Jorge Ruiz Dueñas abraza la finitud con el poder de la literatura
El poeta y narrador, que recibirá un homenaje por sus 80 años, prepara un poemario, un ensayo y un libro de cuentos para "ir cerrando ciclos"

El mar, el desierto, el amor, el viaje y la finitud del ser humano son los temas que han permeado la obra del poeta y narrador mexicano Jorge Ruiz Dueñas (1946).
Tapatío de nacimiento y bajacaliforniano de corazón, el autor de Espigas abiertas (1968) y Vesperal (2025) llega a sus 80 años con gran ímpetu creativo: espera la publicación de su poemario Epitafios y trabaja en un ensayo sobre Clarel... de Herman Melville y un libro de cuentos.
En entrevista con Excélsior en su casa de la Magdalena Contreras, rodeado de obras de arte, libros, esculturas, plantas y caracoles, el escritor admite que con estos tres nuevos libros está “en ese proceso de ir cerrando”.
Lúcido, fuerte, alegre, conversador ameno, dice en voz alta. “¡Tengo 80 años ya! Cada vez tardo más en sacar Epitafios, por una razón o por otra. Estoy viendo a mi generación irse. Amigos más jóvenes que yo se han despedido de la vida. La finitud está ahí.
Esta es una sociedad que, a ciertos años, el viejo ya no es requerido. Quieren que vivas de una pensión del Bienestar. No espero ni recompensas ni complicaciones futuras. Hay que ir cerrando ciclos”, afirma.
Ruiz Dueñas detalla que en Epitafios reúne poemas breves, que marcan una diferencia con su primera poesía, que era extensa. “Abordo la forma cómo llega la finitud: cómo recuerdo a mi padre, a mis amigos que están solos; cómo la voy viendo llegar. No de una manera gozosa, pero sí con aceptación y tranquilidad, dejar ir; no tener la terrible intención de aferrarse”.
Confiesa que no cree “eso de que los mexicanos no le tememos a la muerte. Que le cantamos, la retamos, le decimos ‘¿en qué quedamos Pelona?’. Ese machismo volteado hacia saludar a la muerte. Por eso pienso ya en la finitud, en arreglar las cosas, mis papeles, ir cerrando mis expedientes, no dejar libros inconclusos ni pendientes; tratar de ordenarme en lo posible”.

El licenciado en Derecho y maestro en Administración por la UNAM, con estudios de posgrado en la Universidad de Oxford (Inglaterra), que apostó por la literatura y la promoción cultural, recibirá un homenaje el 7 de mayo, a las 18:00 horas, en la Academia Mexicana de la Lengua, a la que ingresó en 2019; participarán Gonzalo Celorio, Adolfo Castañón, Diego Valadés y Silvia Molina.
Quien vivió su infancia y adolescencia en Ensenada y Tijuana, rodeado de mares fríos, ballenas, montañas de piedra, desiertos con flores y esa cultura híbrida que se crea en la frontera, admite que es un poeta atípico por la formación que tuvo.
Como bajacaliforniano, siempre incorporé el mar y el desierto a mi obra. Todavía recuerdo mi primer poema en Ensenada, a los 16 años: en lugar de prepararme para un examen de química orgánica, sentí la necesidad de escribir. Teníamos una casa a la orilla del mar. Ahí descubrí mi afinidad, mi pasión”, evoca.
El también investigador y docente destaca que su formación estuvo marcada por la narrativa de escritores rusos que le acercaba su madre; la poesía del siglo XIX que le gustaba a su padre; y las letras inglesas que le inculcaron en el High School de San Diego (California): Shakespeare, Dickens, Melville.
Menciona de manera especial al español León Felipe (1884-1968), su mentor y maestro, de quien fue secretario particular los últimos años de la vida del bardo. “Estuve con él hasta que tuve que retirar su mascarilla mortuoria. Fue mi primer gran acercamiento a la muerte. Me permitió conocer la poesía española rebelde, la del éxodo y el llanto”.
Agrega que su formación personal diversa se vio enriquecida con la obra y la convivencia de escritores de generaciones diferentes a la suya: Gonzalo Rojas, Pablo Neruda, Olga Orozco, Álvaro Mutis y Gabriel García Márquez, entre otros.

El vate añade que “cuando comencé me incliné por una poesía que glorifica a la naturaleza como espejo del hombre. Hay un segundo momento, cuando cumplí 50 años, escribí un libro de poesía amorosa, Habitaré tu nombre, por el que me gané el Premio Xavier Villaurria en 1997, junto con Saravá.
A partir de ese momento, practico una tendencia de apretar más el poema, de ser más exigente con la prosodia, tener el encabalgamiento como algo sustancial. Que la lengua cante. La poesía, como expresión humana, siempre ha sido una forma de manifestar diversos sentimientos, las cosas que a uno le pasan”, concluye.
Las nuevas narrativas
Jorge Ruiz Dueñas trabaja en un ensayo sobre Clarel: A Poem and Pilgrimage in the Holy Land (1876), del estadunidense Herman Melville (1819-1891), “quizá el más desafortunado de sus poemarios”; y planea dedicar un libro de cuentos a diversos personajes que conoció en su niñez.
El poema de Melville contiene 150 cantos, yo traduje 15. Es más grande que la Divina comedia de Dante Alighieri y la Ilíada de Homero. Está compenetrado de valores democráticos, que retomaba de sus abuelos revolucionarios. Melville era antibelicista, no creía en la idea del pueblo elegido ni en el destino manifiesto; apostó por la universalidad del hombre. Era un liberal. Alertaba que llegaríamos al mundo racista de ahora”, indica.
Y los cuentos recrean a personas que se reunían en torno a una mesa de ajedrez: un español que trataba de vender una perla, dos hermanos rumanos que perdieron a su familia en el terremoto de 1957, un inglés que no pudo pasar a Estados Unidos y se quedó varado en Tijuana o un restaurantero griego silencioso que le leía a Kaváfis.