiento sólo conservó la cercanía de un amigo de su generación. Un escritor que lo estimaba y creía en él. En una de sus charlas telefónicas, y ya un poco angustiado de que su nombre se esfumaba del mundo de las letras, le deslizó un comentario a Manuel sobre esa obra que auguraba un viraje en el panorama estético del país. Éste, fingiendo templanza aunque ardiendo por dentro, diseminó la noticia y como una llama su nombre volvió a encender al interior de la vida intelectual. Todos esperaban noticias del libro. Fragmentos, adelantos, comentarios, críticas, lo que fuera.
Roberto supo que Manuel no podría contenerse, y lo utilizó como un agente involuntario de prensa. Al desdén por sus trabajos iniciados y sus participaciones periódicas, abandonó por completo las novelas que prometió para la concesión de una beca. Esto no sólo le valió la condena de los escritores y becarios, sino también —y quizá más doloroso— perder la posibilidad de obtener otra más en el futuro. Un escritor que no cumple con su plan de trabajo es como un perro que no cuida la casa. Pero él se consoló pensando que la calidad de la obra que fabulaba valía cualquier sacrificio y que, una vez que obtuviera el reconocimiento, las becas, premios y doctorados honoris causa, saltarían debajo de las piedras. El tiempo era un aliado y no lo dejaría solo.
Se concentró en su creación. Los papeles se multiplicaban y las hojas se reproducían. No sólo llenaron el escritorio. Ahora estaban en el suelo, la alcoba y las repisas vacías. El manuscrito había expropiado su vida. Siguió trabajando impávido, pues nada lo alejaría de su labor. La comunidad sugería el fin de su carrera literaria. La obra, que tanto prometió a su amigo y cuya existencia jamás quiso confirmar, no aparecía por ninguna parte. De tal suerte que evitaron invitarlo a presentaciones, conferencias, mesas redondas y reuniones informales. Asimismo, su obra fue ignorada por cuantas antologías aparecían con sus compañeros de generación. Un crítico aventuró que, dada la precocidad de su labor, su talento acaso habría llegado a su fin; otro refirió que ninguna antorcha dura lo que debiera. Pero Roberto resistía estoico y el hecho de no leer críticas, ni periódicos, ni revistas, le dio energía para concluir su trabajo. Las palabras eran su sustento y fortaleza. Sólo por su amigo se enteró de la indiferencia de sus conocidos, que atribuyó a la envidia del mundo literario. Él seguiría escribiendo con tesón y paciencia.
Incapaz de poner orden o delimitar el original, se concretó a seguir elaborándolo sin descanso. Según él, ese “caos era parte integral del objetivo”, pues “si el sentido de confusión y ambigüedad resultaba auténtico, debía por principio, embrollarlo a él mismo”. Escribía sin detenerse y, según creía, una voz le dictaba las palabras. Su mano se movía a la manera de un compás rítmico, y él se limitaba a dejarse llevar. Se lo atribuía a las musas y se sintió un agraciado. Un creador destinado a recibir el consejo de la pasión creadora, infinita y generosa. Pero de escritor notable pasó a ser un loco, poseído por llenar hojas y hojas de palabras sin sentido, se decía.
Luego de diez años de trabajo, la dio por concluida y quiso publicarla para exorcizarse. Estaba cercano el tiempo del reconocimiento. Los últimos arreglos le tomaron seis años. Y así, después de más de quince años de sacrificio y de casi perder la vista revisando originales, buscó a quien había sido su editor en tiempos más felices. Le contó su historia mientras éste lo miraba perplejo. No le interesaba si llevaba bajo el brazo una obra maestra, pero sentía respeto por sus años de labor. Todos, al final, estaban al tanto de su pérdida del camino. El editor le recibió el manuscrito y le prometió una respuesta en dos meses. La espera se prolongó un año. Una tarde en que regresaba de su empleo como redactor en el sindicato de electricistas, encontró en el buzón una carta con la respuesta. Ésta se limitaba a agradecerle la confianza de enviarle su trabajo, pero que dados los tiempos la búsqueda de la novedad había dejado de ser lo último.
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