Baipasear

Silvano Espíndola

Silvano Espíndola

Ornitorrinco

Puede que estemos mejor diseñados para cuidarnos mutuamente que para lastimarnos. La neurobiología moderna ha confirmado, y previsiblemente lo seguirá haciendo cada vez con mayor claridad, que los seres humanos contamos con capacidades tempranas y robustas para la cooperación, la empatía y la ayuda. También contamos con capacidades para la agresión, la competencia y la exclusión, pero lo más probable es que sean las instituciones, los incentivos y los marcos ideológicos los que favorecen las capacidades que se habrán de manifestar en última instancia. Aunque hoy suene sorprendente, no estamos predestinados a la guerra ni a la competencia. De hecho, si lo anterior nos asombra es porque hemos conseguido sabotear los mecanismos humanos que nos inclinan más a la afabilidad. 

Algunos ejemplos de mecanismos humanizantes y cómo hemos conseguido sabotearlos se pueden encontrar en los experimentos sociales (Warneken y Tomasello) que han descubierto que los niños de entre 14 y 18 meses son generosos y cooperan desinteresadamente, ayudando espontáneamente a adultos cuando comprenden que éstos deben realizar alguna tarea y reconocen que no logran completarla; no obstante, también se encontró que cuando los tutores presuponen que los niños no tienen una tendencia natural a ayudar e intentan inculcarles esas actitudes mediante recompensas externas, sin querer les enseñan que para volver a hacer algo por alguien deben recibir una compensación, lo cual disminuye la ayuda espontánea que prestan, en adelante.

La controvertida tesis de S. L. A. Marshall, según la cual una proporción importante de soldados evitaba disparar directamente contra el enemigo, ilustra una intuición relevante, aunque sus datos y método han sido fuertemente cuestionados: matar a otro ser humano puede exigir procesos de distanciamiento psicológico. De hecho, el “problema” se “solucionó” desarrollando una instrucción militar desensibilizadora, mediante prácticas de tiro contra siluetas humanas.

Otro ejemplo lo proveen las neuronas espejo: células cerebrales que imitan las acciones que realizan las personas que observamos, permitiéndonos simular sus sentimientos, favoreciendo la empatía interpersonal; sin embargo, se puede neutralizar este efecto, reduciendo a las personas a categorías administrativas o números (como sucedió durante el Holocausto), con lo cual, de acuerdo con investigaciones mediante neuroimagen, se activan regiones que participan primordialmente en la solución de problemas de lógica, logrando que la identificación emocional quede parcialmente baipaseada (palabra aceptada por la RAE desde 2018).

En resumen, existe evidencia procedente de diversas disciplinas científicas que apoya la sospecha de que la bondad interpersonal es propia de nuestra especie. Por lo tanto, no debería extrañarnos que, para que un ser humano pueda dañar a otro, generalmente se requiera que se cumplan las condiciones básicas de lo que el psicólogo Albert Bandura formuló como teoría del desenganche moral. Su proceso describe los mecanismos que permiten neutralizar la autocensura que se activa al pensar en lastimar a otra persona, como la culpa. Estos son la justificación ética, el uso de lenguaje eufemístico, la difusión de responsabilidad, minimización del daño y dos particularmente relevantes: negación de la humanidad plena y desarrollo de propaganda para presentar a la víctima objetivo como una amenaza o un ente ajeno a la comunidad moral.

EL SABOTAJE

El 16 de agosto, The Times of Israel informó que Itamar Ben-Gvir, ministro israelí de Seguridad Nacional, afirmó, durante el primer episodio del podcast October 8, presentado por Rom Braslavski —exrehén de Hamás—, que deberían realizarse “asesinatos selectivos” en Gaza y “eliminar” a entre 30 y 40 gazatíes cada noche. También añadió que no sólo debía actuarse contra quienes representaran una amenaza inmediata, porque, según dijo, había allí gente que “no merece vivir”. Su justificación literal de todo lo anterior fue porque “ni siquiera son personas”.

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