La oposición a las dictaduras

Cuba, Nicaragua y Venezuela representan la peor tipología del declive democrático y el más miserable estilo de cómo eliminar el espíritu cívico de los ciudadanos. En las tres dictaduras no existen mecanismos reales de representación plural. 

La Constitución cubana estipula un sistema de partido único, por lo que la oposición política formal no cuenta con garantías ni personería  jurídica. El Estado etiqueta a los disidentes como agentes extranjeros o contrarrevolucionarios. No existen canales institucionales regulares ni medios de comunicación independientes.

Por lo anterior, la oposición debe recurrir a “estrategias de lucha” que se asocian a la “acción no violenta”, que es una acción cívica donde la disidencia promueve la resistencia pacífica, el periodismo ciudadano y la defensa de los derechos humanos. Siempre, con el riesgo inminente de la cárcel, la tortura y, por supuesto, la muerte.

En un campo minado, lleno de pozos envenenados, el movimiento opositor carece de una estructura centralizada unificada, dividiéndose en múltiples plataformas, organizaciones civiles, proyectos artísticos independientes y, más recientemente, nuevos liderazgos digitales. 

La oposición en Venezuela es un movimiento diverso y heterogéneo, al que aún se le conoce como “antichavismo”, aunque esa etiqueta ya no sea suficiente para enfrentar los nuevos retos del país después de la captura de Maduro y su esposa. 

Mención especial merece la premio Nobel de la Paz María Corina Machado, quien con su determinación y valentía se ha ganado ya un reconocimiento que no tiene disputa. En las pasadas elecciones presidenciales, se debatió entre la vía electoral (participar en comicios, a pesar de las condiciones adversas) y la vía de presión/abstención. Al final, la dictadura reiteró la receta y el fraude electoral se repitió como ya había sucedido tantas veces.

Con sus virtudes y defectos, la oposición venezolana ha buscado cohesionarse mediante plataformas conjuntas para evitar la fragmentación del voto opositor frente al oficialismo. Debe reconocerse que en las peores condiciones de represión e inhabilitaciones políticas se ha mantenido la protesta social y ciudadana.

La oposición en Nicaragua se caracteriza por estar fuertemente fragmentada, operar en gran medida desde el exilio debido a la persecución estatal y enfrentar la exclusión sistemática de los procesos electorales. A pesar de esto, mantiene una agenda centrada en la presión internacional y la restauración democrática. 

Pese a la imposibilidad de operar dentro de territorio nicaragüense, sobreviven múltiples organizaciones, plataformas y liderazgos dispersos en el exterior. Aunque la falta de una estructura unificada resta peso a sus negociaciones frente al oficialismo, lo que genera desconfianza interna y disputas sobre el camino a la estrategia a seguir en el futuro.

Como lo recordó cínicamente Ortega hace unas semanas, ser opositor en Nicaragua es equivalente a ser “traidor a la patria”. Las reformas legales que vienen buscan inhabilitar cualquier tipo de disenso e impedir su participación electoral.

BALANCE

Sin oposición no existe democracia. La oposición política y partidaria es un elemento fundacional de la democracia liberal. Su existencia garantiza control y la fiscalización del gobierno en turno evita los abusos de autoridad, da voz a las minorías y ofrece a la ciudadanía la posibilidad de la alternancia.

Los gobiernos autoritarios y las dictaduras proscriben la existencia de opositores porque detestan la vigilancia en el uso de los recursos públicos, los contratos y las decisiones del gobierno. Por ello, seguir denunciando no sólo a las dictaduras, sino también a sus aprendices, sigue siendo un deber cívico para cualquier demócrata.

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