'Cien años de soledad'': El caos, la decadencia y la llegada del progreso transforman Macondo
En esta segunda parte, Macondo deja atrás la pulcritud inicial para convertirse en un reflejo del paso del tiempo, el conflicto social y el avance de la modernidad. El diseño de arte y la caracterización llevan la obra de Gabriel García Márquez a su punto de quiebre más ambicioso

El viaje visual y narrativo de la segunda entrega de Cien años de soledad marca una ruptura definitiva con la frescura e ingenuidad que definieron sus primeros compases en pantalla. La producción se adentra de lleno en un universo desgastado, caótico y profundamente humano.
Juliana Flórez, productora ejecutiva de la ficción, analiza esta evolución que va más allá de la estética.
“Esta parte se conecta más de cerca con la realidad y la historia de Colombia, lo que implicó mostrar una versión más cruda y compleja de Macondo.
La presencia de prostitutas, mendigos, la economía informal y las tensiones entre clases sociales transformaron el aspecto del pueblo, que en esta etapa cobra vida propia y se convierte casi en un personaje más de la historia. Macondo ha tenido que envejecer y reflejar el paso del tiempo en las distintas etapas de la historia. Ya no es ese lugar perfecto y pulido que conocimos, ahora el desgaste se nota en las paredes, en los espacios, como también en los personajes”, comenta Flórez durante una visita al set de la serie, ya disponible en Netflix.
En las entrañas del set principal ubicado en Alvarado, Tolima, el despliegue técnico y logístico para sostener semejante atmósfera se traduce en números sin precedentes para la industria latinoamericana. Carolina Caicedo, productora general y ejecutiva, dimensiones el impacto diario de levantar el pueblo Buendía: “La operación que tiene cuenta entre 900 y mil 200 personas al día”.
Protagonizada por Marleyda Soto (Úrsula Iguarán), Claudio Cataño (Aureliano Buendía), Loren Sofía (Amaranta Buendía), Akima (Rebeca Buendía), Viña Machado (Pilar Ternera) y Emilio Sánchez Vera (Aureliano José), entre otros, Cien años de soledad acaba de estrenar su segunda parte y aunque se ha trabajado sobre la obra cumbre de Gabriel García Márquez, en una misma adaptación, cada proyecto, se asume y se revisa de forma distinta, explica Caicedo.

Macondo era más limpio y organizado en la primera parte; ahora hay caos y desorden, una labor nada fácil para desarrollar por parte del equipo de arte y maquillaje, “además de los actores, que han tenido que interpretar otras edades, asumiendo el paso del tiempo en sus cuerpos y gestos. En esta segunda parte, entramos en la decadencia de Macondo, y eso marca toda la atmósfera de la segunda parte”, dice Flórez.
“Lo que hace un año y medio era nuevo, ahora está invadido por la vegetación, que se ha mezclado con los elementos del set. Macondo ha cobrado una vida que antes no tenía, una vida que sólo se construye con el tiempo. Y eso nos ha favorecido mucho, porque hoy se siente como un pueblo con historia, con capas. Todo esto, por supuesto, reforzado por el trabajo de nuestros equipos de pintura escénica, escultura y ambientación.
“Por otro lado, a nivel de historia, esta parte también marca un punto de quiebre con la llegada de los estadunidenses, un hecho que transforma por completo la dinámica del pueblo: aparecen los carros, la electricidad, la música. Será una parte mucho más caótica que la primera, tanto en lo visual como en lo narrativo”, enfatiza Juliana.
La segunda parte de Cien años de soledad cuenta con siete episodios y un gran final, dirigidos por Laura Mora (1, 2, 5, 6 y final) y Carlos Moreno (3, 4 y 7). Producen Juliana Flórez, Andrés Calderón, Carolina Caicedo, Laura Mora, José Rivera, Rodrigo García y Gonzalo García Barcha.
Macondo
Cien años de soledad parte 2 presenta un Macondo ya con 50 años de historia, un espacio que ha envejecido ante sus habitantes y de quienes han sido testigo de sus historias.
El Macondo que se aprecia en esta entrega tiene mucha más humedad, más paredes descascaradas, como es habitual todo un pueblo costero con alta humedad y este tipo de características geográficas y de vegetación.
El equipo de diseño de producción, encabezado por Bárbara Enríquez y Eugenio Caballero, construyó cuatro “Macondos”. El cuarto, que es el último, alcanza su cúspide y luego entra en decadencia. En tamaño, es el más grande, explica Enríquez.

“Macondo 4 ha crecido en esta segunda parte, con aproximadamente 18 nuevos espacios. Se han transformado varias zonas, han nacido dos calles nuevas y, aunque todo ocurre sobre este mismo Macondo, aquí se contará el final de la historia. Los otros Macondos ya no existen. El 1 fue desmontado. El 2 y 3 son parte del mismo set, donde hemos construido el tren”.
Cuidar la precisión histórica para lograr un balance —al entrar una etapa moderna, pero también mostrar el paso del tiempo, requirió un proceso de investigación enorme.
“El proyecto comenzó en 2020, cuando se empezó a pensar cómo hacer la serie. Eugenio Caballero fue quien inició los primeros diseños”, comparte Bárbara. “Yo llegué en 2022 a continuar ese proceso. Desde el primer momento hasta el día de hoy hemos seguido con la investigación histórica...
Lo que verán es resultado de una exploración profunda: desde la arquitectura hasta los colores, pasando por las artes. Estudiamos en qué año llegó la electricidad y qué tecnologías estaban presentes en cada época. Aunque Cien años de soledad no es una novela histórica, muchos de sus elementos tienen un trasfondo temporal que se enmarca entre 1850 y 1950. Tratamos Macondo como si fuera el escenario de una serie de época, aunque no lo es: la Casa Buendía, el vestuario, los objetos, todo fue diseñado con ese rigor. Analizamos cómo se colgaban las lámparas, cómo se introducía la luz en las casas, cómo funcionaban el teléfono o las comunicaciones”.

Otro cambio fue la transformación de las clases sociales y el surgimiento de grandes casas de estilo republicano junto a viviendas más modestas.
Sin duda, la vegetación forma una parte importante de la serie por lo que el equipo de diseño de producción se enfocó en plantar árboles.
Él único original del set es el árbol central de la plaza. Se trasplantó el 99% de los árboles y la vegetación.
La serie cuenta con un equipo encargado del paisajismo de Macondo y la Casa Buendía, entre otros sets de grabación de la serie, que se encargó de plantar más de 16 mil plantas el año pasado y hoy son casi 20 mil.

El vestuario
Más de 70 mil prendas son usadas en la serie, conformadas por un equipo de aproximadamente 60 personas. La producción cuenta con asistentes de diseño, sastres dedicados a confeccionar el vestuario del elenco principal y equipos encargados tanto del vestuario del cast como de los extras.
“Además, trabajamos con cerca de 30 talleres en Colombia que producen zapatos, ropa, accesorios y sombreros, entre otros elementos.
“Adicionalmente, tenemos un equipo especializado en aging (proceso de diseño visual mediante el cual se alteran objetos, vestuarios, escenografías o maquillaje para que parezcan más viejos o desgastados), ya que al tratarse de una historia de época, la ropa debe pasar por procesos textiles específicos para lograr el acabado y la textura adecuados para la serie”, explica la diseñadora de vestuario Catherine Rodríguez.

Uno de los retos más fuertes para una serie como Cien años de soledad ha sido la búsqueda de referencias que fueran coherentes tanto en el contexto cultural como en el espacio temporal de la narrativa.
Han tenido que documentarse bastante, comenta Catherine Rodríguez, para representar un Caribe que se perciba real y auténtico. Esto ha dependido, en varias ocasiones, de la investigación disponible y no siempre ha sido posible contrastarlo debido a la falta de fuentes y referencias de la época.
“El desarrollo del vestuario de la serie ha sido también un ejercicio etnográfico del Caribe colombiano. Se trata de entender de dónde vienen las influencias de algunas prendas que vemos en pantalla. Por ejemplo, el carnaval que veremos en Macondo está fuertemente influenciado por el carnaval de Barranquilla, que es la referencia geográfica más cercana.
Nina Friedman, una investigadora del Caribe especializada en el carnaval de Barranquilla, hizo una investigación sobre la influencia de las comunidades afrodescendientes. Basado en su investigación, en el carnaval de Macondo tenemos unas máscaras que son la primera aproximación a las marimondas (personaje tradicional del Carnaval de Barranquilla, caracterizado por su vestimenta colorida, su gran nariz colgante y su danza).

“Entre los Bamileke, un grupo étnico de Camerún, es común el uso de máscaras de elefante que evocan una estética muy parecida a la que vemos aquí. A partir de estas referencias hicimos una transliteración para entender el carnaval como un conjunto de múltiples procesos culturales”.
En ese mismo espacio temporal, llegaron a la región las matronas francesas, al tiempo que cupletistas viajaban hacia al canal de Panamá y México. Las matronas francesas que se ven en la serie están inspiradas justamente en aquellas cupletistas con vestuarios similares a los que describe Gabriel García Márquez: serpientes de oro, mantones de Manila (grandes chales de seda bordados, generalmente con motivos florales y flecos largos, que llegaron a España desde Filipinas, entonces colonia española).
Para las prendas se usaron, en su mayoría, telas de fibras naturales. Dado el momento histórico de la serie, los textiles con bases en poliésteres u otras fibras sintéticas aún no existían, vinieron después de la Primera Guerra Mundial. Por eso, trabajaron sólo con materiales que correspondían a la época.
Además se echó mano de textiles proteicos como lanas y sedas.
