El río que duele, la herida que habla
Crónica entrevista con Luisa Reyes Retana sobre Mal de río, novela que revela el dolor del Usumacinta y los límites del derecho ambiental en México

El mapa íntimo de una conversación
La pantalla se enciende y, de pronto, el mapa se vuelve íntimo. Ciudad de México y Alemania unidos por una llamada de Zoom, por una conversación que atraviesa husos horarios, generaciones y un río que corre —o que lucha por seguir corriendo— en el sureste mexicano. Pienso en lo que leí hace poco: nuestra generación, la que nació entre cables y operadores telefónicos, hoy se encuentra cara a cara, a miles de kilómetros, con una nitidez que antes parecía ciencia ficción. Y, sin embargo, la conversación que está por comenzar nos devuelve a lo más antiguo: el agua, la tierra, la vida.
—¿Lista? —pregunto.
—Lista, Pedro. Muchas gracias por el espacio.
Luisa Reyes Retana habla desde Alemania, pero su voz está anclada en la cuenca del Usumacinta. En un territorio donde la selva y el río se entrelazan como un solo organismo, donde el tiempo humano es apenas un parpadeo frente al tiempo geológico, donde la modernidad llega como promesa y como amenaza. De ahí nace Mal de río, su novela más reciente, publicada por Random House, una obra que no sólo cuenta una historia: abre una herida.
Quiero saber qué detonó todo. Qué imagen, qué escena, qué estremecimiento la llevó a escribir. Si fue una germinación lenta o una irrupción que lo desbordó todo.
—Fue un viaje —dice—. Hace unos cinco años fui por primera vez a la cuenca del Usumacinta acompañando a unos artistas visuales que preparaban una exposición. Me atraía el nombre del río, su fuerza simbólica. Pero no sabía que iba por una historia hasta que conocí a Pedro Cervantes.
El río más caudaloso y la fragilidad de la ley
El río Usumacinta es el más caudaloso de México: aporta alrededor del 30% del escurrimiento superficial del país y forma parte de una de las regiones con mayor biodiversidad de Mesoamérica. De acuerdo con datos de la Comisión Nacional del Agua, su cuenca abarca más de 106 mil km² y se extiende por Chiapas, Tabasco y Guatemala.
Entre las décadas de 1970 y 1990 se proyectaron al menos cinco grandes presas hidroeléctricas:
- Boca del Cerro
- El Porvenir
- Tenosique
- Santa María
- San Antonio
Ninguna se concretó por costos financieros elevados, oposición social y cambios de prioridades gubernamentales, no por un marco jurídico que reconociera derechos propios al río.
—Pedro, como tú, era activista y vivía a la orilla del río. Murió el año pasado, ya mayor. No de forma violenta, sino con la serenidad de quien dedicó su vida a defender algo que sabía más grande que él mismo, dice la escritora. Fue él quien le habló a Luisa de los cinco intentos por construir presas hidroeléctricas en el Usumacinta, de proyectos que fracasaron más por azar, por costos, por tiempos políticos, que por la existencia de un derecho sólido capaz de proteger al río.

Le explicó que aquellos megaproyectos nunca se detuvieron por una victoria jurídica ejemplar, sino porque eran demasiado caros, demasiado complejos, demasiado largos para que un solo gobierno pudiera colgarse la medalla. El río, remoto y difícil, había sobrevivido más por la torpeza del cálculo político que por la fortaleza de la ley.
—Me mostró veinte años de documentos: demandas, cartas, notas de periódico. Me dejó fotocopiar todo. Me llevé esa carpeta a Alemania y la fui leyendo poco a poco, volviendo a hablar con él, pidiéndole que me explicara, que me contara. Esa relación fue una de las más ricas de mi vida. Este libro no existiría sin su activismo.
Ahí, dice, se encontraron sus dos vocaciones: la de escritora y la de abogada. Formada en el ITAM, con una maestría en Derecho Comparado en Berkeley, ex secretaria de estudio y cuenta en la Suprema Corte de Justicia, fundadora de Sicomoro Ediciones, Luisa descubrió que el derecho y la literatura podían mirarse en el mismo espejo. Y ese espejo era un río.
Un río frente al cual el derecho, en México, aparece todavía como una arquitectura frágil: incapaz de reconocer al ecosistema como sujeto, reducido a la lógica de “recurso”, tratado como propiedad explotable y no como organismo vivo.

En el marco legal mexicano, los ríos siguen siendo considerados bienes nacionales y “recursos”, no sujetos de derechos. A diferencia de países como Colombia o Ecuador, México no ha reconocido formalmente a los ecosistemas como personas jurídicas. Esta limitación ha impedido que los litigios ambientales avancen hacia una protección integral de cuencas completas, quedando restringidos a impactos parciales o administrativos.
El río como cuerpo vivo
Le planteo una idea que me ronda desde que leí la novela: ella escribe sobre un río que duele. No sólo por lo que le hacen, sino por lo que se llevan con él: comunidades, memoria, futuro. ¿En qué momento supo que esta historia no era sólo literatura, sino una herida que había que contar?
—Muy pronto —responde—. Conforme avanzaba en la investigación me di cuenta de que teníamos información, pero no historias. Nos faltaban personajes, secuencias, emociones que mostraran los límites del derecho, la desesperación de la gente, el desplazamiento, la crisis climática. El derecho no ve al ecosistema como un ser vivo, sino como un recurso. El agua es un recurso. Pero el río corre, y al correr genera vida. Es más inteligente pensar el agua como sangre que como mercancía.
La imagen es poderosa: cuando un río se estanca, cuando se le colocan muros y se le obliga a detenerse, ocurre algo similar a lo que pasa en un cuerpo humano cuando la sangre deja de fluir. Coágulos, obstrucciones, fallas en cadena. El pulmón resiente, el riñón se debilita, el corazón colapsa. La muerte puede tardar, pero llega.

Como en un organismo, la interrupción en un punto termina afectándolo todo: la selva, la fauna, la humedad, el ciclo de nutrientes, las comunidades que dependen de ese pulso. Un embalse no es sólo una obra de ingeniería: es una calcificación en el sistema circulatorio del territorio.
—Un embalse es eso: un estancamiento. Y el estancamiento es una muerte lenta. Treinta, cuarenta años. Pero muerte al final.
Indignación, ética y territorio
Le pregunto qué fue lo que más la indignó en todo este proceso. Su respuesta no es retórica.
—El abandono institucional, la ligereza con la que se levantan protecciones ambientales, los permisos sin estudios reales, los proyectos que se declaran de “seguridad nacional” para evitar el diálogo con las comunidades. El Tren Maya cruza zonas naturales protegidas. ¿Para qué se protegen, entonces, si se pueden desproteger cuando estorban? Me indigna que se simule la consulta, que se violente el Estado de Derecho, que se trate al territorio como si fuera un tablero vacío.
No sólo se trata de un problema técnico o administrativo, sino de una falla ética profunda: la facilidad con la que se sacrifica lo vivo en nombre de un progreso que no dialoga, que no escucha, que no mide las consecuencias a largo plazo. El río, la selva, los pueblos, quedan reducidos a obstáculos.
Pero Mal de río no es sólo denuncia. Es, sobre todo, una reflexión profunda sobre “lo más-que-humano”.
—Venimos de una lógica piramidal: el ser humano arriba, todo lo demás subordinado. Pero la vida es un sistema complejo. Las montañas reverdecen, el viento transporta semillas, el agua mueve minerales, la selva respira. Todo está vivo, aunque no tenga ojos ni manos. Nos faltan herramientas para leer esa vida. Nos falta humildad.

Habla de montañas que envejecen y reverdecen, de vientos que cargan humedad y futuro, de rocas que guardan memoria geológica. De un mundo vivo que no se ajusta a nuestras categorías jurídicas ni a nuestras metáforas domesticadas. De una maquinaria delicadísima en la que los humanos somos apenas una pieza más.
La literatura aparece, entonces, como una forma de reaprender a mirar.
—Testimonio, memoria, conciencia, resistencia —dice, enumerando sin dudar—. Todas. Necesitamos imaginar otros desenlaces. Nos han hecho creer que es más fácil pensar el fin del mundo que el fin de este modelo de desarrollo. Hay que revertir eso. El arte, las historias, nos permiten entender lo que el lenguaje técnico no alcanza.
También, añade, la literatura puede suplir lo que el derecho no logra explicar: ponerle rostro al expediente, cuerpo al dictamen, emoción a la estadística.
Mal de río se inscribe en una corriente contemporánea de narrativa ambiental latinoamericana que dialoga con el concepto de “lo más-que-humano”, visibilizando la interdependencia entre sistemas naturales y comunidades humanas en un contexto de crisis climática y megaproyectos.
En la novela, el Usumacinta no es paisaje: es personaje. Testigo, herido, persistente. Y la aparente victoria —la presa que no se construye— no es un triunfo jurídico, sino una tregua concedida por la naturaleza y por la resistencia de quienes la habitan.
—Es una sensación agridulce —explica—. Hoy el río sigue corriendo, pero nada garantiza que mañana no vuelva a estar amenazado. No existe una protección robusta. Lo que hubo fue una coincidencia de tiempos, de costos, de voluntades. No un reconocimiento pleno de su derecho a existir.
La conversación se acerca a su final. Le agradezco la generosidad y la claridad. Desde México hasta Alemania, el río sigue fluyendo entre palabras, como si también esta charla fuera una forma de resistencia.
Cierro la llamada con una certeza: hay libros que no sólo se leen, se escuchan. Mal de río es uno de ellos. Y como todo río vivo, no permite el olvido.
Ficha técnica
- Título: Mal de río
- Autora: Luisa Reyes Retana
- Editorial: Random House
- Grupo editorial: Penguin Random House
- Fecha de publicación: 8 de diciembre de 2025
- ISBN: 978-607-38-6754-2
- Tiro: 2,300 ejemplares
- Páginas: 216
- Formato: Pasta blanda
- Idioma: Español
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