Juan Carreño, siempre será el primero
Un mexicano abrió el telón de las Copas del Mundo. Juan Trompo Carreño y una historia impensable

CIUDAD DE MÉXICO.
Juan Carreño pisó el balón de cuero. Frente a él había 11 franceses mejor alimentados. El recuerdo del hambre era un cuchillo profundo en su estómago.
Nació y creció en Tacubaya, barrio empobrecido como muchos a causa de la Revolución. Jamás pensó que a los 21 años estaría en Uruguay.
Juan Carreño, hombre mexicano que solía comer mal, fue quien inició la historia de los Mundiales. Cerca de él está Lucien Laurent que en breve será el primero en anotar.
Son las 15:03 en un Montevideo asperjado de lluvias que traslucen el gris de un cielo hecho de cenizas. El campo es mitad pasto y lodo.
El Trompo Carreño, apodado así por su regordeta figura y su buen pie de bailarín, tiene las manos en la cintura sintiendo que con el short azul y la camiseta vino, “es como jugar con el Aclante”, se repite para agarrar valor ante los rubios europeos. Así lo pronuncia: el Aclante y cada que lo dice un tambor le sustituye el corazón.
La historia le tendrá siempre en un sitio especial. Carreño hacía quesos y hasta se dio el lujo de rechazar un trabajo de panadero, “mangos que, eso es para los güeyes, yo juego futbol”, porque dicen que en las fábricas se aburría pronto y prefería echar bulla.
Se oye el silbatazo inicial que da cuerda a los mundiales, pero Carreño lo escucha como un pitido suave, que quizá por liviano traspasa la maraña de sus recuerdos. En su mente están los llanos de la Ciudad de México, el pulque y sus conchas con café negro. Este hombre tocó por primera vez el balón en un Mundial.
Recuerda la salida en tren de Buenavista a Veracruz, de ahí en barco a La Habana para encallar en Nueva York. El equipo mexicano con el entrenador Juan Luque de Serrallonga se interna por mar hasta Río de Janeiro y de ahí a Uruguay, llevan 20 días viajando. “Hacíamos estiramientos solamente porque teníamos miedo de que se nos fuera el balón al mar”, recordará el portero Óscar Bonfiglio.
Cuando despierta Carreño, pleno de vértigo, ve que Francia ya gana 3-0. No sirvió de nada que Luque de Serrallonga les dijera que la Virgen de Guadalupe rezaba por ellos desde el Tepeyac. La derrota pesa como un cadáver en el ánimo, menos en Juan Carreño que frente al arquero la tocó suave para anotar el primer gol de México en Mundiales.
Consumado esto, le pasa por la cabeza el amor con forma de mujer, se llamaba María Limón, su novia, una prostituta de la Merced que tenía el regazo caliente y una comprensión absoluta. Lo recibía en su casa, junto a varios jugadores del Atlante y otras muchachas. Más de una vez, el dueño del equipo, el General José Manuel Núñez, los tuvo que sacar de ahí para darles dinero y curaran la cruda con unos caldos de gallina.
Juan Carreño jugó en el Atlante hasta 1939 cuando lo despidieron y entonces le vino una fuerte depresión que paliaba en tugurios. Tres meses después se le agravó un dolor estomacal. Le dijeron que era apendicitis, pero él se negaba a ir con un matasanos como les decía a los médicos, en cambio, tomaba tequila con ajo para curarse. Hasta aquel día en que llamó a su amigo Felipe Rosas para pedirle ayuda, cuenta el cronista Carlos Calderón. En un taxi de camino al hospital murió a los 31 años. Su madre pidió ayuda porque no tenía dinero para enterrarlo. El Trompito Carreño será siempre el primero.
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