90 años de la desaparición de Lorca

Jimena Acevedo Freijo

Jimena Acevedo Freijo

Entre libros y partituras

Un día como hoy, 18 de agosto, pero de 1936, el poeta y dramaturgo andaluz Federico García Lorca fue asesinado por la Falange fascista. El autor de Bodas de sangre y La casa de Bernarda Alba tenía 38 años. Lo habían arrestado dos días antes por considerarlo un intelectual peligroso, ideológicamente ligado al bando republicano. En el informe policial se le acusó de prácticas de “homosexualismo” y de realizar actividades “subversivas” que desafiaban el orden católico y conservador de los militares golpistas. De acuerdo con los mismos registros, la madrugada del día 18 fue “pasado por las armas” y enterrado “muy a flor de tierra”. Sin embargo, su cadáver nunca apareció.  

Mi primer “encuentro” con Lorca no fueron sus poemas del Romancero gitano ni alguna de las obras de teatro que nos hacían leer en secundaria. Fue una grabación vieja donde el escritor acompaña con el piano a la cantante de flamenco La Argentinita, quien interpreta canciones antiguas españolas seleccionadas por él mismo. Éste era uno de los vinilos que, por alguna razón, había en mi casa, en esa época donde a los niños no nos quedaba más que poner una y otra vez los discos de nuestros padres. Me gustaba oír las castañuelas de La Argentinita con el piano al fondo y esas canciones raras que, después de mucho escucharlas, me terminaron sonando familiares. Este disco se grabó en Madrid en 1931 y es el único registro sonoro que existe de Lorca.

Carismático y lleno de energía, Lorca había vivido un año en Nueva York en 1929 y había estado en Argentina y Cuba en 1933. Planeaba visitar México. De hecho, cuando fue asesinado tenía el pasaje para viajar en barco a Veracruz ese mismo verano, pero el golpe militar que dio inicio a la Guerra Civil Española le impidió hacerlo (de haber acelerado ese viaje, quizá se habría salvado…). Había sido invitado por intelectuales como Alfonso Reyes y Salvador Novo (a quien había conocido en Argentina) a dar una serie de conferencias y a dirigir sus propias obras de teatro. Se había estrenado Yerma en Bellas Artes, y las puestas en escena de Bodas de sangre estaban resultando un éxito ese verano en la Ciudad de México. Había expectativa por su llegada. Como lo demuestran sus últimas cartas, Lorca también anhelaba ese encuentro. Pero la vileza y el fanatismo se interpusieron.

En un arranque de sentimentalismo literario, pienso que hay algo triste que me une a Lorca, además del amor que yo también siento por las palabras, por el piano, y por la libertad. La misma guerra civil que a él le quitó la vida, de alguna manera a mí me la dio. Tres años después del asesinato de Lorca, mi abuelo materno, entonces un joven periodista republicano, tuvo que huir de España hacia un campo de refugiados en Francia, cargando sólo la ropa que llevaba puesta y su máquina de escribir. Después, como muchos otros, buscó la manera de embarcarse hacia América. 

Ese año, Pablo Neruda era cónsul especial para la Inmigración Española en París y ayudó a más de 2 mil españoles a huir a Chile en el barco Winnipeg. Mi abuelo no fue aceptado en ese traslado por no pertenecer al partido comunista. “La desgracia de ser moderado”, decía más tarde con humor, “es que no sólo te tocan las tortas de la derecha, sino también las de la izquierda”. Fue así como en 1940 terminó en México y nunca regresó a España. Todas las vidas están conectadas de algún modo, supongo. 

Para recordar a Lorca este año que se cumplen 90 de su asesinato, lo mejor es regresar a su obra, a ésa que le dio sentido a su vida. Lo ideal sería ver alguna puesta en escena. O podemos, simplemente, volver a abrir sus libros, como esta edición póstuma de poesía que ahora abro y leo:

Quiero llorar porque me da la gana

como lloran los niños del último banco,

porque yo no soy un hombre, ni un poeta, ni una hoja,

pero sí un pulso herido que sonda las cosas del otro lado.

(fragmento de Poema doble del lago Edén, Poeta en Nueva York, 1940).

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