Tan roja como la sangre; Alemania 1974
Carlos Caszely le negó el saludo a Augusto Pinochet, el dictador chileno. Sin entenderlo, formó también parte del partido de la vergüenza y fue el primer jugador en ser expulsado en una Copa del Mundo

CIUDAD DE MÉXICO.
Cuando aterrizó en su país, Carlos Caszely tenía retratado otro Chile. El que se aparecía frente a él no era el mismo. Viajó desde España para ayudar a la clasificación de su selección al Mundial de 1974, sin embargo, sabía que estaba parado sobre el epitafio de la democracia.
El 11 de septiembre de 1973, las Fuerzas Armadas derrocaron al presidente socialista Salvador Allende al bombardear el Palacio de Moneda y orillándolo al suicidio. Carlos Caszely tenía afinidad con él: “no fuimos amigos, pero lo admiraba, me gustaba su idea de equilibrar la vida. Nos cruzamos un par de veces”.
Futbolista de paradojas, con clase desbordante, Caszely era capaz de meter el balón por la parte del arco que quisiera sin necesidad de correr en exceso. Lo suyo era el talento más que el derroche físico, y por supuesto, el interés en la política.
Los militares sabían de su afecto al comunismo y lo etiquetaron. Tenía 23 años cuando se fue a España a jugar con el Levante, “no podía seguir en Chile, me hubieran silenciado. Desde cuatro meses antes se hablaba de un golpe militar”.
Fue entonces cuando sucedió el partido de la vergüenza. Chile tuvo que jugar el repechaje ante la Unión Soviética que, al tener conocimiento del golpe militar, rompió relaciones diplomáticas. La selección chilena viajó a Moscú bajo supervisión y con amenaza de no hablar de política. Les advirtieron que sus familiares estarían vigilados.
Sólo 15 días después del golpe militar, los chilenos empataron en el estadio Lenin a cero goles y fraguaron la vuelta en Santiago dentro de dos meses. En ese lapso, el estadio Nacional fue ocupado como campo de concentración. En el día ponían a los presos políticos bajo el sol en las gradas y poco a poco aquello se fue despoblando entre matanzas, desapariciones y suicidios.
La respuesta de la Unión Soviética fue que no se prestarían a jugar en un estadio que era en realidad un gigantesco cementerio. Por increíble que parezca, la orden para los chilenos fue presentarse, aunque no hubiera rival. Entraron a los vestuarios, “había rastros en las paredes de lo que sucedió ahí adentro”, dijo el jugador Leonardo Véliz. Chile pisó la cancha sin que los rusos aparecieran entonces sacaron de medio campo, avanzaron dando pequeños pases de balón y en un estadio semi vacío, en una portería sin guardameta, Francisco Valdés hizo el gol. Nunca contó, para la FIFA terminó por default. Chile clasificó a Alemania.
El día de la despedida, Augusto Pinochet estuvo con los jugadores. El único que no le extendió la mano fue Carlos Caszely, que cerró los ojos y se quedó impertérrito. El dictador pasó de largo. “No sé si fue un acto de valentía o susto, me salió espontáneo”, recordó.
Unos meses después, a la madre de Caszely, Olga Garrido, la secuestraron los militares. Él volvía de España cuando notó tristeza en su familia. Entraron a una habitación donde su madre se descubrió el pecho y le enseñó las quemaduras. Fue torturada y vejada varías veces.
Chile jugó la Copa del Mundo ante Alemania Occidental. Ese episodio marcó otra inflexión en Carlos Caszely, el primero en ser expulsado en la historia.
Al minuto 49 lo amontestaron y para el 67’, Berti Vogts le sacó el balón de forma brusca, pero limpia. Caszely se molestó tanto que al levantarse fue directo por su rival para someterlo con una patada.
El árbitro turco Dogan Babacan le llamó con parsimonia, le dijo algo inefable y le mostró la tarjeta roja, la primera vez que se veía en un Mundial. Tan roja, como la sangre de los chilenos.
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