La máquina del tiempo*: Luis Pasteur prueba por primera vez en un ser humano la vacuna antirrábica

Luis Pasteur, cuyas investigaciones le habían arrojado ya un prototipo de la vacuna antirrábica, aunque todavía no inoculada en seres humanos hasta el inesperado caso del niño Joseph Meister el 6 de julio de 1885

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En un inédito e increíble experimento científico, dos físicos y una reportera viajan juntos en una máquina maravillosa que se desplaza a través de agujeros de gusano del espacio-tiempo. Su objetivo: Comprender e investigar más a la humanidad para mejorarla, así como generar herramientas tecnológicas más avanzadas y conocimiento. (Amigos lectores, empleen su imaginación y ¡acompáñenos cada diez días!)

París, a 6 de julio de 1885.

Después de que habíamos partido con un nudo en la garganta por el asesinato de nuestro anterior viaje, éste supondría una satisfacción y alegría total para la humanidad. Nos trasladaríamos en nuestro agujero de gusano a un destino ya visitado con anticipación –a París–, pero esta vez sería para conocer a uno de los más grandes químicos y bacteriólogos del mundo, al creador de la pasteurización y la teoría de la fermentación así como de la vacuna contra el carbunco o ántrax, y el que sentó las bases de la teoría germinal de las enfermedades refutando así la teoría de la generación espontánea: Luis Pasteur, cuyas investigaciones le habían arrojado ya un prototipo de la vacuna antirrábica, aunque todavía no inoculada en seres humanos hasta el inesperado caso del niño Joseph Meister el 6 de julio de 1885.

Regresábamos a la Tercera República Francesa un lunes 6 de julio del citado año, a las 7:00 a.m., muy cerca del hermoso río Sena. Nos habíamos cambiado de vestimenta y la Francia que nos recibía ahora estaba bajo el mandato del presidente Jules Grévy, un periodo inestable donde la república luchaba por su existencia en medio de escándalos y crisis, y enfrentaba las disconformidades de los bonapartistas que propugnaban la restauración de la monarquía, aunado al caso de Alfred Dreyfus –un militar judío acusado de traicionar a la República, por supuestamente revelar información secreta al agregado militar alemán conde Maximilian von Schwartzkoppen, y que más tarde fue juzgado y encarcelado en la Isla del Diablo, en la Guyana Francesa– que fomentó el antisemitismo en las altas esferas del ejército francés y en la economía nacional.

No obstante, para este momento, la República ya contaba con varias e importantes leyes como la libertad de reunión y la libertad de prensa de 1881; la enseñanza primaria gratuita, laica y obligatoria y el revés a la influencia de la Iglesia católica en la educación en 1882 y; la ley municipal y de sufragio, la libertad sindical y el divorcio en 1884. Además, el Estado estaba construyendo más líneas de ferrocarril y elevaba los aranceles provenientes de Inglaterra para proteger a la industria francesa. Para la burguesía todo marchaba bien, aunque no para los agricultores y obreros que no veían ningún beneficio, generando un gran descontento social, que hasta 1886 comenzaría a manifestarse con la figura del general Boulanger. Asimismo, Francia había conservado su faceta de país colonialista y desde 1881 tenía varios protectorados en África, destacando Túnez y el reino de Madagascar, y en Asia con la Indochina Francesa, Annam y Tonkín, hoy parte de la actual Vietnam.

Ya desde temprano, la mañana se anunciaba calurosa y desde el Sena ahora nos encaminaríamos hacia la calle de Ulm, a unos 6 kilómetros hacia el sureste, al número 49 que era el laboratorio privado que pertenecía al afamado bacteriólogo –hoy es el Departamento de Filosofía de la Escuela Normal Superior de París y se ubica en el número 45–. Desde 1882, Pasteur y su colaborador, el doctor Pierre Paul Émile Roux, ya habían experimentado con conejillos de Indias y perros el virus de la rabia descubriendo que, en pequeñas dosis, el virus no era letal, sino que inmunizaba a los animales concluyendo que la solución era atenuar el virus. Después de esto Pasteur y su colaborador encontrarían que desecando por catorce días fragmentos virulentos de la médula espinal de un conejo rabioso e inyectarlos en perros sanos, éstos no morían, sino que iban teniendo leves reacciones de hidrofobia, hiperactividad y excitación –algunos de los síntomas de la enfermedad– y luego eran en su totalidad inmunes al padecimiento.

A las 7:45 a.m. llegaríamos al laboratorio. La construcción era una típica casa francesa de un estilo sobrio, sin ornamentación, de dos pisos y de tejado con cinco buhardillas. Había otras cinco ventanas muy rectas y delgadas en el primer piso. Tocaríamos la puerta para ingresar a éste, sin embargo sería hasta las 8:30 a.m. que el doctor Roux llegaría y nosotros entraríamos en acción. Con cierto nerviosismo –por la emoción de conocer grandes personajes–, nos presentaríamos como estudiantes de medicina muy interesados en una posible inmunidad contra la rabia, que él y Pasteur habían desarrollado. Muy amable nos invitaría a pasar al laboratorio para explicarnos detalles y procedimientos de la investigación compartida en conejillos y perros, aunque todavía no probada en humanos, pues la ciencia era muy recelosa y sólo los médicos, no los químicos, estaban autorizados a probar las vacunas en personas.

Mientras esto sucedía, nosotros estábamos extasiados viendo el equipo químico del profesor Pasteur. Observábamos con gran curiosidad sobre las mesas de madera, las peculiares autoclaves cobrizas –se parecen mucho a las ollas exprés de ahora– donde se hacían las esterilizaciones, varias repisas con muchos frascos llenos de sustancias orgánicas, un montón de matraces de bola, de destilación, erlenmeyer, un microscopio óptico y bastante instrumental que no reconocíamos con claridad. De lejos y en otro sitio del laboratorio, el doctor Roux nos señalaba las jaulas de algunos animales con los que se experimentaba, sin embargo no quisimos acercarnos para no encariñarnos con ellos.

Llegaba, media hora después de la charla ilustrativa, el célebre profesor Pasteur a quien con gran honor comenzábamos a hacerle la plática también afirmando que sería uno de los más grandes científicos del mundo. Con gran humildad agradecía. −¡Qué gran tipo!, ¡qué vocación!– pensaba yo. Nos comentaba que gracias a su tenacidad había logrado el éxito en sus trabajos y salir de las dificultades que lo habían aquejado −ya había sufrido una hemorragia cerebral unos años antes, lo que le había ocasionado una parálisis en la parte izquierda de su cuerpo y las dolorosas pérdidas de tres de sus cinco hijos por enfermedad−. Nosotros sólo le comentábamos que tenía un espíritu sin igual y que los seres humanos se lo reconocerían sin lugar a dudas.

El reloj marcaba las 9:35 a.m. Sabíamos que faltaban minutos para que llegara el momento decisivo donde el profesor Pasteur probaría su investigación que revolucionaría a la medicina del siglo XIX; estábamos esperando que a nuevamente tocaran a la puerta. Y dicho y hecho, cerca de las 9:45 a.m. una mujer y su hijo tocarían la puerta del laboratorio con desesperación. La mujer, de nombre Marie Angélique Meister, buscaba a Pasteur quien sollozando decía que su hijo había sido mordido por un perro rabioso y con gran angustia exclamaba “¡Salve usted a mi hijo, Monsieur Pasteur!”. Él trataba de tranquilizarla y mientras revisaba las heridas del niño le preguntaba detalles sobre lo sucedido.

Ahí nos enteramos que Joseph Meister de 9 años, dos días antes estaba yendo hacia la escuela de Meissengott cuando un perro rabioso se le había abalanzado mordiéndolo 14 veces. El animal le había dejado baba sobre las heridas que sangraban. Ambos habían consultado al doctor Weber, de Villé, quien había cauterizado las heridas del niño con ácido fénico, pero que la situación era grave y que mejor debía consultar a Pasteur en París, pues era el único que, sin ser médico, sabía que tratamiento recomendar. Joseph ya no podía caminar debido al dolor originado de las heridas. En ese instante, el rostro de Pasteur mostraba gran seriedad y reflexión. Después de una pausa, el químico célebre comentaría que los esperaba de nuevo aquí, en el laboratorio, a las 5:00 p.m. Al retirarse madre e hijo, Pasteur nos comentaría que consultaría con dos amigos suyos muy apreciados y que confiaban en la naciente bacteriología, el doctor Alfred Vulpian y el doctor Jacques-Joseph Grancher, el caso del chico.

En ese mismo momento, le pediríamos al profesor que nos diera la oportunidad de retornar a su laboratorio para dar seguimiento al caso de Joseph. Aceptaría y acordaríamos estar antes de las 5:00 p.m. en la casa de la calle de Ulm. Por lo pronto, nosotros daríamos una vuelta por París, que en cualquier época es un disfrute conocer. Queríamos aprovechar todas las bondades que un viaje en el tiempo permite.

A las 4:50 p.m. volveríamos a tocar la puerta del laboratorio. Otra vez nos abriría el doctor Roux a quien le comentaríamos nuestra gran expectación frente al caso del niño. De igual forma, él sentía lo mismo y tenía la certeza de que el tratamiento sería exitoso pues ya había sido probado en perros. Asimismo, ya habían llegado los médicos Vulpian y Grancher, quienes sólo esperaban el arribo de la señora Meister y su pequeño hijo. Quien tenía el rostro más preocupado era el profesor Pasteur, sentía mucha responsabilidad por la vida del pequeño y de la efectividad del tratamiento. Nosotros le animábamos diciéndole que todo saldría bien y que su vacuna tendría buen efecto en Joseph.

Cinco minutos más tarde se presentarían por segunda ocasión Marie Angélique y su hijo quienes serían recibidos por el profesor Pasteur. Los conduciría a donde se encontraban los doctores Vulpian y Grancher. La señora Meister tomaría asiento, la veíamos angustiada a la par que los médicos revisaban las manos del niño. Francamente se observaban muy lastimadas y ambos dudaban de la cauterización con ácido fénico y temían por su vida. Los dos asentaban con la mirada decidiendo sí aplicar la inyección con el virus desecado. Pasteur entonces tomaría una jeringa pravaz y se la daría a Grancher −quien por cierto era pediatra−. Joseph al verla, comenzaría a llorar, no obstante la aplicación en el pliegue de la piel de su hipocondrio derecho –por donde está el hígado y la vesícula biliar− sería tan suave y rápida que el pequeño ni siquiera lo advertiría.  

Terminado esto, Joseph y su madre partirían a un cuarto en el Colegio de Rollin, previamente reservado por Pasteur, para su observación. Nosotros con mucha amabilidad nos despediríamos de los importantes personajes que sabíamos cambiarían la historia de las ciencias de la salud, sobre todo del profesor, el cual nos merecía toda nuestra admiración y respeto. Le reafirmaríamos que sus aportaciones para la humanidad serían invaluables y que gracias a él se salvarían muchísimas vidas humanas y animales.

El tratamiento duraría 10 días y sería aplicado en 12 inyecciones más con el virus gradualmente más virulento. Sería un éxito y el pequeño no enfermaría del virus terrible. La noticia desde luego se correría por todos los rincones del planeta y miles visitarían al profesor Pasteur solicitándole el tratamiento. Consecuencia de esto fue la posterior construcción e inauguración del instituto que lleva su nombre el 14 de noviembre de 1888. El Instituto Pasteur se dedicaría a la investigación sobre la rabia, la difteria, el tétanos, la poliomielitis y más enfermedades virales. Al presente, es uno de los grandes proyectos médicos internacionales y en 1983 sus miembros lograrían aislar el virus que causaba el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirido, el VIH.

A las 7:00 p.m. mis compañeros y yo regresaríamos a nuestra máquina increíble. Estábamos muy inspirados por conocer a Pasteur y cómo había salvado la vida de ese niño y de miles más. Una historia muy similar a la del doctor Robert Koch, a quien ya habíamos visitado con anterioridad y que además estaba en constante competencia con Pasteur por el descubrimiento más relevante en la medicina del siglo XIX; una riña “profesional” que obedecía la pugna entre Francia y el Imperio Alemán. Desde luego no todo fue miel sobre hojuelas para Pasteur, nunca le faltarían detractores. Científicos como el doctor Michel Peter alegarían que la vacuna no había sido probada lo suficiente y que Pasteur en su afán salvador la probó de manera irresponsable en Joseph Meister… ¿Alguien sabe quién es Michael Peter? De esta manera, el viaje seguía, las aventuras y el conocimiento no terminarían aquí, la travesía en el libro de la historia nos esperaría con más momentos y personas importantes, acompáñenme a seguir leyendo y escribiendo en el libro de la historia la próxima semana. Au revoir!

“An Inoculation for Hydrophobia” en Harpers Weekly. Nueva York. 19 de diciembre de 1885, p. 836, Colección de Bert Hansen. Disponible en: https://medhum.med.nyu.edu/blog/wp-content/uploads/2009/07/innoculation_1...

Del Álamo, Fernando “¡Salve usted a mi hijo, Monsieur Pasteur!” en el blog Historias de la ciencia. Disponible en: https://www.historiasdelaciencia.com/?p=293

“Département de Philosophie” en el portal de la Escuela Normal Superior de París. Disponible en: https://www.ens.fr/departement/departement-de-philosophie

“El brillante Louis Pasteur, más allá de la pasteurización” en el portal de la BBC Mundo. Disponible en: https://www.bbc.com/mundo/noticias/2015/08/150707_iwonder_louis_pasteur_g...

Mommsen, Wolfgang J. La época del imperialismo. Europa 1885-1918. México: Siglo XXI Editores (Volumen 28); 2014, pp. 94-102.

“Musée Pasteur” en Paris info. Official website of the Convention and Visitors Bureau. Disponible en: https://en.parisinfo.com/paris-museum-monument/71209/Musee-Pasteur

Palmade, Guy. La época de la burguesía. México: Siglo XXI Editores (Volumen 27); 2010, pp. 238-240.

Perutz. Max. F. “Desconstruyendo a Pasteur” en Los científicos, la ciencia y la humanidad: ojalá te hubiese hecho enojar antes. Barcelona: Granica; 2002; pp. 175-190. Disponible en: https://books.google.com.mx/books?id=o_9Q_rjotZUC&pg=PA184#v=onepage&q=j...

Vallery-Radot, René. La vida de Pasteur. Buenos Aires: Editorial Juventud; 1939. Edición digital disponible en el portal Libros maravillosos: https://www.librosmaravillosos.com/lavidadepasteur/pdf/La%20vida%20de%20P...

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* La presente crónica está basada en documentos e investigaciones de hechos reales; los elementos ficticios son sólo secundarios para justificar lo real. La bibliografía consultada se encuentra al final del texto.