No hay semana en la que revelen situaciones, se subrayen nombres y se coloque en las mesas algo que ponga de manifiesto la naturaleza de la cortesilla política de nuestro país. Si dejáramos de lado las etiquetas, los colores, la ideología y el fanatismo, quizá sería más fácil darnos cuenta de lo que han sido estos personajes a lo largo de la historia y, en especial, de quienes el día de hoy caminan con tranquilidad por lo pasillos del poder con las ínfulas y el cinismo que nacen bajo la sombra de la impunidad.
No hace falta recordar que pasarle la factura de todos los problemas del país a los dos últimos gobiernos es quedarse cortos de miras. Sin embargo, tampoco se puede olvidar que en sus filas se encuentran quienes, en su momento, fueron parte de los partidos políticos que hoy, desde los ladrillos del poder, vituperan y acusan bajo la tutela de una supuesta superioridad moral –inclusive llegando a traicionar a sus propios electores–.
Si dichos personajes no estuvieran envueltos en el manto de la llamada “transformación” y del fanatismo que mueve a sus correligionarios, ¿con qué se quedarían? Evidentemente la respuesta no le gustaría a quienes defienden, a ultranza y sin dudarlo, a sus preclaros miembros del oficialismo que, en cuestión de minutos, cambiaron los colores de sus chalequitos con la marca registrada de otros colores. Sabemos que el partido oficial es una granja de “chapulines” que, de buenas a primeras, olvidaron su afiliación política y se convirtieron en adalides de un proyecto que los ha adoptado y cubierto su pasado, al costo que sea –y nada es gratuito cuando se trata de asuntos políticos y económicos, electorales y de vínculos que se enredan en el tejido del poder–.
En las redes sociales abundan las listas de este tipo de personajes que han sabido colocar sus apuestas en la estructura burocrática del oficialismo e, inclusive, se han consolidado como “portavoces” de su nuevo partido. Sin embargo, cabría preguntarse, más allá de que no exista un recurso legal que impida la facilidad con la que se desarrollan este tipo de contubernios, la actitud de nuestra sociedad frente a casos así: quizá la medida insuperable sea la de Manuel Bartlett que, inclusive, en su momento fue abrazado por el adalid del Movimiento de Regeneración Nacional.
Pero, luego de establecer dicha cúspide, los demás casos suelen estar perfilados como un elenco tragicómico, cuya principal característica es el cinismo rampante e indefendible. Porque, algo queda muy en claro: se mueven de partido con su pasado, con su agenda de vínculos cupulares –y no sólo de carácter sindical, sino los que están más allá de la legalidad–, con sus propios “compromisos” y arreglos, con sus felonías y sus cuadros electoreros. Y, sólo para puntualizar, los responsables de este tipo de personajes son sus partidos de origen –al permitir que crecieran bajo sus principios semejantes faros de la moral en turno– y quienes los han recibido, apapachando su imagen con discursos, con porras tan creativas que hasta sorprende que no haya más premios Nobel de Literatura en nuestro país y, por supuesto, con las diferentes voces que cumplen a la perfección su función de enjuagar la imagen de sus referentes morales.
Pero volvamos el punto medular, ¿nuestro papel como sociedad ante este tipo de personajes, por dónde anda? Al parecer, sólo nos gusta ser testigos del espectáculo de cinismo que nos ofrece la cortesilla política. Quizá sea momento de apelar a la memoria, de no perder de vista que muchas de las situaciones y problemáticas que hoy mantienen a nuestro país en vilo son responsabilidad de quienes apuestan al olvido; de quienes saben que la opacidad y la impunidad pueden florecer bajo la protección que regala el fanatismo correligionario.
Quizá las palabras de Rob Riemen, en uno de sus libros de mayor profundidad, adquiera un eco singular en estos momentos: “Remember! El recuerdo es nuestra primera y más primaria defensa porque así, ni bien germinen las fuerzas del mal, las podemos reconocer y combatir. En cambio, al difuminarse el recuerdo también se difuminará nuestra conciencia moral, y no reconoceremos la semilla del mal hasta después de que haya brotado (...) Pero la historia nos enseña que las fuerzas malévolas prefieren envolverse en un manto blanco cuya función es ocultar la mentira negra detrás de retórica demagógica...” (El arte de ser humanos. Cuatro estudios. Taurus, 2023). En ese sentido, si tenemos identificada la mentira y sus rostros, sus nombres y los colores que van y vienen, ¿qué hacemos con ello? Quizá las respuestas comienzan por plantear que la partidocracia no siempre es la única opción para la construcción de un país diferente.
