Lección croata
No hay campeón que no sea tocado por la mano de la diosa fortuna. La oncena de Francia se llevó la gloria y Croacia, el reconocimiento, admiración y respeto por su gran espíritu de lucha, jamás arriaron la bandera ante lo peor de la adversidad. Maestros del ...

Arturo Xicoténcatl
El espejo de tinta
No hay campeón que no sea tocado por la mano de la diosa fortuna. La oncena de Francia se llevó la gloria y Croacia, el reconocimiento, admiración y respeto por su gran espíritu de lucha, jamás arriaron la bandera ante lo peor de la adversidad.
Maestros del contraataque, los Bleus conquistaron su segundo título de la Copa Mundial de Futbol, en una exhibición armónica de seguridad en la defensa y la precisión de su artillería, que contó con la influencia de giros aleatorios en los que participó Griezmann, la luminaria cerebral, creativa y letal, del medio campo. 4-2 fue el marcador final en el estadio Luzhnikí que proyectó la emoción a todo el planeta, una emoción que se anidó en el corazón de miríadas y miríadas de aficionados en un esperanzador y heroico triunfo de los croatas.
El deporte es tan hermoso como cruel; no hay sitio para sentimentalismos. Impera la lucha y la suerte en menor o mayor grado.
Los dos primeros goles, en los que participó Griezmann, marcaron el rumbo del juego. Algo de héroe mítico tiene el galo en la pierna izquierda, toca el balón y sus botines despiden parábolas letales. Su disparo a los 18 minutos contó con el desvío de la cabeza de Mandžukić, quien lo convirtió en autogol. Y en el segundo, a los 38, la pelota rebotó en la mano izquierda de Perišić, que trastocó el papel de héroe a villano, pues minutos antes había logrado el empate. Griezmann, de penalti, puso el 2-1. Y la historia empezó a definir su curso ante una Croacia herida que se agigantaba con bravura en el rectángulo esmeralda. Con cierto sentido de humor negro, diríase que los tres primeros goles fueron por obra y gracia de Croacia, el primero, sobre todo, cuando Luka Modrić ofrecía un recital de buen futbol y Perišić, que galopaba en la defensa y con su condición de búfalo, triscaba por el ala izquierda y, como si fuese ubicuo, aparecía por la banda derecha en una demostración dinámica que, poco a poco, se transformó en un himno de lucha y esfuerzo, en un canto de coraje y en modelo de dignidad.
A los once jugadores centroeuropeos los transfiguró el espíritu de la vieja guardia, primero morir antes que dar un paso atrás. Y esa acción debe ser una lección para ser aprendida y aprehendida por los jóvenes deportistas y por la sociedad en general. Subrayemos, la actuación de croatas y franceses, en la ardiente y áspera contienda, se deslizó en la atmósfera del fair play.
Qué ejemplo de calidad competitiva ofrecieron los croatas ante un cuadro con mayor cohesión en sus líneas y que contó con el talento del prodigioso Mbappé, de 19 años, con una velocidad que supera en sprints, en trancos cortos de quince metros, los 37 kilómetros por hora, según se le midió con precisión durante el partido Francia-Argentina. Admirable rapidez, pues, de sostenerla en los 100 metros, correría esta distancia en poco menos de 10 segundos (por favor, no comparar esta velocidad contra el promedio de Usain Bolt, el crono de récord mundial de 9.58 correspondiente en el hectómetro a los 37.6 Kmph, pero que en las mismas condiciones de Mbappé, el jamaicano rebasó una rapidez superior a los 43 km. Son coordenadas de espacio, fuerza y tiempo diferentes).
La lección croata, como lo expresaron los galos, es que el respeto al juego, al adversario, al público y a las sociedades que los vieron a distancia se transformó en un arquetipo relevante que confirma que el respeto entre los seres humanos rige la competencia y fortalece el espíritu de solidaridad.