La relación tormentosa

La  relación con Estados Unidos está en el peor momento de la historia de la relación bilateral. Los gobiernos de López Obrador y Sheinbaum daban esta relación por sentada, como un valor entendido y Trump les cambió la jugada que estaban planeando desde el gobierno mexicano. La respuesta del gobierno a las demandas de Trump, en particular la de detener provisionalmente y en su caso extraditar a Rubén Rocha Moya, ha sido esquiva e incluso burlona. El gobierno de Sheinbaum no ha sido capaz de administrar la relación asimétrica que se tiene con Washington. Los sectores más duros del establishment político se han aprovechado de la interdependencia que guarda México con EU, para imponer términos duros a la relación bilateral. El unilateralismo que ha dominado la política exterior de Washington ha permeado igualmente el clima de la bilateralidad para mal. El fin del multilateralismo decretado por Trump y el inicio de un gobierno supremacista en EU ha impactado directamente en el tratamiento de los temas mexicanos, tales como migración, seguridad fronteriza y comercio afectando el interés mexicano y el trato a los temas binacionales.

Estados Unidos ha recurrido a la fuerza al imponer sus objetivos internacionales y geopolíticos y no para construir un nuevo orden mundial, sino para ejercer su hegemonía violentando los canales instituidos en las relaciones internacionales. La frágil arquitectura internacional ha sufrido las consecuencias de esto. Como lo dice el documento recientemente publicado del grupo de pensamiento, México en el Mundo, “Estados Unidos ha adoptado una estrategia de seguridad nacional que prioriza la fragmentación, la fuerza y la coerción, reactivando la Doctrina Monroe (ahora la Doctrina Donroe), la cual exige que el hemisferio occidental se mantenga ‘razonablemente’ estable, desaliente la migración, combata a los narcoterroristas, se conserve libre de incursiones ‘hostiles externas’ y apoye tanto con el abasto de recursos críticos, como con el acceso a espacios estratégicos”.

Para México, continúa este documento del think tank mexicano, “este cambio genera retos de tipo económico, político, diplomático y estratégico que han vulnerado su margen de acción. El país ya no puede refugiarse en el derecho internacional y la retórica de la defensa de la soberanía para enfrentar las guerras que amenazan con derrumbar la seguridad internacional, ni para moderar las asimetrías existentes con su vecino del norte, que lo han llevado a una posición de cooperación subordinada. La vulnerabilidad internacional de México compromete aún más los intereses económicos y geopolíticos del país: el crecimiento promedio del sexenio anterior fue inferior a 1% anual —el peor desempeño en cuatro décadas— y en 2025 apenas alcanzó 0.8%. La economía enfrenta un doble desafío: un bajo dinamismo interno y un entorno externo crecientemente impredecible. A esto se suma la degradación de la infraestructura —sobre todo energética—, el deterioro de los cuatro sistemas de salud y educación, la contracción del gasto público y la incertidumbre que sigue prevaleciendo en materia de seguridad pública. Estamos ante un México vulnerable que debe navegar la crisis del orden mundial donde la interdependencia económica ya no garantiza la paz, sino que se instrumentaliza como arma de presión política”.

Éste es, pues, el entorno que rodea la crítica relación actual de México con Estados Unidos. Trump ha exigido una subordinación negociable y México ha respondido desde el vacío diplomático que ha caracterizado la política internacional y estadunidense del régimen obradorista. Ante esta ausencia rotunda de política internacional, el gobierno contesta con exabruptos y con una narrativa soberanista que ya no puede ocultar el hecho de que los primeros en haber violado la soberanía nacional son López Obrador y la presidenta Sheinbaum al tolerar, y ahora defender, una alianza entre políticos prominentes de Morena con el crimen organizado, quienes, en todo caso, detentan la famosa soberanía que tanto dice defender Sheinbaum. Tampoco se puede ocultar la profunda corrupción que corroe al Estado mexicano. Los narcopolíticos son la última expresión de la podredumbre que prevalece en el aparato político de México y que niega cínicamente la Presidenta al proteger a Rocha Moya, frente a las evidencias innumerables de culpabilidad que él y sus secuaces han acumulado y que hoy están conduciendo la acusación de la justicia estadunidense, cuando tendría que ser la justicia mexicana la que tendría que estar actuando.