La discreta grandeza

Para la familia Mancera Corcuera

La mayoría de los mexicanos no tiene motivos para recordarlo. El promedio de edad ronda los 30 años. Y el gran personaje que hoy me ocupa, Miguel Mancera Aguayo, tuvo su primer enfrentamiento como excelente economista, en 1982, hace 44 años. ¿En qué consistió? Ante la decisión irresponsable de López Portillo de nacionalizar la banca y decretar un control generalizado de cambios, Mancera se opuso. En el régimen hiperpresidencialista eso era una afrenta. Le costó el cargo de director general del Banco de México. Pero su coherencia se impuso y predijo con toda claridad lo que ello generaría a los mexicanos.

Meses después, Miguel de la Madrid lo reinstaló en el cargo como parte de una estrategia para rescatar al país del caos financiero y monetario. Año con año las presiones sobre Banxico para financiar actividades gubernamentales lo habían llevado a la firme convicción de que lo primero era impedir que el Ejecutivo, por cualquiera de sus ramas, presionara al banco central, cuyo objetivo era conservar el poder adquisitivo del peso. Esa condición, estabilidad monetaria hoy se da por un hecho y el guardián silencioso –Banxico– cumple su misión, que impacta en la vida cotidiana de los más de 130 millones que habitamos el país.

Miguel Mancera era un hombre de trato suave, muy cordial, con un notable sentido del humor, pero la firmeza de sus convicciones, que sembró por décadas desde el aula, y sus acciones como titular del banco eran tan claras como no negociables. Un hombre muy sensible, muy estudioso que durante años forjó la arquitectura de un banco central muy sólido, que le diera confianza al mundo en plena globalización. Huía de la estridencia, de las disquisiciones ligeras que no van al fondo y poco a poco la autonomía real del Banxico se instaló como un código de ética no escrita que permeó en muchos servidores públicos. Así nació el primer gobernador del banco central con plena autonomía. Y las cosas cambiaron. Lo dijo, en 1992, al recibir el Premio de Economía Rey de España: “La apertura al comercio exterior, con la aceleración del desliz cambiario, hizo posible una espectacular modificación de la estructura de las exportaciones de mercancías”.

Preocupado por la injusta distribución del ingreso, Mancera reiteró como armas para combatirla el control inflacionario y los monopolios estatales: “…no desperdiciar en el manejo ineficiente de empresas públicas los escasos recursos públicos de los que dispone el gobierno”.

Y aquí estamos en el 2026, como una de las economías más abiertas del mundo, primer exportador a Estados Unidos, con una inflación que lentamente se encamina a la meta fijada, con una diversidad en el consumo que resulta natural a las nuevas generaciones, misma que no existía hace medio siglo. Pero necesito decir algo más allá de su notable carrera.

En la vida nos tocó en suerte tratar con Sonia Corcuera, una mujer encantadora y brillante historiadora, con Miguel y sus hijos y nueras de excepción. Alejado emocionalmente de verdad, del poder, Sonia y Miguel aplicaban a diario la consigna de “vivir como todos, ser como nadie”. Con frecuencia me lo encontraba en el Costco –esa tienda en la que va uno por lechuga y sale con un telescopio–, allí estaba comprando pescado o buscando vino a buen precio. La serenidad interna que emanaban los dos, rodeados de alguno de sus hijos y nietos cumpliendo con los deberes de la “abuelitud” como dicen en Guatemala, imperaba. Largas noches de conversaciones, en las cuales escuchar argumentaciones sólidas y razonamientos bien construidos, resultaba un deleite. Del gobernador Mancera se preguntaba qué hacía con sus trajes viejos, y la respuesta en automático era: ponérselos. Esa calidad humana lo llevó a crear un fondo para estudiantes de escasos recursos y a involucrarse en múltiples actividades filantrópicas.

Cómo se extraña a seres humanos de esa dimensión. Fue un privilegio.

Adiós, querido Miguel.

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