La Revolución del Orgullo
Texto de la presentación del libro La Revolución del Orgullo de Roberto González Villarreal, el pasado 17 de junio en la Fundación Elena Poniatowska.

El último sábado de junio va a realizarse aquí en la Ciudad de México otra Marcha del Orgullo en la que confluyen de forma masiva poblaciones del acrónimo LGBTTTTIQ+. Después de haber leído “La Revolución del Orgullo” de Roberto González Villarreal, tengo fundamentos para asumir, como lo hace él, que esa movilización no está vinculada al Movimiento de la Liberación Homosexual de los años setenta.
Para dimensionar este descarte, hay que hacer algunas anotaciones sobre lo que veremos el sábado 27 de junio. Se trata de un acontecimiento festivo, lleno de pasión y mucha adrenalina que genera una atmósfera lúdica. Acuden lesbianas, homosexuales, bisexuales, personas trans, intersexuales, no binarias y queer; van solas, en pareja, en grupo o en familia. También llega población heterosexual solidaria, en la que se cuelan voyeristas y morbosos. En este desfile participan camiones y carros alegóricos, abundan los atuendos exóticos, la música para bailar y gogo dancers, además de influencers, así como unidades que promueven productos o servicios de empresas auto definidas “gay friendly”. En esta marcha caben partidos políticos con agenda de diversidad sexual, además de cantantes y actrices de la farándula. En el acto final se corona una reina, casi siempre una estrella de televisión. La televisión hace coberturas en directo. También denominado “Pride”, este evento se despliega desde el Ángel de la Independencia hasta el Zócalo. Paraliza el tráfico. Se arremolinan los vendedores ambulantes y los bares y discotecas organizan fiestas nocturnas, bajo la expresión afirmativa que genera el término “orgullo”.
En la marcha de la próxima semana una parte del contingente solo llegará a la explanada del Palacio de Bellas Artes y otra parte, impulsada por líderes comunitarios convencidos de que la movilización debe llegar a la Plaza de la Constitución, se mezclará con los aficionados al futbol en las actividades del Fifa Fan Fest. La avenida Reforma volverá a transformarse en una enorme pista de baile. Mucha gente va a participar. El año pasado se calculó una concentración de 800 mil asistentes.
Sin embargo, la marcha no es homogénea. También se manifiestan las voces de quienes no se sienten representados en ella pero reivindican su derecho a participar, a pesar de que un “agujero negro” engulla sus razones. El orgullo va por delante y a todo lo que da, no hay lugar para quejas ni para disidencias.
¿Cómo se llegó a esto? ¿Por qué proliferan las marchas del orgullo en infinidad de ciudades de la república? La narrativa de los últimos 25 años ha hecho creer que este formidable despliegue comunitario es la continuidad de activismos que les abrieron puertas. Se asegura que todo inició con el Movimiento de Liberación Homosexual, organizador de la primera Marcha del Orgullo en 1979. Pero no es cierto. La investigación de Roberto González Villarreal ofrece información y evidencia suficiente para demostrarlo.
¿Entonces? ¿Quién les abrió puerta? Este es tema de otro libro que todavía no se escribe, pero podemos señalar como hipótesis que si algo ha permitido el crecimiento y las características de la Marcha del Orgullo, es el proceso silencioso de acoplamiento de la agenda LGBTTTTIQ+ al modelo económico y financiero de desarrollo, que alienta la acumulación de capital y la explotación de forma abierta o simulada de la población, incluidos gays, lesbianas y personas trans.
Aunque no sea un propósito deliberado, la actual agenda LGBTTTIQ+ avala la generación de mercados dirigidos a la diversidad sexual pero no cuestiona por qué las sexualidades disidentes, particularmente la gay, reciben trato de mercancía. Además, esta agenda valida el sistema de enajenación identitaria que transformó la bandera del arcoíris en estandarte del consumo y que, por si fuera poco, está vinculada a los algoritmos que fomentan la lectura de un mundo feliz para la diversidad sexual, dentro de una matrix previamente diseñada con escenografías digitales. La Marcha del Orgullo no solo no hereda las luchas del MLH, por el contrario, forma parte del dispositivo opresor de la homosexualidad y en general de la sociedad. En otras palabras, le lava el rostro.
Debido a que este libro se ocupa de la historia del Movimiento de Liberación Homosexual es necesario identificar su contexto. Hay que tomar en cuenta que no había paz social. La opinión pública había retenido en el imaginario social las represiones estudiantiles de 1968 y de 1971. Esos años el gobierno también enfrentó militarmente a diferentes grupos guerrilleros. Las revueltas estaban prohibidas y no ser heterosexual era un desafío para el sistema. Por eso González Villarreal señala la relevancia de identificar en qué momento algunos homosexuales y lesbianas pasaron de la sobrevivencia de un régimen de terror a la resistencia y a la creación de modos emergentes de vida personal y alternativa.
Integrado por organizaciones de gays y lesbianas, en palabras de González Villarreal el Movimiento de Liberación Homosexual es “un conjunto fluido y heterogéneo de acciones que cuestionan, minan o destruyen los valores, actitudes, comportamientos, saberes, prácticas, modos de subjetivación e instituciones de opresión homosexual”. Difícilmente podía ser de otro modo.
Para González Villarreal es complicado identificar qué activó la insubordinación homosexual y lésbica, pero sugiere que ésta pudo ser motivada por “incidentes imperceptibles, casi insignificantes” que más tarde se ensamblarían en una línea de tiempo. Quizá, agrega, eso ocurrió en 1971 cuando un grupo de homosexuales planteó protestar por el despido de un trabajador en una tienda Sears a causa de su preferencia sexual. Quizá fue eso o quizá muchas otras cosas. Lo cierto es que ese mismo año se formó el llamado Frente de Liberación Homosexual de México que pugnaba por eliminar la discriminación, por rechazar la patologización de las personas atraídas por otras de su mismo sexo, el cese de la persecución policiaca y detener el despido de empleados en función de sus preferencias sexuales. Dicho frente se disolvió dos años después.
“No se sabe nunca cuándo algo va a empezar”, dice González Villarreal ni tampoco cuando “los flujos moleculares” se transforman en uniones interpersonales. Siguiendo al autor, es muy posible que hicieran faltara uno o varios acontecimientos para entender que la asfixia no era individual sino colectiva. Durante los años setenta se fueron creando esas condiciones a través de desplegados, cartas públicas y otras expresiones de inconformidad que González Villarreal incluye en su libro. En ese caldo de cultivo se crearon organizaciones de un activismo emergente, radical, dispuesto a llevar la protesta al espacio público junto a otros movimientos sociales, particularmente el feminismo, ámbito en el que las lesbianas ya habían asumido planteamientos de liberación que fueron basamento del movimiento.
En “La Revolución del Orgullo”, González Villarreal presenta la revisión exhaustiva de los elementos, contextos, circunstancias y discursos que derivaron en el Movimiento de Liberación Homosexual (MLH) así como en su disolución. Esa historia quedó escrita pero estaba dispersa. Roberto revisó las fuentes que contienen archivos y otros documentos relacionados con la configuración de las organizaciones que formaron la plataforma del movimiento. Además, incluyó la revisión de novelas, ensayos, cuentos, películas, obras de teatro y música temática, que contribuyeron en esos años a la formación de preceptos y afectos relacionados con la diversidad sexual. La literatura testimonial y las llamadas fuentes secundarias como libros, tesis, artículos, ponencias y textos de opinión también recibieron atención por parte del autor.
Con frecuencia se hace alusión a tres grupos fundantes del MLH. El Frente Homosexual de Acción Revolucionaria, el Grupo Lambda de Liberación Homosexual y OIKABETH. González Villarreal, investigador al fin y al cabo, encontró otras asociaciones y expresiones comunitarias que necesitan incluirse para comprender mejor este proceso, porque no todos se sumaron a la dinámica del Movimiento, que se dispuso cambiar de régimen político y con ello golpear al capitalismo como eje del desarrollo. Una verdadera utopía encendida por casi 15 años. En el libro que estamos comentando se pueden conocer los motivos de esta desintegración.
El MLH se extinguió pero abrió rutas de visibilidad a lesbianas y homosexuales, a la lucha frontal contra la homofobia y a la ocupación del espacio público. Es muy importante precisar que el MLH no se centró en organizar la Marcha del Orgullo de 1979, ni las subsiguientes. Las calles se tomaron como consecuencia de objetivos más amplios. González Villarreal buscó y encontró registro de diversas actividades que revelan capacidad de organización, definición de propósitos, impulso de alianzas y estrategias de visibilidad, así como de protestas en mítines y plantones.
Este movimiento denunció con precisión la represión sufrida. El autor identifica la formación política de sus dirigentes, muchos con estudios universitarios, situada al lado izquierdo del espectro político, con una ideología radical y por ello cuestionadores del conservadurismo y sexismo de la propia izquierda. ¿Quién podría objetar que se sumaran al Comité Nacional contra la Represión, en el que participaban otras poblaciones también reprimidas por el Estado Mexicano? De hecho, algunos de integrantes del MLH se vincularon al Partido Revolucionario de los Trabajadores, del cual fueron candidatos a diputados en 1982. Fue un movimiento que interpeló al poder; lo desafió, lo emplazó, lo retó. Sin embargo, a pesar del avance alcanzado el movimiento enfrentó un desafío mayor a la opresión: conciliar diferencias internas, definir prioridades compartidas y tratar la insolvencia financiera. El MLH descansaba en los argumentos, el coraje, la energía, las voces y la mirada de valiosas mujeres y hombres, pero parece que esos niveles de sensibilidad e inteligencia difícilmente concitan acuerdos. Bueno, les invito a leer este libro para conocer detalles.
A medio siglo de distancia, los sueños libertarios del Movimiento hoy se pueden considerarse irrealizables, debido al tamaño del adversario que quisieron enfrentar. El dispositivo opresor es un todo que no solo incluye a la familia, las religiones, los cuerpos policiacos, los entornos laborales, la psiquiatría y la prensa. También tiene tentáculos en el aparato de Estado y en las reglas con las que opera el desarrollo económico de acumulación de capital.
El MLH abrió una puerta al activismo pero no la cerró. Esto es importante señalarlo. A mediados de la década de los años ochenta por esa puerta cruzaron muchas expresiones de la diversidad sexual y siguieron caminos en los que hubo nuevos consensos y disensos. Numerosos integrantes de las organizaciones que dieron cuerpo y sustento al Movimiento, desaparecidas éstas, formaron nuevas organizaciones para seguir enfrentando la opresión y también un adversario devastador: el sida. Pero estos son capítulos de otra historia. Coincido con Roberto que la epidemia tampoco fue razón para la disolución del MLH.
Es importante subrayarlo. La lucha de este movimiento fue contra una opresión que ha cambiado de lenguaje pero no ha desaparecido. Actualmente y de forma visible, los colectivos LGBTTTIQ+ enfrentan de forma abierta el odio de la cultura heteropatriarcal pero encaran, silenciosamente y de forma individual, el agobio que afecta al resto de la sociedad cuando no hay trabajo estable ni mucho menos poder adquisitivo: tazas impagables de créditos, inflación dinámica, afectación a su seguridad individual, temor al crimen organizado y saturación de servicios públicos.
La actual agenda LBTTTTIQ+, no obstante, podría desde su enorme visibilidad y las reformas alcanzadas, dar un giro y retomar fundamentos del Movimiento de Liberación Homosexual. También podría impulsar acciones decolonizadoras sobre todo en materia de identidad y expresión de género. Desde dentro del sistema, los colectivos diversos en su género y en su preferencia sexual pueden impulsar formas liberadoras de expresión, al margen del consumo y la aspiracionalidad de poseer cuerpos hegemónicos.
“La Revolución del Orgullo” es oro molido. Es aprendizaje. Es enseñanza. Es una invitación a reflexionar y fijar posición, porque las poblaciones LGBTTTIQ+ subsisten dentro de la matrix. Pero como dice Ramón Grosfoguel, para motivar la descolonización, en este caso de los referentes capitalistas de la diversidad sexual, hay que mirar dónde están situados epistémica y políticamente los sujetos o protagonistas que hoy mueven y dirigen la agenda LGBTTTIQ+.