Elena Poniatowska: entre recuerdos, asombros y preguntas
La escritora y periodista llega a sus 94 años, que cumple el próximo martes, vital y cuestionadora; desea escribir un libro sobre sus vivencias

“Lo que hago me parece nuevo. Cada mañana lo siento. No es cierto que los años te den experiencia. A mí todo me sorprende. Es una manera de mantenerme viva. No debemos dejar de observar, de escuchar”, afirma la escritora mexicana de origen francés Elena Poniatowska Amor (1932).
En la antesala de sus 94 años, que cumple el martes 19, la escritora y periodista se deja llevar por los recuerdos; pero también admite que sigue teniendo preguntas y preocupaciones, sobre todo por el futuro de los niños en este mundo de violencia.
Toda mi vida ha sido una interrogación. Pero me siento tranquila. Ya pasaron los años de los hijos, de la crianza, de la escuela, del ‘ya duérmanse’. También de las prisas por trabajar, por entregar las notas. Ahora me siento una privilegiada por vivir aquí, entre plantas, flores y el silencio”.
En entrevista con Excélsior, en su casa de Chimalistac, la Premio Cervantes 2013 confiesa que disfruta seguir escribiendo, tanto ficción como periodismo, en su estudio ubicado en el segundo piso, apartado por un pequeño puente, y rodeada de los objetos, pinturas y muñecas que le han ido obsequiando sus amigos y lectores.
Las mujeres nos hacemos más preguntas que los hombres. Mi esposo, Guillermo Haro, como era astrónomo, se preguntaba por las estrellas, por qué estamos aquí, de dónde venimos, por qué somos como somos, por el origen de la vida. Yo pienso en lo mismo; pero, además, cuestiono cosas que tienen que ver con la desigualdad, con los abismos que hay entre una clase social y otra, por la falta de oportunidades, por la educación de los jóvenes”.
La autora de Lilus Kikus (1954) y El amante polaco (2019) admite que se pregunta poco sobre sí misma. “Nunca piensas en cómo amaneces, si estás despeinada o no, si vas a comer o no. Como periodista, las preguntas siempre son para los otros”.
Novelista, cuentista, cronista, ensayista, Poniatowska dice que no necesita un ambiente especial para escribir. “No importa si hay ruido, si hay música o no, si estoy sentada o de pie. Me acostumbré a concentrarme como sea”, se ríe.

Junto a su gata Váis, porque Monsi se perdió, los únicos dos mininos que heredó a la muerte de su amigo Carlos Monsiváis, Pony, como le dicen de cariño, evoca sobre todo a dos mujeres que marcaron su vida, sus dos grandes amores: su madre Paulette Amor Yturbe (1908-2001) y su hermana Kitzia (1933-2025).
Mi mamá manejó una ambulancia durante la Segunda Guerra, cuando vivíamos en Francia, cosa que me llena de orgullo. Tenía un uniforme militar con condecoraciones. No sé cómo lograba manejar sin luces en la noche, para que los aviones alemanes no la vieran. Recogía en los bombarderos a mucha gente.
“Era una mamá guapísima, un cuero formidable. Era dulce y risueña; lo que uno más agradece siempre es la risa y la posibilidad de la felicidad. No era regañona, bailaba, cantaba y saltaba; era una gran amazona, montaba muy bien a caballo”, recuerda.
Sobre su hermana Kitzia, la también poeta agrega que eran muy cercanas. “Ella era bailarina, actriz. Se casó muy joven, a los 18 años. Juntas íbamos a la escuela, nos bañábamos. Juntas el regaderazo, la risa. Nos llevaban gallo los noviecitos. En la noche o a las cinco de la mañana. Te cantaban ‘qué bonitos ojos tienes’. Tenías que asomarte a la ventana con un pañuelo blanco para que supieran que ya habías oído que el gallo era para ti”.

Triste, porque se acaba de morir su amiga Celia Chávez de García Terrés, Elena dice que agradece a la vida por el amor de sus tres hijos, Emmanuel, Felipe y Paula, y sus diez nietos, por su salud y su fortaleza para seguir viviendo.
“No le tengo miedo a la muerte. Le tengo más miedo a tus preguntas”, añade bromista.
Adelanta que quisiera escribir un libro en el que detalle sus vivencias. “No una memoria o biografía, sino algo más divertido, nada formal”
Y sobre su cumpleaños aclara que “no haré absolutamente nada. Ya son demasiados años. Ya estoy muy viejita. Ya no quiero ni que me tomen fotos. Quiero estar tranquila y feliz”.
Sin embargo, posa con gusto ante la cámara de Excélsior, periódico donde empezó su carrera a los 19 años: abraza a una muñeca vestida de tehuana, mira hacia arriba, toca las flores, se detiene en las escaleras. “No sé decir que no”.